Me, Myself & My Kitchen

Monos y Chocolate

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Llevo todo el día con mono galletero. No de comer galletas, que también, sino de hacer. Yo soy así de rara. Ni llegar tarde del trabajo ni tener más necesidad de hacer la cena que el desayuno de la mañana me han desviado de mi propósito: hacer galletas.

Además el mono ha tomado forma de galleta con copos de avena. Tampoco sé muy bien por qué pero era eso o nada. De hecho llevo un par de días ojeando recetas, intentando buscar el equilibrio perfecto de sabor y poco porcentaje de mantequilla para engañarme hasta pensar que estoy desayunando algo hiper sano.

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Al final hoy volviendo de trabajar entre explorer y explorer en el móvil (mientras conducía) me he decantado por unas galletas del blog Sprouted Kitchen con los necesarios copos de avena, nueces, chocolate y alguna cosa más que he decidido no añadir. Pues nada, ha sido abrir la puerta, el explorer de la tableta, buscar la receta en google para ponerme con ello y ha aparecido otra entrada en la página de búsqueda, también de Sara (la del blog de antes), pero esta vez de su libro que, a pesar de haberme jugado la vida 20 minutos antes en el coche me ha parecido mucho más original y llamativa que la que tenía en mente.

Antes de meterme en faena con la receta y las anécdotas de la tarde he de decir que aunque no me suelo creer los rollos moñis de amor cibernético, de parejas que demuestran su amor por las redes sociales y de las fotos de parejitas Sara y Hugh ME ENCANTAN. No sé qué tienen y obviamente viviendo al otro lado del globo no los conozco de nada pero me parecen sinceros, sencillos y monísimos. Encima hacen el tándem perfecto: ella cocina y escribe y él hace las fotos. A veces hasta me sirven de consuelo y pienso que si mis fotos no son todo lo bonitas que me gustaría no es culpa mía, sino de la falta de habilidades fotográficas del homólogo de Hugh. ¿El colmo de la tontería? Si, pero una tiene que consolarse con algo…

Vuelta a las galletas, os cuento por qué he decidido pasar del plan inicial y lanzarme a esta nueva receta. Resulta que Sara, muy cuca ella decidió un día coger la típica receta de shortbread y sustituyó la harina de trigo por una mezcla de harina de arroz y copos de avena pulverizados. Por si con eso no os convenzo del todo, añadidle unos chorretones de chocolate por encima y escamas de sal maldon sobre el chocolate para los que como yo, pierden (lo que pierden) por un poco de sal con el chocolate de cada día.

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 Pues eso, que ahora ya entendéis el cambio de estrategia. El problema es que Sara pone todas las medidas en “cups”  (incluida la mantequilla) y yo, ingeniera, pero tonta que soy, he olvidado la regla básica del kilo de plumas y el kilo de plomo y he hecho la misma  conversión a gramos para el harina, para los copos de avena y para la mantequilla. En fin…digamos que he tenido que ir añadiendo mantequilla derretida y huevo batido a la cantidad ingente de copos de avena pulverizados que había en el bol y puede que este intento no salga todo lo bueno que debe salir.

Eso sí, ¡repetiré con o sin novio fotografo!

La receta, (en cups) para que penséis porque al fin y al cabo la que ha llegado tarde del trabajo y no quiere pensar ahora soy yo!

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Zanahorias

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Ahora que todo el mundo está con el cuidado del pelo post–verano yo estoy a tope con las zanahorias. Vamos que me voy una semana al caribe y vuelvo negra. La cuestión es que no me voy a ir ni al caribe ni a ningún sitio parecido, lo cual demuestra que cuando yo voy el resto volvéis. Una, que le gusta ir un poco a contracorriente, por no decir un poco retrasada…

Pero vamos que me pasa con la comida y con otras cosas. Desde hace un par de semanas soy la dueña de un flamante par de  converse blancas y es ponérmelas y me siento guay. Ojo, con guay no me refiero a bien, sino a guay. Soy así de boba… Es como si estuviésemos en los 90 y yo fuese la que las estuviese descubriendo en todo el mundo. Lo peor es que siguen blancas impolutas y el dependiente me convenció para que me las comprase “tirando a grandes”. ¿El resultado? Pues el resultado es que parece que llevo un crucero con 2000 parejitas de jubilados en cada pie. Pero me da igual, porque yo voy encantada y aunque a veces me tropiezo (un pie con el otro – no me hace falta un bordillo), ande yo contenta ¡que se ría la gente!

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Volviendo a las zanahorias, como dirían los chefs americanos hoy quería hacer zanahorias “two ways”, que queda bastante mejor que decir zanahorias “de dos maneras”.  En la cocina (y la primera en las canciones también) parece que hay dos reglas básicas: dilo en inglés y sonará mejor y haz una lista de todos los ingredientes que has usado para hacer el plato. Cuando veo Top Chef yo alucino. Te cuentan casi hasta que han usado aceite de oliva para freír las patatas. Tú lo oyes y claro, parece que te están vendiendo unas patatas de la leche cuando son las de toda la vida.

Por lo tanto y siguiendo mi propio consejo el primer “way” es una crema de zanahoria con tomillo, cebolla, eneldo y caldo de pollo. En este caso me he pasado con lo de los ingredientes y me da la sensación de que el truco tiene más chicha que hacer una lista. Lo del caldo de pollo dicho así tal cual sobra….Corregimos: crema de zanahoria con tomillo, eneldo y reducción de pollo (el caldo se reduce, ¿no?).

La cosa ya mejora cuando os confieso que en lugar de sacar la receta (con la reducción de pollo) de un libro de cocina ancestral o de una revista americana especializada llamada gourmet o saveur, la saqué del blog de una mamá bloguera que a Elena le chifla y que a mí, a pesar de estar (un poco) en contra del principio de la  mamá bloguera como concepto, he de reconocer que también: la mítica Bleubird. Un día llegó Elena a casa y me hizo una petición muy clara: “quiero la crema de zanahoria de Bleubird”. No sé si lo hizo porque la ropa no la va a conseguir ni de coña, pero yo obedezco órdenes. ¿Si además me dice que la quiere usar para bajar tres kilillos? Pues yo vuelvo a obedecer y omito la nata de la receta de Bleubird et voilà: la crema de zanahoria: sana, rica y fácil. Igual me tengo que replantear lo del principio de la mamá bloguera…. Por cierto, LA RECETA.

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Del “segundo way” os dejo una foto de las zanahorias rosas que vimos el domingo en el mercado que resultaron no ser zanahorias rosas sino rábanos y que no he conseguido materializar porque con este frío no me ha apetecido una ensalada de zanahoria, rábano, algo de naranja, frutos secos y lo que fuese que se me estaba ocurriendo….

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Unos bollos suecos y una que se pone un poco trascendental a veces…

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Últimamente llevo una racha vaga en el frente fotográfico. No sé si es el hambre lo que me quita las ganas de esperar a hacer la foto antes de comerme el plato humeante o si después de tanto blog y tanto pinterest lo que haces tú te parece un poco cutre y poco merecedor de una espera aunque sea de cinco minutos.

Puede que también me parezca un poco absurda esta obsesión que hay (me incluyo) por documentarlo todo. Es verdad que a todos nos gusta tener una foto de un momento para acordarnos del momento o de lo que hicimos, pero a veces parece que todo lo llevamos a extremos. Cuando el hacer la foto es lo que hay detrás de un plan o una visita, ese plan o esa visita deja de tener sentido. Hay que hacer las cosas porque te apetecen en ese momento. Si no lo ve nadie, pues que no lo vea. Si no lo cuentas en ningún sitio y no te llevas la cámara, pues mira, ¡menos peso cargarás!

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Eso me ha pasado últimamente: sí que he cocinado y sí que he conseguido cavar y volver a cavar mi propio huerto para dejar pasar tres semanas sin poner el riego ni plantar y tener que volver a cavar otra vez, pero en ese momento no me ha apetecido quitarme los guantes, sacudir la arena y sacar la reflex. Que conste que me apetece tener una especie de diario de huerto para ir apuntando lo que voy aprendiendo, lo que tengo que sembrar en cada momento, lo que se da bien y lo que se da mal, pero el momento foto se ha restringido al móvil y a veces ni eso. He preferido hablar con el paisano o con mi vecino de huerto, que bien podía no ser muy fotografiable en su chandal del decathlon, pero que ha sido majísimo.

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Esto es un poco incongruente con querer hacer una especie de índice de recetas y anécdotas asociadas que es, precisamente, en lo que consiste un blog de cocina, pero como creo que hay tiempo para todo, de vez en cuando con que te sobren dos bollos de una merienda para hacer una foto al día siguiente cuando estás tú sola en casa, ya vale. No hace falta parar toda la merienda (como reconozco que he hecho otras veces) para que el plato esté colocado así o asá.

Eso me pasó hace un par de semanas cuando, para rememorar nuestro viaje a Estocolmo y la ingesta diaría de, al menos, dos bollos de canela, se vinieron unas amigas (casualmente aficionadas a la fotografía) a merendar a casa. Llegaron y en lugar de ponernos a colocar la mesa con el mantel, esto así y lo otro asá sustituimos la actividad moñi por la actividad española por excelencia: el cotilleo y el marujeo. Mientras tanto los bollos, sacados del blog que yo asocio a Estocolmo, cocinándose en el horno y la casa empezando a oler a gloria bendita. En estos momentos a veces me da rabia esto de ser cocinillas. Estás en la cocina, oyes murmullos, pero ¡no te enteras de nada!. A veces hasta le pido a la gente que espere un poco y que hable de tonterías mientras estoy “de trajín” (una que es intensa para todo).

Al final pasó lo que tenía que pasar: para cuando salieron los bollos, recientes, bañados con el glaseado de azúcar que ya no me acuerdo de si llevaba la receta o no pero que yo le echo a todo bollo que sale de mi horno no nos pudimos resistir. Ni mantel ni plato ni nada. Sacamos el móvil, que en estos casos es un buen invento, y mientras nos comíamos un bollo, sacábamos la foto para la posteridad con los que quedaban.

Menos mal que sobraron dos y al día siguiente antes de liquidárnoslos para desayunar saqué un par de fotos para tener “algo con lo que dar soporte a la descripción”. La receta la tenéis aquí.

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Rosendals Trädgard

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La mayoría de las veces cuando vas de turismo a una ciudad tienes una lista de monumentos que visitar. Esa lista a veces parece más una obligación que algo que de verdad te apetece hacer. Que si, que muchas veces vas y te gusta, haces un par de fotos de postal y te vas con la sensación de los deberes bien hechos. Vuelves a casa y no se te cae la cara de vergüenza al reconocer que a ti lo que de verdad te gusta es patear las ciudades, ver cómo se vive allí, entrar en las tiendas y tomarte lo de los museos con calma.

Esta vez hemos dejado la vergüenza a un lado y hemos pateado Estocolmo, hemos ido descubriendo barrios y hemos sido fieles a nuestros principios: los museos, con calma. Al final se nos ha ido un poco de las manos y en el fondo me arrepiento de no haber entrado en alguno de la lista de la lonely planet pero oye, siempre hay que dejarse razones para volver a un sitio, ¿no?. Además no sé si es cosa mía, pero el cansancio en los viajes yo creo que es directamente proporcional al tiempo que te pasas merodeando los pasillos de palacios y museos en busca de un banco en el que esperar al resto del equipo.

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Pues bien, Estocolmo tiene un mini paraíso en la isla de Djurgarden. Isla, a la que yo directamente cambié el nombre por Dujardin a lo francés porque los suecos serán divinos, pero el idioma es la cosa más frustrante del mundo. Acostumbrada al mediterráneo en el que, bien sea español, francés o italiano, las cosas más o menos se entienden, vas a Suecia y te puedes echar a llorar. Busca fotos y dibujos o camareros que quieran colaborar porque si no te puedes pedir arenques de postre y quedarte tan ancha.

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Vuelta al paraíso: como iba diciendo, en esa isla hay un espacio llamado Rosendals Trädgard que es un poco de todo: es huerta de hortalizas, es huerta de flores, es invernadero, es cafetería, es tienda de plantas…en el fondo es como entrar en otro mundo. Un pequeño oasis que te hace llegar y querer quedarte allí a vivir. Es un sitio precioso sin ser pretencioso y, fiel al estilo sueco, práctico. Práctico en el sentido de que los suecos debieron ser los inventores del “self service” porque allí todo es así: vas y coges las flores que más te gustan en el campo de flores orgánicas, se las llevas al “invernadero tienda” a la rubia (obviamente, es sueca) mona monísima que te las envuelve en un trozo de papel que, fijo que es reciclado y te las llevas. Pero claro, antes de irte tienes que pasar por el café en el que te puedes coger desde bocadillos hechos con pan que hacen allí, hasta carrot cakes, bollos de canela o galletas caseras y orgánicas. Con todo lo recolectado te sientas en una de las mesitas de madera que hay y, simplemente, ves la vida pasar, si es que puedes resistir el impulso de volver a recorrerlo todo, cámara en mano para llevarte fotos a casa y no olvidarte de nada.

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Vuelta a la actividad

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Sigue siendo agosto, sigue haciendo calor, la mayoría de la gente sigue de vacaciones, no tengo a nadie para quien cocinar, pero yo ya he tenido suficiente inactividad por un año. Quiero encender el horno, probar algo nuevo, buscar a alguien que pruebe ese algo nuevo, encender el ordenador, sentarme y contarlo. Todo eso de carrerilla y casi sin respirar.

Me estoy dando cuenta de que soy como un niño repelente que quiere volver al cole antes de que empiece. Si, me merezco una colleja, pero ¡qué más da!. Ya he tenido un par de meses tontos en los que tirarme al sofá a ver capítulo tras capítulo de series de americanos buenorros encorbatados (Suits), de cocinar sin sacar fotos, de ir a Galicia y a Estocolmo y básicamente, de desconectar.

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Si la función de toda desconexión (incluida la de cualquier aparato que, tras llevar media hora dale que te pego, se recalienta) es  que a la vuelta funcione mejor que previamente a dicha desconexión, creo que esta ha funcionado a las mil maravillas. En julio estaba un poco saturada hasta de mi propia intensidad y ahora ya estoy lista para volver con las pilas cargadas (casi hasta al trabajo).

Por eso y porque  con la cantidad de frutas que hay en verano es un crimen no aprovecharlas y cocinar algo con ellas  solo por ahorrarse unos sudores, me voy a poner manos a la obra. Voy a bajar a por unos melocotones, me voy a poner una horquilla para sujetarme el flequillo porque estoy lanzada pero todavía tonta tonta no soy y no quiero morir en el intento y voy a hacer unas tartaletas de melocotón con…no sé…¿un crumble por encima? ¿algo de romero? ¿unas almendras?. Da un poco igual porque sé que cualquiera de estas opciones vale, que voy a querer probarlas todas y que eso es lo bueno de hacer tartaletas: cada una puede ser un poco distinta de la otra. Además tardan menos en el horno que una tarta grande, así que el sufrimiento también será menor.

En cuanto a la receta es otra versión de la tarta fina de manzana o de las tartaletas de fresa. Puede que sustituya parte de la harina de trigo normal por harina de maíz que tengo a raudales, pero lo bueno es que cada uno puede jugar un poco con la receta en función de lo que tenga en casa.

Las fotos de los viajes de este verano las dejo para la semana que viene, para cuando me entre el síndrome postvacacional y necesite abrir el baúl de los recuerdos.

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Un trozo del campo en la ciudad

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Últimamente no hago más que soñar con vivir en el campo. Siempre me ha gustado la idea de vivir en una casita con un huerto, a ser posible unas gallinas (he de reconocer que no sé si en esto de las gallinas me gusta más la teoría que la práctica), y un porche al que salir a leer después de cenar. De pequeña cuando veraneaba en una casa así me daba cuenta de que no hacía falta mucho para estar bien: nada de internet, poca tele y mucho campo. Ahora sin internet no sé si aguantaría mucho (para qué me voy a hacer la guay), pero creo que cada día necesito menos las tiendas y los restaurantes. Me siguen gustando, eso no lo niego, y lo que tengo claro es que si entro, tanto en tienda o en restaurante, pico. Ahora me apetece más llegar a casa, dejar el bolso y salir al jardín, a sentarme a leer en una hamaca, a dar un paseo o ir a regar el huerto.

Como otra cosa no, pero soñadora soy un rato ya me imagino, a la hora de cenar con una chaqueta saliendo al huerto a por las verduras que usaré para la cena que, por supuesto, cocinaré en una cocina sencilla, pero rústica, con una ventana enorme y, si da el presupuesto, un lavabo antiguo de estos de una sola pieza de porcelana, mármol, o de lo que sean esas preciosidades. La mesa la pondría en el porche en el que ya a esas horas habría una sombra agradable y un fresquito en verano que hace que te quieras poner una chaqueta encima del vestido. Después de cenar, chimenea en invierno y estrellas en verano. Vale, me estoy pasando, pero me entendéis. ¡Quiero campo!.

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Mientras tanto, y hasta que me toque la lotería y haga realidad mi sueño de ir a por huevos de mis propias gallinas en camisa de cuadros y peto vaquero, yo voy a intentar traer la filosofía de la vida en el campo a la ciudad de la siguiente manera:

1. Plantando un huerto urbano. Esto ya lo dejo para septiembre, porque aunque yo en Agosto pretendo pasármelo pipa, el huerto aquí triste y solo…como que no. Hasta ahora lo único que he plantado han sido hierbas aromáticas en las ventanas, pero cuidado, que ¡este otoño Ana la agricultora viene con fuerza!. Ya os contará si no solo viene con fuerza y si llega a algún sitio…

2. Ir a la compra prestando más atención. Con esto me refiero a ir al carnicero y pescadero en lugar de comprar la carne y el pescado en el super, a comprar huevos de gallinas en libertad aunque sean un poco más caros (pensad que es menos de un euro de diferencia y en las pobres gallinitas). Lo que no hago y quiero empezar a hacer es ir los domingos a los mercados de verduras que montan en los que, en teoría, venden casi directamente los agricultores. Si pensáis que soy boba y que en lugar de los agricultores los que venden son los gitanos que les compran la fruta y la verdura, pues oye, no me importa. No veo al gitano con cámaras frigoríficas, así que más reciente que lo que solemos comprar ¡sí que será!

3. Hacer en casa desde cero cosas que sueles comprar hechas. Esto me encanta. Es como una droga. Si encima son cosas que puedes embotellar, empaquetar y que van a la despensa…¡más! Es como volver al pasado, a autoabastecernos de alguna manera. Ver cómo dos horas de tu tiempo bien empleadas crean algo que puedes guardar en un bote esterilizado que aguantará meses en un armario hasta que quieras usarlo…

Cada día tengo más claro que si no hacemos las cosas nosotros desde cero es porque no lo hemos probado. Cuando no has hecho algo nunca, te piensas que es difícil, le coges respeto y acabas optando por la vía fácil de la repisa del supermercado. Pues te juro que en la cocina nada es difícil (aparte de los “macarons” que tienen muy mala leche), que todo es cuestión de querer y de ponerle ganas, y que la satisfacción que te proporciona el hacer algo tú mismo y guardarlo en un bote en la cocina con una etiqueta es mucho mayor que la que te puede dar el viaje al supermercado. Por no hablar de los conservantes, colorantes, E-..que no te metes al cuerpo.

Empecemos por algo fácil: granola. La granola es una mezcla de cereales y frutos secos que se puede tomar con leche, yogur, o con las manos. ¿Lo mejor de todo? que la puedes hacer a tu gusto y es facilísimo, que la metes en un bote y te dura un mes (a menos que tengas a Elena en casa que la devora). Hay recetas archiconocidas como esta de Nigella, pero es de las cosas en las que es más fácil improvisar. Con tal de que mezcles copos de avena con frutos secos, algo que lo endulce y lo amalgame (miel, sirope de arce, golden syrup) y algo más que de algo de sabor y también ayude a que no se queden todos los copos sueltos como la compota de manzana o la mantequilla de cacahuete. Una vez tienes la mezcla, se mete al horno a unos 170 grados, se va moviendo, hasta que los frutos secos se tuestan y la granola quede crujiente. El tiempo, obviamente, depende de las cantidades y de lo que eches. A mí, he de reconocer que se me quemó un poco por estar a otras cosas, pero sigue estando buena. Con un poco de yogur y de mermelada casera improvisada de ruibarbo y fresa (ya os contaré) mmm está buenísima.

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Para este lote de granola utilicé un poco lo que tenía en bolsas sueltas que había que acabar, pero jugando con la idea del chocolate y la mantequilla de cacahuete. El método, casi es mejor que os fijéis en el de Nigella u otro profesional, pero es más o menos lo que os he puesto arriba. Yo creo que lo más importante es conseguir sabores que se complementen y texturas distintas gracias a los diferentes tamaños y consistencia de los frutos secos.Los ingredientes, a continuación:

Granola de chocolate y mantequilla de cacahuete

50gr avellanas

70gr nueces

20gr pipas de calabaza

1 cucharada de cacao en polvo

400gr copos de avena

3 cucharadas mantequilla de cacahuete

3 cucharadas de miel

1 cucharada de golden syrup

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Sacando mi lado masculino

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Bea se ríe cuando digo que hacer paté de pollo es algo muy masculino. Es una tontería mía llamarlo así, pero a veces parece que los blogs vegetarianos son típicamente de chicas y que los que le dan a la morcilla, las salchichas y la carne son los chicos. Como con la lectura y las películas, yo nado entre los dos mundos. Lo mismo me gusta Jane Austen que George RR Martin. Pues aquí igual: comiendo ensalada de quinoa con verduras y frutos secos me siento muy virtuosa y “moderna”, pero tengo que reconocer que donde esté una buena morcilla, un buen trozo de bacon, que se quite de en medio el mundo vegetariano.

El otro día Bea se volvía a reir cuando le decía que tengo muchas ganas de ir a una matanza. “Pero Ana, si eso es asqueroso. ¿Quieres ver la sangre saliendo a borbotones”. Pues si. Si quiero. Nunca he sido ni muy asquerosita ni muy remilgada, así que me encantaría ir a la matanza y ver qué se hace con un cerdo entero. Quiero aprender a hacer morcilla, salchichas, chorizo, jamón y ver cómo alguien es capaz de despiezar un bicho entero.

Puede sonar un poco gore, pero realmente el ejercicio de hacer algo con todas las partes del animal es la única forma de respetarlo y de, ya que hay que matarlo, sacarle el máximo partido. Además significa aprender a aplicar casi todas las técnicas que existen a un mismo animal y solo me imagino la satisfacción que debe dar ver en tu garaje una fila de salchichón, chorizo, salchichas y morcillas colgadas, separadas unas de otras, eso sí, con nudos de “twine”  blanco y rojo.

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Como las matanzas tengo entendido que en pleno verano no se hacen, lo que sí puedes hacer en cualquier época del año es paté con el hígado de un animal. Para uno de los talleres de Kinfolk preparé uno de pollo y además de estar buenísimo, es un plato muy barato que aprovecha los hígados de pollo que, sinceramente, casi nadie quiere. He de reconocer que el momento de ir a la compra y de desembalar aquello una vez llegué a casa me daba un poco de respeto. No os voy a engañar. Hasta el pollero los cogía con unos guantes y los hígados no son la cosa más bonita del mundo. De hecho cuando te los venden vienen con el corazón y con alguna cosa más, así que por un lado hay que tener en cuenta que al limpiarlos se quedan en mucho menos de lo que has comprado y, por otro, eso, ¡que hay que limpiarlos!.

En cuanto me puse a limpiar el segundo ya superé mis ascos y mis reservas y andaba tan feliz, limpiando, cortando y preparando los hígados para su delicioso destino. La receta que usé la saqué de la página de Jamie Oliver y cuando busqué me dio la impresión de que, mientras los franceses se centran en los foies de pato y de oca, mis amigos los ingleses son los amantes del paté de pollo. La clave de todas las recetas está en darle un sabor más agradable al hígado a través de hierbas aromáticas, bastante sal y pimienta. La verdad es que la transformación es increíble. La textura del paté queda súper suave y cremosa.

Además para que el paté dure unos días en la nevera hay que cubrirlo con una grasa (en esta receta mantequilla) y esa parte ya es la guinda sobre el pastel: puse unas ramitas de tomillo entre el paté y la grasa que lo cubría y pude ver como esos hígados feos y un poco asquerosos se convertían en una cuasi pieza de museo con una pinta de lo más profesional gracias a ese toque final.

No voy a ser pesada, pero ¿os acordáis de que me paso el día diciendo que lo mejor del mundo es hacer tú mismo cosas que se venden? Pues este paté casero es un ejemplo perfecto de eso mismo. Con la ventaja de que sabes lo que lleva y de que todo lo que hace uno mismo ¡siempre sabe mejor!

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Si queréis ver fotos de cómo queda cuando la mantequilla se solidifica, podéis ver las preciosas fotos que hizo Mònica Bedmar  durante el taller de flores de abril. Aquí tenéis una, otra, y una tercera en la que solo se ve un poco de paté, pero en la que aparece un entrante del que tengo pendiente hablaros desde hace meses…

Paté de Hígado de Pollo de la vieja Escuela

(adaptada de una receta de Jamie Oliver)

300gr mantequilla (tranquilos, no te la comes toda)

2 chalotas

2 dientes de ajo

400gr hígados de pollo, limpios

1 vaso pequeño de brandy

tomillo fresco

aceite de oliva, pimienta y sal

1. Precalentar el horno a unos 225ºC. Poner la mitad de la mantequilla en un recipiente resistente al horno y meterlo al horno para que la mantequilla se derrita y se separe (unos 10 mins). Colar la mantequilla sobre un bol aparte que reservaremos. En el colador se quedan unos trozos de mantequilla más blanquecina. Eso se puede tirar.

2. Poner un poco de aceite en una sartén y pochar las chalotas y el ajo durante unos 10 mins con un poco de sal, hasta que estén blandos y un poco dorados. Apartar del fuego llegados a este punto y reservar en un plato. Limpiar la sartén con un poco de papel de cocina, subir el fuego y saltear los hígados con un par de ramilletes de tomillo picado. Cocinar los hígados durante unos minutos en cada lado, hasta que cojan algo de color, pero manteniendo el interior rosado. Si nos pasamos cocinándolos en este punto el paté no quedará tan suave.

3. Añadir el brandy y dejar que se reduzca durante un minuto o dos. Echar la mezcla en un vaso batidor (yo uso el complemento que viene con el minipimer) con las chalotas y el ajo cocinados. Triturar hasta que quede un puré suave, añadir la mantequilla que quedaba (derretida) y seguir batiendo/triturando. Añadir sal y pimienta, si hace falta más tomillo picado e ir probando hasta que quede como te gusta.

4. El paté ya está hecho. Solo queda ponerlo en recipientes pequeños (tipo ramekins), colocar unas ramitas de tomillo para decorar y verter la mantequilla derretida clarificada (la que colamos en el paso 1) hasta cubrir toda la superficie y meter en la nevera. Recié hecho está bueno, pero si se deja un par de días en la nevera está mejor porque da tiempo a que los sabores se desarrollen. Sobre un trozo de pan tostado calentito está para morirse.

La combinación perfecta

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Este año gracias a los talleres Kinfolk que estamos organizando Elena y yo estoy teniendo la excusa perfecta para dar rienda suelta a la fábrica de dulces. Normalmente tengo un debate interno de angelito bueno-angelito malo que va más o menos así: “venga Ana, estás echando culo, haz unos filetes de pollo a la plancha con una ensalada de lechuga para comer y déjate de innovar”, a lo que responde el angelito malo (o bueno, dependiendo de cómo lo mires): “Ana llevas un mes sin actualizar el blog, un filete de pollo no da ni para una línea. ¿Has visto esas galletas de dulce de leche o esa ensalada con bacon, queso, frutos secos y una vinagreta de grasa pura?”. Al final suele acabar ganando el angelito malo, no solo por el blog sino porque a todo el mundo le gusta el bacon, el queso y cambiar un poco.

Estos dilemas se resuelven cuando sabes que no eres la única que te lo vas a comer todo. Saber que va a haber más de diez personas a las que alimentar y que puedo buscar y buscar recetas sin limite de calorías es el paraíso. El único problema es elegir entre tanta cosa buena. Hablando así parezco una granjera francesa que se dedica a engordar a patos y ocas para sacar foie, pero seguro que me entendéis.

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Al final me paso una semana (o dos) pensando en bizcochos, galletas, tartaletas (normal que tenga hambre a todas horas) y no me acabo de decidir hasta que es el día antes del taller y o me decido o nadie come nada. Uno de esos días decidí hacer una receta sencilla de “shortbread cookie”, unas galletas escocesas que son súper sencillas y que están buenísimas gracias a la generosa cantidad de mantequilla que llevan que hace que se te deshagan en la boca. Pero claro, unas galletas de mantequilla solo, así tal cual..como que no. ¿Y si le pongo unas semillas de amapola a la masa?. Por lo menos quedarán monas, ¿no? ¿y rellenas de dulce de leche?. Rellenándolas de dulce de leche hasta si junto dos obleas de las que te dan en misa, te va a saber a gloria, así que ¡adelante!.

Buff…momento de inspiración divina fue aquello. DIVINA. Las semillas de amapola no solo hacen que las galletas sean monas. No no, las semillas de amapola consiguen que, según muerdes la galleta que se medio derrite en tu boca y llegas al dulce de leche cremoso, notes unos puntitos crujientes…¡te mueres!. En serio, ya sé que digo que todo está bueno, que todo es fácil, pero estas galletas si compras el dulce de leche son una auténtica chorrada. Y por favor, comprad las semillas de amapola. No os penséis que es una tontería gourmet o de niña pija que quiere que las galletas tengan lunares.

Shortbreads con Semillas de Amapola y Dulce de Leche

La receta de la masa la saqué de esta página que, aunque no parezca lo más glamuroso del mundo, tiene recetas bastante buenas. Allí proponen rellenar las galletas con mermelada, así que cada uno que las adapte a su gusto: mermelada, nutella, dulce de leche… Las cantidades también las podéis adaptar en función de las que queráis hacer. Con estas cantidades salen bastantes (el número exacto depende del tamaño del cortador que uséis). En Joy of Baking dicen que con estas cantidades haces 12 sandwiches de galletas, pero a mí me debió salir el doble.

260gr harina

1/4 cucharadita sal

226gr mantequilla

60gr azúcar glas

1 cucharadita extracto de vainilla/ dos cucharaditas de semillas de amapola

dulce de leche para rellenar las galletas

1. Batir la mantequilla hasta que esté cremosa (a mano o con un robot). Para facilitaros el trabajo conviene sacarla de la nevera un par de horas antes para que esté blanda.

2. Añadir el azúcar, el extracto de vainilla (si se usa) y la sal y seguir batiendo.

3. finalmente añadir la harina y las semillas de amapola y mezclar hasta que forme una masa. Envolver en papel film y guardar en la nevera durante al menos una hora. Lo de guardarlo en la nevera es para que la mantequilla se endurezca, así que si no os da tiempo a que sea una hora, la clave es que podáis manejar la masa.

4 Pasado ese tiempo, precalentar el horno a 180ºC, sacar la masa de la nevera y, sobre una superficie con un poco de harina, extender la masa hasta un grosor de unos 5mm-1cm y cortar las galletas con un cortapastas con la forma que queráis.

5. Hornear durante unos 8-10 minutos, dependiendo de lo grande que sean las galletas, pero básicamente hasta que estén doradas.

6. Dejar enfriar y montar los sandwiches uniendo dos galletas con una cantidad generosa de dulce de leche a modo del mejor pegamento del mundo.

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Un reto y una ensalada de lentejas

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El otro día se me ocurrió un reto. No sé si por vaga o por el hecho del reto en sí. Consistía en que Elena pasase por el mercado antes de venir a casa y cogiese, al azar, o por lo que le llamase la atención en ese momento, unas cuantas cosas en el mercado. Con esos ingredientes yo haría la cena en menos de media hora. Para que el reto además no nos hiciese sentirnos culpable había pensado en centrar su atención en el mercado en el puesto de verduras. Iba a ser una forma de intentar comer mejor: no solo comer verduras, sino verduras frescas y no restos semi resquebrajados que llevan un mes en la nevera, y de inventar recetas sobre la marcha.

¿El fallo? que para cuando Elena sale del despacho…ni verduras ni torreznos ni he aguantado yo sin cenar, así que mi brillante plan parece que se va al traste. ¡Con lo encantada que estaba yo con mi idea!. No sé si bajar con los ojos cerrados a la frutería, que me de cuatro vueltas el frutero hasta que me maree, y señalar hacia tres puntos para elegir al azar los ingredientes de lo que será mi cena. LO tengo que meditar…

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Mientras tanto lo que sí os puedo enseñar es una ensalada de lentejas que está buena. Parece una frase tonta, pero ojo, no lo es. Llevo AÑOS queriendo hacer una ensalada de lentejas buena, pero o las lentejas no quedan bien cocidas, o el aliño no me gusta…no sé…debe ser mi naturaleza puñetera que se empeña en intentar conseguir lo que parece imposible. La solución a todas mis penas la encontré en el libro de Ottolenghi que hace que te den ganas de coger un vuelo a Londres solo para ver esos mostradores con esas montañas de comida que te llaman sin parar. Como los billetes de avión están un poquito caros lo que sí puedes hacer es arrasar en el mercado comprando verduras y hacer alguna de sus ensaladas para llevarte al trabajo de tupper, ya que muchas de las cosas que tienen son para comer a temperatura ambiente.

Esta ensalada en concreto está buenísima: no es ni demasiado fuerte ni demasiado ligera. El bacon y el queso he de reconocer que ayudan, pero definitivamente lo que creo que es la clave es ese aliño a base de chalotas, aceite y vinagre que hace que el plato sea súper sabroso. De hecho el día que la probé hubo más conejillos de indias que estaban dispuestos a que no les gustase nada, pero a los que les gustó.

¡Así que no hay excusas! Mientras yo me debato entre el experimento de taparme los ojos en la frutería o preparar algún tupper para luchar contra los muslos prominentes que se me están poniendo gracias a la comida del comedor del trabajo, os dejo hacer la ensalada. Además…si este año no va a hacer calor hasta septiembre, esta ensalada ¡deja de ser una opción solo de invierno!.

Ensalada de Lentejas, Bacon y Gorgonzola

(para 2-4 como entrante)

Yo adapté un poco la receta a lo que tenía: en lugar de echar cerezas ácidas secas eché pasas, y creo que el punto dulce le venía bien, así que cada uno que innove en función de sus gustos. Todavía no soy una experta en lentejas pero me da la impresión de que el tiempo de cocción varía de unas a otras, con lo cual recomiendo las lentejas verdes y no las del puchero de lentejas de toda la vida, pero si alguien es más entendido/a en estos lares, que se guíe por su instinto. Por último pongo las cantidades exactas que vienen en el libro pero yo estas cosas prefiero hacerlas a ojo.

125gr lentejas verdes (puy lentils)

2 hojas de laurel

2-3 chalotas (también valen cebollas – menos, lógicamente)

3 cucharadas de agua

1 cucharadita de azúcar

60gr pasas

70ml vinagre de vino tinto

8 lonchas de bacon

80gr espinaca baby

120gr queso gorgonzola

aceite de oliva, sal y pimienta

1. Lavar las lentejas con agua fría y escurrir con un colador. Echar en un cazo con suficiente agua para cubrirlas tres veces, añadir las hojas de laurel, calentar el agua hasta que hierva y, tras bajar el fuego, dejar que se cuezan durante unos 20 mins, hasta que estén “al dente”.

2. Mientras tanto, hacer la salsa: cocinar las chalotas en una sartén con un poco de aceite y un poco de sal a fuego medio hasta que estén blandas y doraditas. Añadir el agua, azúcar, pasas y vinagre y dejar reducir unos minutos hasta que la salsa quede espesa. Salpimentar.

3. Cuando las lentejas estén hechas, colarlas y echarlas inmediatamente en el cazo con la salsa para que absorban todo su sabor. Remover, probar y ajustar la sal otra vez. Tener en cuenta que luego añadiremos el queso y el bacon que son salados. Dejar a un lado a que se enfrie.

4. Freir el bacon y colocar en un plato con una servilleta para que absorba el exceso de grasa.

5. Cortar el bacon en trozos y añadírselo a las lentejas, junto con las espinacas baby y los trozos de queso gorgonzola.

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Elena y su primer bizcocho

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Estrictamente el primero primero no es, pero esta mañana, cuando me ha dicho que hiciera un bizcocho para merendar en casa de una amiga y, tras pensarlo un poco, ha decidido hacerlo ella…¡me ha encantado!.

No hay nada mejor que ver que la gente que nunca ha cocinado se va animando, así que aprovechando la ocasión he decidido documentarlo.

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¿La receta elegida? Un bizcocho de plátano con aceite de oliva, trozos de chocolate y un toque de limón del blog 101 cookbooks. ¿Otro bizcocho de plátano Ana? Pues sí. Cuando veáis las fotos de Heidi (qué confianzas…) y lo fácil que es la receta (aquí), entenderéis por qué hay que hacer una vigésima versión del mítico “Banana Bread”. Si además te sirve de excusa para sacar del armario el molde que más te gusta y que mejor se presta a hacer bizcochos con baño de azúcar y, en este caso, limón, pues mejor que mejor. Si no tienes un molde de estos, lo siento mucho, porque al ver la preciosidad que sale del horno y cómo cae ese baño por las esquinas y los montículos del bizcocho, vas a sentir un deseo irrefrenable de comprarte algo que antes de ver las fotos (las de Heidi, las mías son mucho más normales) no sabías que querías.

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¿El making of? Entretenido: decidí dejarla volar libre como un pajarillo y, tras colgar la receta en la pared para que la tuviese a mano, (y que no se ensuciase), me limité a observar, hacer fotos y comentar solo cuando hacía falta. Y un poco de falta sí hizo. Mi querida Elena, cuando lee una receta parece que se toma las cosas muy a pecho y si ella lee que hay que cortar el chocolate en trozos grandes, ¡trozos grandes que corta!. Y cuando digo grandes me refiero a unos 25 gramos por trozo. Vamos, que en todo el bizcocho debía haber 4 tropezones de chocolate. Por eso le tocó sacarlos de la harina y volver a darle al cuchillo.

Otro momento crítico fue a la hora de mezclar los ingredientes líquidos con los secos. No sé por qué debemos sentirnos realizados al remover una mezcla como si no hubiese un mañana, pero si en la receta pone que mezcles los ingredientes JUSTO hasta que se hayan mezclado, es por algo. Para el que no ha leído muchas recetas puede parecer una tontería, pero si mueves mucho un bizcocho una vez tienes el elemento que va a darle aire a la masa (la levadura, el bicarbonato o los huevos), cuanto menos muevas la masa, menos mazacote quedará el bizcocho. Por eso es importante conocer el por qué (más o menos) de cada paso. Así podrás saber cuales te puedes saltar y cuales no.

La etapa horno y el momento “está no está” resultó bastante fácil. Hubo algún momento dubitativo del tipo: “el cuchillo está un poco sucio por los trozos de chocolate derretido o porque el bizcocho no está hecho”, pero la susodicha lo sacó en el momento perfecto y, pasado el tiempo de enfriamiento, que siempre es lo que más cuesta aguantar, lo cubrió con un baño de azúcar y limón. Hecho esto solo quedaba empaquetarlo y llevarlo a la merienda donde unas pajarillas lo esperaban ansiosas.

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