Me, Myself & My Kitchen

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Con tanto trasiego estas últimas semanas se me ha olvidado pasar por aquí para contaros que Elena y yo hemos decidido unir fuerzas para crear una página entre las dos. No va a ser solo una página web con recetas, pero tampoco sabemos muy bien qué va a ser. Iremos hablando de las cosas que nos gustan y ya veremos lo que significa eso.

 

Yo seguiré pensando en recetas, picnics desayunos y estas cosas que me dan vueltas a la cabeza, pero creo que es una buena oportunidad para que Elena también hable de las cosas que le inspiran a ella. También me hace mucha ilusión hacer algo entre las dos ya que incluso aquí parecía que éramos dos las que publicábamos. ¡Pili y mili se lanzan a una nueva aventura virtual!

 

La página web es: http://www.hermanasarce.com.

 

Espero que os guste a todos/as.

Un beso

Ana

El huerto, Parte II: La siembra y la recolecta

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La última vez que hablé del huerto nos quedamos en la parte de los surcos y el riego. Por lo menos eso ya estaba hecho.También creo que mis grandes planos en cuanto a planificación y abastecimiento: iba a hacer un plano perfecto de mi huerto (con regla y todo), iba a comprar semillas de ruibarbo y de frambuesa por internet y lo iba a tener todo listo para cuando alquilase el terreno.

Nos fuimos a Estocolmo en agosto y con el huerto en mente me tiré media hora delante del apabullante muro de semillas que tienen en uno de los invernaderos-tienda de Rosendals Trädgard, intentando descrifrar los nombres en sueco de las semillas. Al final (tras preguntar un poco) me decidí por un sobre marrón con una tipografía preciosa que decía: “Vintersquash”. “¿Sería calabaza de invierno, no?”, pensé yo: “vinter =winter” y “squash = calabaza”.

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De vuelta en Madrid el paisaje de la compra de semillas era un poco menos apetitoso, por no decir desolador. Debí llegar tarde a la temporada alta y en los viveros no encontré ni semillas de ajo. Cogí un surtido de lo que sí había y supuse que completaría la despensa con lo que tuvieran en el invernadero del huerto en el que los dueños plantan distintas semillas y tienen bandejas con mini cebollas, mini puerros que tú puedes llegar y transplantar a tu huerto.

Por eso una vez conseguidos los surcos y el riego perfecto, se te plantea la siguiente pregunta trascendental: ¿siembra directa o transplante del invernadero?. Teniendo en cuenta que yo llegué a esta fase a la una de la tarde, después de llevar dos horas agachada con los riegos, con los surcos y viendo los huertos perfectos de los vecinos…digamos que no creo que fuese el momento perfecto para la planificación. Planificación que, obviamente estaba en mi cabeza (más o menos) pero ni de lejos en un papel perfecto como había pretendido desde el principio.

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En esos momentos de prisa-semi crisis al final tiras por lo práctico y pregunté a los chicos del huerto para ver qué hay que plantar directamente y qué hay que transplantar. Luego fui al invernadero y cogí lo que parecía que tenía un tamaño suficiente para poder transplantarlo y me puse manos a la obra. Plantamos las semillas de la calabaza a pesar de la cara de miedo que se le quedaba a todo el mundo cuando les decía que iba a plantarlo. “¿Una calabaza? ¡si eso lo invade todo!”. “Ya”, contestaba yo, “pero no me la he traído desde Estocolmo y no me tiré media hora delante de la estantería de semillas hasta identificar una que entendiese para llegar aquí y no usarla”. Pues bien, abrí por fin el preciado sobre y resulta que los suecos habían echado tres o como mucho 4 semillas de calabaza, de las que hay en TODAS las calabazas que compramos, le habían puesto el sobre mono y la etiqueta de orgánico y se habían quedado tan agusto. No voy a negar que me decepcionó un poco, pero tampoco sé qué esperaba…¿una cigüeña sueca que me trajese calabazas orgánicas?.

Además de la calabaza utilizamos la técnica de la siembra directa para dos tipos de rábanos: unos redondos y otros más alargados. Con el resto de semillas compradas pero no adecuadas para la siembra directa hicimos un minisemillero en una bandeja que lleva desde entonces viviendo en el invernadero. Para poder tener algo plantado con alguna expectativa de recogida en el mismo año transplantamos brócoli, acelgas, lechugas y cebollas. No soy muy fan ni del brócoli ni de las acelgas pero pensé que el huerto era la excusa perfecta para empezar a cogerles cariño. Un poco como quien se come con más gusto lo que cocina él que lo que cocina el prójimo. Pues lo mismo, pero con la “cría” de vegetales.

No puedo decir si la táctica ha funcionado o no porque dos meses después, es decir, estas navidades y tras un largo abandono volví al huerto y comprobé que lo que me habían dicho era cierto. Es cierto que las plantas tienen un ritmo mucho más sosegado en invierno. Eso sí, esta teoría solo aplica a las plantas que tú has plantado. Las “malas hierbas” deben tener un ritmo de crecimiento inversamente proporcional al de las plantas buenas porque llegamos allí y aquello parecía un campo de golf de lo verde que estaba.

Tras la decepción inicial  del campo de golf empecé a agacharme (postura típica donde las haya del mundo del huerto y para naaada incómoda) para empezar a quitar las malas hierbas que lo habían invadido todo y empecé a ver luz a través del túnel. ¿Eran ortigas lo que veían mis ojos? ¿había además alguna hojilla triste de algo que parecía rúcula entre tanta ortiga?. En este momento pensaréis que estoy completamente loca por emocionarme viendo ortigas que son las plantas más puñeteras del mundo que pican solo con mirarlas, pero confiad en mí.

Mis vecinos se iban a llevar a casa coliflor, cebollas, repollos y puerros, pero yo en el momento en que vi las ortigas recordé el primer capítulo de “Tales from River Cottage” en el que Hugh Fearnley Wittingstall cogía ortigas del campo (nettles en inglés – como todo en inglés suena mucho mejor) y hacía una crema con ellas. Ya no iba a irme a casa con las manos vacías. Iba a tener una recolecta antes de final de año. Puede que no la que yo esperaba en septiembre, puede que no la más ortodoxa, pero ¡qué narices! ¡o ves tú el vaso medio lleno o no lo va a ver nadie!.

Con ánimo renovado, una cesta, una bandeja unas tijeras, guantes de látex y mi pobre padre de cómplice volvimos pocos días después a cosechar,y quitar hierbas para que lo que había plantado pudiese sobrevivir. La cosecha consistía en coger las ortigas más pequeñas que veíamos (se supone que son más tiernas que las grandes – como con todo) y las hojillas de rúcula que hubiese por ahí desperdigadas. Con la rúcula, obviamente, esperaba hacer una ensalada, pero para las ortigas ya tenía señalada una crema del libro de Hugh para que me sirviese de guía. Digo de guía porque en esa receta solo usaban ortigas (yo todavía no soy tan valiente) y espesaban la crema con arroz (no voy a cocer arroz para espesar una crema).

Al final la inspiración se redujo a la utilización de ortigas en una crema de guisantes, que también es típicamente inglesa. En lugar de usar el jamón cocido que usan ellos usé un poco de bacon y añadí un par de puñados de ortigas (bien lavadas, eso sí) para darle el toque osado. No sé si se llegan a notar las ortigas en la crema, pero sé que me sentí muy realizada utilizándolas y que la crema buena estaba (con o sin ortigas). La rúcula también nos supo a gloria acompañando unas tartiflettes inspiradas en este video que son probablemente el plato menos “light” del mundo, pero claro, después de estar toda la mañana trabajando en el huerto, una se puede permitir estos lujos.

Crema de Guisantes y Ortigas

esta receta, como todas las cremas, se puede adaptar a lo que tengas en casa

2 lonchas de bacon

una cebolla y media

2 dientes de ajo

1 paquete de guisantes congelados (750gr aprox)

1 litro de caldo de pollo

2 puñados de hojas de ortigas

aceite, pimienta, sal

1. Cortar el bacon en tiras y dorar en una cazuela. Cuando esté dorado y haya soltado la grasa, apartar. Cortar las cebollas e trozos (no tienen que ser muy pequeños porque se van a triturar) y pochar en la grasa del bacon. Si hace falta más grasa, añadir un poco de aceite de oliva. Yo siempre que pocho cebollas añado un poco de sal, pero se puede hacer ahora o más tarde.

2. Cuando la cebolla empiece a estar blanda, añadir el ajo y seguir rehogando.

3. Una vez estén pochados los ajos y las cebollas, añadir los guisantes, dar un par de vueltas, añadir el caldo, el bacon y las ortigas. Subir el fuego hasta que hierva y una vez ha hervido, bajar a fuego medio para que esté unos 15 minutos cocinándose.

4. Una vez estén los guisantes cocinados, triturar con un minipimer/vaso batidor, etc.

5. Yo suelo congelar porciones de uno o dos de este tipo de cremas y ganan en sabor cuando se dejan reposar, bien de un día para otro en la nevera, o bien en el congelador.

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Tarte Tatin

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Cada vez que voy a un restaurante y veo una “tarte tatin” en la carta da igual si estoy llena o no, la pido. Y si voy en grupo intento maniobrar para “que se pida”. Cuando digo “que se pida” es como cuando Elena usa el impersonal para frases como “hay que poner la lavadora” o “hay que sacar la basura”. Gramaticalmente puede que utilice una forma impersonal pero la vida me ha enseñado que en el ámbito doméstico el impersonal es como el imperativo y suele estar dirigido hacia lo que ella considera segunda persona, osea yo.

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Volviendo a las “tarte tatins” el problema es que después de convencer a una mesa llena de amantes de chocolate a pedir una tarta de manzana, muchas veces acaban decepcionando: o las manzanas y el caramelo están muy quemados, o la masa es hojaldre precocinado, o hay mucha masa, o hay poca…En resumen: pocas veces me gustan pero lo sigo intentando porque la tarte tatin no es una tarta de manzana cualquiera, tiene una personalidad especial. Según algunos la crearon las hermanas Tatin para evitar tirar unas manzanas que creían que habían cocinado demasiado. Las colocaron en un molde, las taparon con una capa de masa quebrada ¡et voilà! crearon la Tarte Tatin.

No sé si la leyenda será verdad, pero conseguir que un postre lleve tu nombre para toda la eternidad me parece lo más – mucho mejor que la horterada de tener un novio que te saca un día por la noche y te enseña que le ha puesto tu nombre a una estrella. ¿Para qué?. Un postre sin embargo…cada vez que alguien pruebe la razón por la que ha estado haciendo dieta toda la semana…esa razón llevará tu nombre.

Como lo de bautizar un postre con mi nombre puede que sea demasiado ambicioso (además de narcisista y unas cuantas cosas más), me conformaré con seguir haciendo esta receta de tarte tatin de manzana que creo que es la mejor que he probado. La encontré un día ojeando este blog y el hecho de llevar caramelo con sal me conquistó al momento. Además vi que aunque era una versión moderna (por la sal – sí, echar sal a un postre ya te convierte en moderno) de la tarta tradicional, respetaba las normas básicas: usar manzanas ácidas tipo reineta y usar masa quebrada o alguna variante de la misma. Nada de hojaldres precocinados…

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El resultado os juro que merece la pena. Sé que siempre digo que todo está bueno, pero esta tarta es especial y muy fácil de hacer. Es como cuando tienes dos productos y en uno ponen que es “superior”. ¿Eso qué quiere decir? ¿que uno es bueno o que otro es una mierda?. En este caso quiere decir que LA PROBEIS. Con poco esfuerzo conseguiréis una tarta con esa clase y elegancia que solo pueden tener los postres antiguos y a la vez todos los elementos que nos gustan de los postres de hoy en día (contraste de texturas, de ácido y dulce, dulce y salado). Está buena caliente pero no sé si me gusta más fría cuando la masa ha tenido tiempo de volverse crujiente en los recovecos entre manzana y manzana y tiene zonas caramelizadas gracias al caramelo y el jugo de las manzanas…

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Tarte Tatin con Caramelo de Mantequilla Salada

(para 6-8)

1kg manzanas (a mí me gustan las reineta)

Para la masa

170gr harina

85gr azúcar

85gr mantequilla semi salada (o normal con una pizca de sal)

1-2 cucharadas leche

Para el caramelo

70gr azúcar

35 gr mantequilla semi salada (o normal con una buena pizca de sal)

1. En un bol mezclar la mantequilla y el azúcar con un tenedor (también se puede hacer en un robot de cocina tipo la Kitchen Aid).

2. Una vez mezcladas la mantequilla y el azúcar, añadir e incorporar la harina. Cuando la mezcla coja consistencia de migas, ir añadiendo la leche poco a poco, mezclando mientras tanto hasta que aglutine las migas y se pueda formar una masa.

3. Envolver en papel film y guardar en la nevera durante al menos 30 mins.

4. Coger un molde redondo de unos 25cm de diámetro y engrasarlo con mantequilla.

5. Para el caramelo poner el azúcar con una cucharada de agua en una sartén en la que la capa de azúcar quede fina. Cocinar a fuego medio/alto hasta que el azúcar se disuelva, empiece a hervir y se convierta en caramelo de un color ámbar.

6. En ese momento retirar del fuego, añadir la mantequilla y remover hasta que quede todo mezclado. Antes de que se enfríe, verter sobre el molde.

7. Precalentar el horno a 180ºC.

8. Pelar y cortar las manzanas en cuartos/octavos dependiendo de su tamaño y colocar sobre el caramelo en la base del molde intentando cubrir toda la superficie. Para que al darle la vuelta la tarta quede bonita, la parte curva de las manzanas tiene que ir contra el caramelo.

9. Sacar la masa de la nevera. Utilizando algo de harina sobre el rodillo para que no se pegue a la masa, extender la masa hasta conseguir un círculo algo mayor que el molde. Para evitar ensuciar la cocina, la masa se puede extender sobre el mismo papel film en el que se ha envuelto la masa en la nevera.

10. Colocar la masa extendida sobre las manzanas en el molde, cogiendo el exceso de los laterales y arrugándolo hacia abajo para que quede un borde más gordo y con recovecos entre las manzanas. Con un tenedor, hacer algún agujero en la superficie de la masa para dejar escapar el aire durante la cocción.

11. Cocinar en el horno durante unos 45 mins -1hr hasta que la masa esté dorada.

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Limón y tomillo

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Normalmente en casa cocino yo pero de vez en cuando se alinean los astros y a Elena le entran ganas de entrar en la cocina para algo más que llenar un vaso de agua. Eso pasó el primer día del año y puede que marque un cambio en sus hábitos domésticos porque parece que se le está quitando esa aversión por la cocina que solía tener y le empieza a entrar el gusanillo de los fogones.

El culpable de todo esto es Nigel Slater, un cocinero/escritor inglés que nos tiene robado el corazón (más a mí, pero oye, si Elena se anima a cocinar, por lo menos un poco le tiene que hacer gracia). Su libro “Tender”, dividido en dos tomos, uno dedicado a las frutas y otro a las verduras, es mitad enciclopedia, mitad poesía. Enciclopedia porque Nigel sabe mucho y nos lo cuenta casi todo. Poesía porque tiene una forma de escribir que te cautiva. Además de todo eso las fotos son espectaculares y distintas a lo que estamos acostumbrados. Son fotos sencillas que sospecho que se han hecho sin focos y sin artificio; más oscuras de lo normal, pero precisamente por eso, más bonitas. Pasar páginas en este libro es querer hacer toda y cada una de las recetas que aparecen. Otra cosa que me gusta mucho de Nigel es que le pasa como a mí, o más bien a mí me pasa como a él: no nos gusta seguir recetas al pie de la letra. Lees una cosa, te da una idea e innovas, o vas a hacer algo, ves que no tienes lo que pide la receta y cambias en función de tu nevera.

A lo largo del libro y de sus series de televisión, Nigel te enseña a pensar en combinaciones que funcionan y en ver por qué un plato funciona. Puede que sea por la combinación de texturas suave y crujiente, por el contraste de sabores ácido y dulce…o por una combinación de los dos.

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Queriendo contagiar a Elena mi entusiasmo por Nigel, su cocina y su jardín le puse este vídeo en el youtube el 1 de enero, aprovechando que es de esos días en los que no hay mucho que hacer y surtió efecto. Se animó a hacer este bizcocho de limón y tomillo. Sencillo pero sabroso, dulce pero con el toque ácido del limón es un bizcocho sabroso y ligero en el que el jarabe es fundamental.

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Bizcocho de Limón y Tomillo

Para el bizcocho

200gr mantequilla

200gr azúcar de caña

100gr harina

1 cucharadita levadura en polvo

100gr almendras molidas

4 huevos

ralladura de 2 limones

1 cucharadita hojas de tomillo

Para el jarabe

4 cucharadas azúcar

el zumo de 2 limones grandes

1/2 cucharadita de hojas de tomillo

1. Precalentar el horno a 160ºC. Forrar un molde rectangular alargado con papel de horno/papel albal.

2. Batir la mantequilla con el azúcar hasta que esté la mezcla pálida y esponjosa. Este paso es más fácil si la mantequilla no está muy fría. Sobre otro bol, tamizar la harina y la levadura y añadir las almendras molidas.

3. Batir los huevos y añadir a la mezcla de la mantequilla poco a poco, incorporándolos bien.

4. En un mortero mezclar la ralladura del limón con las hojas de tomillo e incorporar a la mezcla.

5. Gradualmente incorporar la harina, levadura y almendras a la mezcla.

6. Verter la masa en el molde y hornear durante unos 45 mins, hasta que un cuchillo insertado en el centro del bizcocho salga limpio.

7. Para hacer el jarabe, disolver el azúcar en el zumo de limón en un cazo a fuego moderado y añadir las hojas de tomillo.

8. Al sacar el bizcocho del horno, pincharlo con un palillo y rociar con el jarabe para que empape todo el bizcocho. Dejar que se enfríe.

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Los golosos

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El otro día tuve una pequeña revelación. Nada serio ni trascendente. De hecho no sé ni por qué me pongo a pensar en estas cosas. Debió ser porque estábamos hablando de si preferíamos la granola con pasas o no. Puede que también influyese el hecho de que estábamos disfrutando de los últimos lindor que había en casa. Fuera como fuese, pensando en azúcar, llegué a la conclusión de que el mundo de los golosos se divide en dos. Elena y yo, habitantes por excelencia de ese mundo, de hecho pertenecemos a distintos continentes y somos un fiel ejemplo de mi teoría. ¡Allá voy!

Primero están los golosos “faciles/infantiles”. A estos golosos les encanta el chocolate, los bollos con chocolate, el caramelo americano (el que no amarga) y, si son muy my golosos, el dulce de leche. Elena es de éstos.

Por otro lado están los “verdaderos golosos”/”golosos adultos”, osea, nosotros. A nosotros nos gusta TODO lo dulce: desde el chocolate hasta las pasas, pasando por el mazapán, el turrón blando, duro, de consistencia media…Nos gustan las manzanas asadas, las peras al vino, TODO. Somos el coche escoba de lo dulce. Además como somos pocos, muchas veces nos dejan disfrutar a solas de dichos manjares.

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Véase mi caso con el mazapán: una amiga de mi padre todos los años trae una caja de mazapanes de Toledo, de los buenos, de los que saben a azúcar, a almendra, que están jugosos…bueno, para morirse. Pues bien, la caja tiene un kilo o así y como los únicos golosos en casa somos mi padre y yo y el uno tiene alguna que otra limitación más en la dieta, me acabo liquidando la caja entera yo solita. Eso sí, a pequeñas dosis. Me convierto en la mazapanera andante: saco la bolsa al desayunar, después de comer, me la llevo al trabajo…

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Como toda teoría, ésta tiene sus excepciones. Así a bote pronto encuentro dos: Elena y el cabello de ángel – definitivamente golosa del tipo A a la que le gusta un ingrediente CLARÍSIMAMENTE del grupo B y mi madre. Mi madre es una categoría en si misma. Una categoría un poco contradictoria. Es de las que les gustan “los dulces no muy dulces”, “los dulces sosos”. ¡Toma ya! A las mujeres hay veces que no hay quien nos entienda…

Los scones de hoy son un dulce aparentemente de adulto, pero que puede conquistar hasta al más cerrado de los golosos “fáciles”. Además a diferencia de otros scones que al estar sosos necesitan mantequilla, mermelada y de todo, éstos se pueden comer solos para desayunar/merendar. Recién hechos tienen una textura que sorprende: cuando muerdes la costra crujiente te encuentras una masa que se deshace, en la que ves los puntitos oscuros de la harina de sarraceno y, si tienes suerte (en mi caso sí porque cuando relleno algo lo relleno pero bien) te puedes encontrar una zona de mantequilla de higos…

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Otra cosa que me encanta de estos scones y que los hace la excepción a la norma, es que en el mundo del scone, de la rusticidad y las formas irregulares, estos tienen el punto perfecto entre rústico y precioso. Al extender la masa tradicional del scone, añadir el relleno, enrollarla y cortarla en discos consigues unas caracolas perfectas dignas de una exposición.

Por eso, y por el relleno de higos llevaba queriendo hacer esta receta desde que abrí el libro por primera vez. El problema es que siempre estaba esperando que llegase la temporada de higos. Pero tengo buenas noticias: no hace falta esperar porque el relleno usa higos secos. Eso sí, recomiendo hacer el relleno un día y el scone otro. Así te puede dar tiempo hasta a hacerlo mientras desayunas.

Como dice Kim Boyce en su libro, la harina de sarraceno no lleva glúten, así que en este caso se combina con harina de trigo para que los scones puedan subir algo en el horno y estar más esponjosos. Si hiciésemos una galleta plana que no necesitase subir, podríamos usar la harina de sarraceno a secas. En cuanto a la combinación de este tipo de harina y la mantequilla de higos con vino y especies, es la combinación perfecta.

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No os va a quedar otra que probarlos. Sólo os digo una cosa: Elena, que es miembro del primer grupo de golosos, aunque tentativamente al principio, los probó y le gustaron, así que no hay excusa.

Mantequilla de Higos 

(hace unos 450gr)

112gr azúcar

2 clavos

1 anis estrellado

250ml vino tinto

125ml oporto (o algo parecido)

350gr higos secos sin el extremo del rabillo

1/4 cucharadita de canela

115gr mantequilla

65ml agua

1. Para el sirope en el que se mojarán los higos: verter el agua en un cazo junto con el azúcar los clavos y el anis. Remover con una cuchara de madera hasta que se disuelva y poner a hervir durante unos 7-10 minutos hasta que el líquido quede de un color ámbar.

2. Añadir el vino, el oporto, los higos y la canela. No pasa nada si el sirope se solidifica: es lo normal al añadir líquidos fríos a otros muy calientes. Poner a fuego bajo medio y remover hasta que quede todo bien mezclado.

3. Reducir la potencia del fuego a una potencia baja y dejar durante unos 30 minutos, removiendo de vez en cuando, hasta que el vino haya reducido como a la mitad.

4. Extraer el clavo y el anis, verter la mezcla en un robot de cocina/ en un bol y triturar con la termomix hasta conseguir una pasta uniforme. Añadir la mantequilla poco a poco y mezclar bien. La mantequilla de higos se puede guardar en la nevera hasta un mes. La receta de los scones no requiere tanta como sale con esta receta, así que se puede convertir en la nueva “mermelada” casera sobre las tostadas con mantequilla del fin de semana. Cuando se vaya a usar conviene sacarla de la nevera para que se reblandezca un poco.

Scones de Harina de Sarraceno y Mantequilla de Higos

(salen unos 12 scones)

160gr harina de sarraceno

200gr harina de trigo

100 gr azúcar

2 cucharaditas levadura en polvo

1/2 cucharadita sal

115gr mantequilla fría cortada en trozos

310ml nata líquida para montar

250ml mantequilla de higos

1. Mezclar los 5 primeros ingredientes en un bol. En teoría se deberían tamizar pero si te da pereza te puedes saltar este paso.

2. Añadir la mantequilla a la mezcla de arriba y, con las manos, romperla en trozos más pequeños, repartiéndola en la mezcla de la harina. Seguir hasta que la mantequilla sea como granos grandes de arroz. Cuanto más rápido se haga esto, mejor. De hecho si queda algún trozo de mantequilla un poco mayor no pasa nada, al cocerse en el horno se derretirá y habrá un hueco que se rellenará de aire, haciendo que la masa quede más quebradiza – más rica.

3. Añadir la nata justo hasta conseguir tener una masa. Es importante no mezclar demasiado para que los scones no se queden duros.

4. Pasar la masa a una superficie enharinada y con un rodillo enharinado también, crear un rectángulo grande.

5. Esparcir la mantequilla de higos sobre el rectángulo y con cuidado, y probablemente con ayuda de un cuchillo o de una pala de metal, ir enrollando la masa hasta formar un cilindro. Colocar el cilindro de manera que el lado que cierra el rectángulo queda en la parte inferior, es decir, de forma que el resto del cilindro “pisa” el extremo libre.

6. Cortar el cilindro en dos, envolverlos en papel film y guardar en la nevera durante al menos 30 minutos. Se puede mantener en la nevera hasta 2/3 días.

7. Precalentar el horno a 180ºC un poco antes de que pasen los 30 minutos y pasado ese tiempo sacar los cilindros de masa de la nevera. Cortarlos en rodajas de unos 3cm más o menos y colocar sobre la bandeja del horno forrada con papel de hornear. Si se alargan al cortarlos, darles la forma redonda con los dedos.

8. Hornear durante unos 35-42 minutos. Estarán listos cuando la parte inferior está dorada-marrón. Están buenísimos templados pero ese mismo día siguen estando buenísimos.

La combinación perfecta

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Este año gracias a los talleres Kinfolk que estamos organizando Elena y yo estoy teniendo la excusa perfecta para dar rienda suelta a la fábrica de dulces. Normalmente tengo un debate interno de angelito bueno-angelito malo que va más o menos así: “venga Ana, estás echando culo, haz unos filetes de pollo a la plancha con una ensalada de lechuga para comer y déjate de innovar”, a lo que responde el angelito malo (o bueno, dependiendo de cómo lo mires): “Ana llevas un mes sin actualizar el blog, un filete de pollo no da ni para una línea. ¿Has visto esas galletas de dulce de leche o esa ensalada con bacon, queso, frutos secos y una vinagreta de grasa pura?”. Al final suele acabar ganando el angelito malo, no solo por el blog sino porque a todo el mundo le gusta el bacon, el queso y cambiar un poco.

Estos dilemas se resuelven cuando sabes que no eres la única que te lo vas a comer todo. Saber que va a haber más de diez personas a las que alimentar y que puedo buscar y buscar recetas sin limite de calorías es el paraíso. El único problema es elegir entre tanta cosa buena. Hablando así parezco una granjera francesa que se dedica a engordar a patos y ocas para sacar foie, pero seguro que me entendéis.

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Al final me paso una semana (o dos) pensando en bizcochos, galletas, tartaletas (normal que tenga hambre a todas horas) y no me acabo de decidir hasta que es el día antes del taller y o me decido o nadie come nada. Uno de esos días decidí hacer una receta sencilla de “shortbread cookie”, unas galletas escocesas que son súper sencillas y que están buenísimas gracias a la generosa cantidad de mantequilla que llevan que hace que se te deshagan en la boca. Pero claro, unas galletas de mantequilla solo, así tal cual..como que no. ¿Y si le pongo unas semillas de amapola a la masa?. Por lo menos quedarán monas, ¿no? ¿y rellenas de dulce de leche?. Rellenándolas de dulce de leche hasta si junto dos obleas de las que te dan en misa, te va a saber a gloria, así que ¡adelante!.

Buff…momento de inspiración divina fue aquello. DIVINA. Las semillas de amapola no solo hacen que las galletas sean monas. No no, las semillas de amapola consiguen que, según muerdes la galleta que se medio derrite en tu boca y llegas al dulce de leche cremoso, notes unos puntitos crujientes…¡te mueres!. En serio, ya sé que digo que todo está bueno, que todo es fácil, pero estas galletas si compras el dulce de leche son una auténtica chorrada. Y por favor, comprad las semillas de amapola. No os penséis que es una tontería gourmet o de niña pija que quiere que las galletas tengan lunares.

Shortbreads con Semillas de Amapola y Dulce de Leche

La receta de la masa la saqué de esta página que, aunque no parezca lo más glamuroso del mundo, tiene recetas bastante buenas. Allí proponen rellenar las galletas con mermelada, así que cada uno que las adapte a su gusto: mermelada, nutella, dulce de leche… Las cantidades también las podéis adaptar en función de las que queráis hacer. Con estas cantidades salen bastantes (el número exacto depende del tamaño del cortador que uséis). En Joy of Baking dicen que con estas cantidades haces 12 sandwiches de galletas, pero a mí me debió salir el doble.

260gr harina

1/4 cucharadita sal

226gr mantequilla

60gr azúcar glas

1 cucharadita extracto de vainilla/ dos cucharaditas de semillas de amapola

dulce de leche para rellenar las galletas

1. Batir la mantequilla hasta que esté cremosa (a mano o con un robot). Para facilitaros el trabajo conviene sacarla de la nevera un par de horas antes para que esté blanda.

2. Añadir el azúcar, el extracto de vainilla (si se usa) y la sal y seguir batiendo.

3. finalmente añadir la harina y las semillas de amapola y mezclar hasta que forme una masa. Envolver en papel film y guardar en la nevera durante al menos una hora. Lo de guardarlo en la nevera es para que la mantequilla se endurezca, así que si no os da tiempo a que sea una hora, la clave es que podáis manejar la masa.

4 Pasado ese tiempo, precalentar el horno a 180ºC, sacar la masa de la nevera y, sobre una superficie con un poco de harina, extender la masa hasta un grosor de unos 5mm-1cm y cortar las galletas con un cortapastas con la forma que queráis.

5. Hornear durante unos 8-10 minutos, dependiendo de lo grande que sean las galletas, pero básicamente hasta que estén doradas.

6. Dejar enfriar y montar los sandwiches uniendo dos galletas con una cantidad generosa de dulce de leche a modo del mejor pegamento del mundo.

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El tamaño importa…

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…y donde más importa es cocinando. No estoy de coña, no es lo mismo cocer unas patatas de 100gr que unas de 750gr. Y lo más importante: no sólo hay que tener en cuenta el tamaño, sino que no hay que obsesionarse con conseguir el más grande que haya en la frutería. Me explico. Desde que me compré el libro de April Bloomfield llevo babeando por él. A decir verdad, desde que descubrí que esta chef inglesa que vive en Nueva York tenía un libro que se llamaba “Una chica y su cerdo”, “A Girl and her Pig”, decidí que quería ese libro. ¡Qué narices! ¡Necesitaba ese libro!. Dios mío, pero si el mejor olor que puede haber en el mundo es el del bacon friéndose…imaginaros un libro dedicado al cerdo (no solo) y en cuya portada aparece una ilustración de la susodicha chef con una criaturita en la mesa y unos cubiertos del tamaño de su brazo, lista para hincarle el diente. Da igual que April la pobre mona mona no sea, casi hasta me gusta más ese rollo másculino que lleva.

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En un mundo lleno de dietas, de vegetarianos (vale, no lo comparto pero lo respeto), veganos (…mejor no decir nada), llega April con sus recetas de grasa de pato, hígado de cerdo, pollo o el bicho que se le pase por la cabeza y te conquista. Con esta predisposición estaba preparada para cocinar lo que fuese de ese libro. Todo tenía una pinta para morirse. Además si April (llamarla Abril por traducir al español me parece demasiado) se caracteriza por algo, es por hacer comida sencilla, que honra las materias primas, pero a la vez por ser super detallista. Por ejemplo, puede tirarse un párrafo describiendo la forma en la que hay que cortar un rabanito para una ensalada porque quiere que consigas una textura específica que hace que ese plato sea especial. Para alguien que no cocine esto parecerá una chorrada, pero mi alma friki estaba en las nubes mientras leía estos párrafos acerca de aparentes tonterías.

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Por fin, tras mucho mirar, leer, comparar y babear, me decidí por unas cebollas rojas rellenas de salchichas. Suena bien, ¿no?. Yo ya estaba saboreando el plato antes de empezar a hacerlo. Además en la foto que sale en el libro las cebollas tienen un color tostado y la carne de la salchicha se sale por arriba, tostadita, como cuando tienes suerte y te toca un donut relleno en el que rebosa el relleno en un churretón por encima (si, soy tan glotona que a veces debo soñar con ese churretón). Había un par de cosas en la receta que no me cuadraban mucho: nata en la salsa…hmmmm no sé yo, pero decidí confiar ciegamente en April, así que llamé a mi madre, a la que le encanta hacer este tipo de encargos y le pedi 4 cebollas rojas y unas seis salchichas de carnicero. El resto de los ingredientes todos los tenemos en casa.

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Pues bien, o los transgénicos han avanzado mucho, o mi madre se emocionó o su frutero vende especies en vía de extinción porque lo que mi madre me trajo no eran cebollas, ¡eran intentos de calabaza!. ¡Qué tamaño!, ¡qué color!. Eran del rosa más bonito más profundo que te puedas imaginar – lo cual explica mi fiebre instagrameadora de ese día. Ana por Dios, ¿Cuántas fotos se le pueden hacer a unas cebollas?. Casi las enmarco. Bueno, a lo que iba con el tema del tamaño: en pleno momento de avaricia (os juro que solo lo soy para la comida), me puse a preparar las cebollas para la receta sin pensar que, puede, solo puede, que fueran un pelín grandes para asar. Sobre todo si pretendía asarlas enteras, es decir, que quedasen hechas del todo.

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La receta te pide que las ases al principio solas, con un poco de aceite, sal, agua y hierbas y que luego saques las capas centrales de la cebolla y metas la salchicha dentro para volver al horno. ¿El problema? pues que April decía que la primera cocción debía llegar hasta que pudieras introducir el cuchillo en la cebolla sin mucha resistencia. April por Dios, ¿un párrafo para decirme cómo tengo que cortar unos dichosos rabanitos y ahora me das unas instrucciones tan difusas?. Eso depende de: a) lo fuerte que seas, b) lo impaciente que seas y el hambre que tengas. A más hambre, más autoengaño y más convencerse uno mismo de que a pesar de que estás apoyando todo tu peso sobre el cuchillo para atravesar la cebolla, en realidad eso es poca resistencia y c) se me ocurren muchas más.

Pues eso, que la primera cocción tardó bastante más de lo debido. Luego encima fui a arreglarlo con la nata: 225ml de nata. Que si, April, que eres inglesa y la nata os gusta mucho. Es verdad, yo no soy cocinera y no tengo ni idea, pero ¿no crees que sustituir la nata por aceite y vino blanco habría sido buena idea y habría aligerado el plato un poquito?. Al final la segunda cocción también tardó más de la cuenta, eran las 4.30 y todavía no habíamos comido y me entraron las ansias. Saqué las cebollas, las pusimos en el plato, foto incluida, pero oye, el cuchillo parecía que encontraba la misma resistencia por parte de la dichosa cebolla que tras la primera cocción. Y eso que la condenada se había pasado otra hora en el horno a 200 y pico grados…

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Esto no debería contarlo, pero como no sé mentir que sepáis que al final decidimos partir en trozos las cebollas y meterlas otra vez al horno para que se ablandasen un poquito.

Eso sí, al día siguiente, buscando los tropezones de salchicha y cebolla en la salsa y utilizando la masa y la base se huevos y nata de la quiche de puerros, además de tres salchichas desmenuzadas que habían sobrado, quedó una quiche-tarta salada-invento para aprovechar sobras de lo más digno.

En resumen: que sigo queriendo hacer las cebollas porque ¡este plato no se me resiste! y sigo idolatrando a April, pero mira April,  te fui fiel en un primer intento, pero me temo que la siguiente vez que las haga, porque habrá próxima vez,optaré por el vinito y el aceite. Por no hablar de cebollas de un tamaño NORMAL. La receta no os la doy todavía porque ¡hay que perfeccionar!

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El no hacer las cosas cuando hay que hacerlas

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Hay gente que parece que siempre hace las cosas en el momento justo, gente organizada a la que le da tiempo a todo. Yo no soy una de esas personas. No sé cómo, muchas veces me veo haciendo algo a toda prisa y pensando: “pero ¿quién me manda a mí ponerme a hacer esto ahora precisamente?”. Pues a veces me mandan las prisas, a veces mis ganas de hacerlo TODO y a veces la nevera.

Las prisas está claro, mis ganas de hacerlo todo, también, pero la nevera es la más perversa de las tres razones. De hecho en el fondo la culpable sigo siendo yo por haber hecho una compra un día pensando que tengo el ritmo de producción en la cocina de Jamie Oliver. Como no es así, en la nevera se van acumulando los plátanos, calabacines (en serio Ana, cómpralos de uno en uno, no de tres en tres) y la semana pasada el ruibarbo.

El tema del ruibarbo es todavía más grave que si se tratase de una mísera pera o manzana. No me gusta tirar nada a la basura, pero ¿tirar ruibarbo? con lo carísimo que es y lo “facilísimo” que es encontrarlo. NI DE COÑA. Ya pueden ser las doce de la noche, puede llamar a mi puerta el marido de Fergie, que yo tengo que hacer algo con el ruibarbo.

Eso fue, más o menos, (sin el marido de Fergie) lo que me pasó el sábado pasado. Nos íbamos a Lisboa el día siguiente, la casa patas arriba, la maleta no es que estuviese sin hacer, es que estaba sin conceptualizarse siquiera, la tarde iba avanzando y yo, para variar, tan tranquila. Tan tranquila estaba que, para aprovechar el ruibarbo al máximo, decidí buscar no una, sino DOS recetas para hacer. Porque sí, porque yo lo valgo, porque cocino a la velocidad del sonido. Además ya puestos decidí hacer casi un reportaje fotográfico. ¿Por qué? Pues porque es tan bonito, tan rosa y lo consigo tan pocas veces al año que la maleta era lo que menos me importaba en el mundo.

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Luego me pasó otra de las cosas que me pasa siempre: la nevera tendría ruibarbo por un tubo pero huevos NI UNO. Vístete (por ahora no estoy tan mal como para bajar al super en pijama), coge el bolso, el monedero, baja espera la cola y todo ¿para qué? para media docena de huevos…Si si, solo para eso y un paquete de rúcula, que fue la única concesión que tuve por parte de Elena, la reina de la razón y el racionamiento cuyo lema para ese día fue: “si nos vamos mañana Ana, no compres más comida y acaba lo que hay”. Así visto en frío es un lema de lo más razonable, pero si es por mí, habríamos cenado algo del libro de April Bloomfield o de Jerusalem, con las sobras correspondientes.

De vuelta al ruibarbo: al final, OBVIAMENTE no me dio tiempo a hacer las dos recetas que tenía pensadas. Elena y todo el que lea esto seguro que podéis decir: “lo sabía”, y yo en el fondo también debía saberlo, pero como todos nos hacemos los tontos con algunas cosas en la vida empezar empecé las dos. Una la acabé: los bizcochos de ruibarbo y harina de sarraceno de las fotos y con la otra me quedé a medio camino. Es un bizcocho de polenta (a falta de polenta iba a usar harina de maíz) y una compota de ruibarbo. La compota la hice, la metí en bolsas y está esperándome en el congelador, con lo cual el objetivo de utilizar el ruibarbo al completo por lo menos lo cumplí.

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Los muffins/bizcochos de las fotos son una adaptación de una receta del libro de Aran Goyoaga, la chica del blog Cannelle et Vanille. Por ahora todo lo que he probado del libro (dulces) me ha encantado, pero he de reconocer que simplifico: esta chica debe tener una despensa que quién pudiera porque todas las recetas incluyen listas de ingredientes del tipo: 30gr harina de arroz, 30gr harina de mijo, 60gr harina de castañas. Mira…¡como que no!. Seguro que si las seguís al pie de la letra están mejores, tienen unos matices buenísimos de las distintas harinas, pero ¡ánimo con la compra!. Por eso al final acabo simplificándolas y la verdad es que las recetas son tan buenas que aguantan mis interferencias.

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Hay que tener cuidado al sustituir ingredientes en recetas de repostería. No vale todo. Lo mismo que haciendo un cocido pesar todos los ingredientes me parece ridículo y contra natura, en un bizcocho como no peses la harina, la levadura, la mantequilla y cada cosa tenga su proporción correcta, puede que no salga como tiene que salir. En general cuando ve recetas con ingredientes raros, suelo acudir a esta página para buscar ayuda. A partir de ahí creo que es un poco práctica y sentido común: en el caso de estos bizcochos, al llevar harinas integrales, hay que tener cuidado al sustituir unas harinas por otras. Del libro de Kim Boyce, “Good to the Grain”, por ejemplo, aprendí que si haces un bizcocho solo con harina de sarraceno corres el riesgo de que la miga no te salga esponjosa. Por eso, al hacer las sustituciones, incluí harina normal de toda la vida para asegurarme de que funcionase. La gente que es intolerante al glúten puede que no pueda hacer esto y por eso Aran en e libro de las listas de ingredientes infinitos ha encontrado combinaciones de muchos ingredientes que consiguen un resultado parecido o mejor al que obtendrías con harina normal. Lo que quiero decir es que poco a poco, a base de ir haciendo cosas, cada uno va desarrollando un instinto y, en función de lo que quiere/necesita puede ir jugando con las recetas.

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Mi adaptación de estos bizcochos quedó bastante resultona. No siempre me han salido bien los bizcochos con parte bizcocho, parte de fruta y parte de “crumble/streusel” o como queráis llamarlo por encima. Es difícil que la fruta no suelte demasiada agua, que el crumble no se apelmace, pero esta vez la combinación fue perfecta. Además tienen la combinación perfecta de dulce y ácido: el ruibarbo mantiene un punto de acidez y frescor, mientras que el crumble le da un punto dulce y distinto gracias a la harina de sarraceno. Podéis sustituir otras frutas en la receta, pero lo mismo de antes: buscando frutas que se parezcan al ruibarbo en cuanto a sabor y contenido en agua.

PS: Imagino que todos estamos igual y que estáis hartos de oir siempre lo mismo, pero os lo juro, llevo varias semanas que NO ME DA LA VIDA. A veces me entran ganas de volverme un ente asocial y encerrarme en casa a hacer “mis cosas”. Os debo fotos del “Baking Workshop” de Kinfolk, os debo alguna receta del libro nuevo de April Bloomfield que me tiene loca y alguna cosa más. A ver si, a pesar de que todo el mundo anuncia la primavera en instagram con los árboles de las florecillas rosas (fue mi forma de enterarme de que había llegado), con la lluvia que estamos teniendo me encierro un poco en casa y me pongo al día.

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Kinfolk en Madrid

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Elena y yo llevamos guardando un secreto un par de semanas, pero ya por fin ha salido a la luz. ¿Por qué? Pues porque siempre hablo demasiado y demasiado pronto y acabo metiendo la pata. Alguna vez hasta he dado la enhorabuena a una futura novia pensando que era de buena educación antes de que ella se lo quisiese contar a nadie…

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Esta vez me ha costado, pero he aguantado, así que ya toca ir contando (gracias a Dios). Conocéis la revista Kinfolk, ¿verdad?. Sí, esa que ves y quieres automáticamente teletransportarte allí donde estén haciendo la merendola en medio del campo con un fuego que han hecho ellos, un mantel chulísimo y unas flores preciosas. Bueno, pues un día, en plena divagación de las mías se me ocurrió que por qué no mandábamos un mail a la tal Julie que aparece como contacto en la página de “Events” de la página web. Ponía que la escribieras si querías participar y otra cosa no, pero participar queríamos si o si, aunque fuese como el pringado que guarda los balones en las pelis de fútbol americano. Fue de estos mails que mandas pensando: si, seguro que la tal Julie en Oregon lo primero que hace es contestarme a mí, “ni su” de Madrid…

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Pues si, resulta que Julie es un cielo de chica que, no solo contesta, sino que nos dijo que le encantaría que participásemos en los “Gatherings” que están montando para el 2013 y nos mandó una lista con las distintas temáticas de cada mes para que eligiésemos los que más nos apetecía hacer. A Elena y a mí casi nos da un soponcio. Yo creo que fui incapaz de concentrarme el resto de la mañana del viernes en el trabajo.

Concretando que tampoco queda tanto: este mes empiezan los “gatherings” y empiezan con uno de mis temas favoritos: un workshop que impartimos los colaboradores que nos hemos apuntado a participar en los distinos países cuya temática es preparar dulces con harinas integrales. Haremos galletas, tartas como por ejemplo la buena buenísima de manzana y unas cuantas sorpresas más. 

Si os queréis apuntar el taller será el sábado 16 de marzo de 6 a 10 en nuestra casa y os dejo el link de la venta de entradas. Os esperaremos aquí, con unas cuantas recetas y otras tantas sorpresas. ¡Parece que ya tengo algo que hacer este fin de semana!

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El invierno

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No hay nada mejor que comer manzanas en otoño y melón en verano, ¿no?. Pues entonces ¿por qué no hago más que ver cerezas en todos los puestos de fruta de mercados y supermercados?. ¿Somos tontos?. Para que se pudran está claro que no las tienen, así que alguno/a debe haber por ahí que las compra. Y lo digo yo que soy lo más ansioso e impaciente que hay en el mundo. Si yo me puedo esperar a junio, ¡tú también!.

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A veces es difícil, lo sé. El invierno es un poco rollo. Yo me puedo comer dos magnum dobles de caramelo (si, de esos que no sé quien decidió que ya no se venderían en formato normal, solo en formato chiquitito…arggg) pero me enfrento a una manzana yo sola…y es como subir el everest. No es que esté mala, está buena, pero es de un aburrido…Además te la comes y a la hora ya estás de vuelta al cajón de los carbohidratos.

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Para no caer en una profunda depresión, hay que aprovechar lo que solo hay en invierno o, lo que solo pega comer en invierno. En este caso ¡castañas!. Mi furia castañera nació un día en Maricastaña (joe, que rebuscado, aquí todo rima, básicamente porque estoy repitiendo la palabra castaña unas 5 o 6 veces), cuando probé el típico coulant de toda la vida, pero que resultó no ser tan típico. El camarero dijo muy rápido coulant de castañas y chocolate y nosotros nos quedamos pensando…¿el coulant lleva las dos cosas o tienes uno de cada?. Como suele pasar, creíamos que era lo segundo y pedimos el de chocolate, pero para mi gozo acabó siendo lo primero. En realidad era un bizcocho jugoso de castañas con una salsa de chocolate. Mmmmmm. Desde ese día le recordaba a Elena que tenía que hacer algún bizcocho de castañas unas 50 veces al día. No sé de qué pensaba que me iba a servir: ni compraba los ingredientes, ni me ponía a hacerlo, pero yo se lo decía.

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Luego llegó nochebuena e hice lo que suelo hacer: “Elena, he visto que en Petra y Mora tienen crema de castañas”, le dije un par de veces a lo largo del día. Para que os vayáis situando, como no somos de dejar las cosas para el último minuto ni nada ese día compramos, por la mañana (y por separado), los regalos la una de la otra. Por la tarde, cuando ya te echan de las tiendas, compramos los del resto de la familia. Pues en la excursión vespertina (creo que por la tarde “en fino” se dice así) le pregunté de forma indiscreta si había “pillado mi indirecta” de las castañas. “Que sí, Ana que sí”, contestó ella, “pero no tenían crema, tenían puré y harina”. “Pues hija Elena, quien dice crema dice puré” repuse yo. Cualquier otra persona a estas alturas me habría mandado a freir espárragos trigueros. Se nos echaba la tarde encima y yo iba dando a entender que no estaría mal pasarse a por lo que ella no habría comprado. Después de años y años de aguantarme, Elena ha debido desarrollar un callo o algún tipo de inmunidad a mi pesadez, así que 10 minutos después allí estábamos, en Petra y Mora, comprando, no solo el puré, sino la harina también (por si acaso porque todavía no tenía ninguna receta en mente).

Eso fue el 24 de diciembre, ¿no?. Con todas las prisas del mundo, ¿no?. Pues nada, hasta ayer, 10 de febrero, no he tocado los botes de castañas en sus dos estados más que para colocarlos y descolocarlos de la encimera de la cocina, donde estaban de adorno, cada vez que tocaba fregarla. ¡Pa matarme!

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Pues la espera debió merecer la pena porque parece que este bizcocho (y alguna cosa más) es la cura para todo porque hoy he llegado a casa y entre el frio y que andaba un poco choff (vaya usted a saber por qué si a veces ni yo me entiendo) y me lo he comido de merienda. Bueno, puntualizo: he calentado unos spaguettis que sobraron de ayer, he cogido una onza de chocolate lindt y, al ver el bizcocho ahí, dentro de la cúpula que forma la tartera de ikea, y no teniendo pan a mano, le he metido unos cuantos viajes. Y es que no sé qué es, pero este bizcocho tiene algo…Es de esos que coges un trozo, te vas, vuelves, te vas, vuelves…Tiene un sabor especial: ni a chocolate exactamente n a castaña y no es demasiado dulce. No sé si será porque el puré de castaña que usé no era dulce, pero me ha encantado. Además la textura es el paraíso en forma de bizcocho: ligera, pero con cuerpo. En serio, es un bizcocho que tenéis que hacer. Yo de hecho estoy pensando en acabar los 300 y pico gramos de puré de castañas que me quedan en una reedición….( sí, como siempre he abierto un bote para echar algo más de un par de cucharadas)

La receta la podéis encontrar aquí. Yo como harina usé harina de espelta que era lo que tenía y, en lugar de las galletas “amaretti”, unas que llevábamos buscando Elena y yo un par de semanas: las speculoos de la marca Lotus que te ponen en paquetitos de dos con el café en muchas cafeterías.

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