Me, Myself & My Kitchen

Categoría: Lugares

El huerto, Parte I: La preparación

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Ya que estamos a principios de año y todos estamos acordándonos del pasado y planeando para el futuro, es un buen momento para hablar de mi huerto. Ésta es la típica historia de una mala organización: del tiempo y de todo. Como todos tenemos alguna de esas historias y nos encanta sacarlas a relucir por estas fechas, voy a saltarme el rollo de “qué mala he sido, qué mal lo he hecho” y la de “el año que viene todo cambiará” porque no sé si se cumplirá, pero ya se da por supuesto.

Empecemos: mi huerto consiste en una extensión de 25m2 en San Martín de la Vega, el pueblo probablemente con mayor proporción de ciclistas por habitante del mundo y que me pilla a unos 35 minutos de casa. ¿Por qué me dió por alquilar un huerto? Pues porque el centro de Madrid no suple mis ansias de vivir en el campo, de tener huerto, gallinas, cerdos, ir a pescar al río y un largo etcétera.

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Que conste antes de nada que no soy una experta horticultora. De hecho si ahora sé poco cuando empecé no sabía nada. Se puede decir que soy una niña mimada de ciudad a la que en julio del año pasado le entraron ganas de tener un huerto. Como me pasa siempre, quería un huerto y lo quería YA. De segundo nombre me deberían haber puesto “capitán ansias”. Cualquiera en su sano juicio no se habría puesto a buscar huertos como loca a mediados de julio, pasada ya la temporada de siembra del cultivo de verano y a pocas semanas de que empezase MI temporada de verano. Así que hice un estudio de mercado y la cosa no estuvo fácil. No había huertos grandes, baratos, cerca de casa y con dueños que supieran de cultivos exóticos. Afortunadamente estoy rodeada de mentes cuerdas que templan mi ocasional insensatez y me dijeron que esperase a septiembre. Eso hice.

En septiembre volví a mirar un par de huertos y me decidí por el del pueblo de los ciclistas. Calculé tiempos con el google maps desde Getafe y desde casa y, en conjunto, pareció que era el mejor situado en el ranking. El problema es que he llegado a la conclusión de que un huerto se basa en la planificación y la continuidad y a mí me fallaron las dos. En julio estaba pensando que haría un planito de dónde plantaría cada cosa, me leí libros, puse post its, me enteré de si unas plantas necesitaban más riego que otras y hasta me puse a buscar semillas de ruibarbo en amazon que al final no compré.

El problema es que llegado septiembre había que hacer algo y hacerlo ya o si no llegaría tarde al cultivo de invierno. Y claro, si encima no sabes lo que hace falta y los pasos lógicos…digamos que todo lleva más tiempo del que debiera. Para empezar toca remover la tierra y echar estiércol. Obviamente para esto busqué ayuda en forma de músculos porque aunque siempre he sido muy de esa montaña la subo yo antes que los niños, yo hago las cosas igual que los chicos, me estoy haciendo mayor y un poco realista. Movimos, cavamos, sudamos, nos picaron los mosquitos, pero aquello iba tomando forma.

El siguiente paso era hacer surcos y poner el riego. Aquí es donde entra el tema de la continuidad. Un huerto es como una evaluación continua: por mucho que hayas hecho unos surcos de la leche, si te tiras tres semanas sin ir, aquello hay que removerlo. Y luego están las dudas existenciales de ¿cómo quieres los surcos?. Los chicos del huerto me decían que eso dependía de lo que quisiera plantar, de si quería poner dos hileras de plantas por surco o una. ¡Arggggg mierrrrdaaaa no he hecho el plano!. Al final nos tocó repetirlos y me decidí por la opción que me daba un mayor aprovechamiento del espacio: bancales grandes, dos hileras de plantas y menos surcos. Al fin y al cabo los surcos son tierra desaprovechada y ni los de ikea son capaces de hacer maravillas con 25m2.

Hechos los surcos, había que poner el riego. Ya que estábamos animados (y que se nos echaba el tiempo encima) decidimos montar el riego al día siguiente de hacer los surcos definitivos. Como aunque a veces pueda parecer pija/mimada o lo que sea yo también tengo mi vena tacaña/apañada, decidí ir a Bricodepot a comprar lo necesario para montar el riego por goteo. Me aseguré de saber qué era lo que tenía mi huerto: una boca de agua y supuse que el resto no sería tan difícil. Cuando llegas allí y ves que hay tubos de distintos diámetros, ciegos, con agujeros, T´s, codos y su p.. madre empiezas a darte cuenta de que el entramado perfecto de riego por goteo del vecino no es tan fácil y que, para variar, tenías que haberte informado antes. Al final cogimos lo que nos dijo el chico que era lo básico sabiendo que los chicos del huerto tendrían el resto y nos aconsejarían. Lo que no nos dijo nadie es que para encajar los tubos en los codos, las T´s y demás tenías que apoyar todo el peso de tu cuerpo, dejarte las manos o recurrir al truco McGyver de calentar el plástico. A mí eso de calentar plástico me da un poco de mal rollo, así que opté por la fuerza bruta. Todo esto mientras los paisanos jubilados con huertos perfectos se hacían una paella a menos de 10 metros de nosotros…

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Como comprenderéis, en esta etapa por mucho que quisiese documentar la hazaña lo único que me atreví (o tuve ganas) de sacar fue el móvil. También he de decir que aunque leyendo esto parezca más un castigo que un hobby, nada más lejos de la realidad. El salir de tu ciudad, ir a un pueblo en el que en cada casa te venden las verduras de su huerto y trabajar con las manos me encanta. Lo que pasa es que creo que con un poco más de organización habría ido todo mejor. Pero es algo que recomiendo a todo el mundo.

Además todavía queda por contar la siembra, la recolecta….

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Rosendals Trädgard

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La mayoría de las veces cuando vas de turismo a una ciudad tienes una lista de monumentos que visitar. Esa lista a veces parece más una obligación que algo que de verdad te apetece hacer. Que si, que muchas veces vas y te gusta, haces un par de fotos de postal y te vas con la sensación de los deberes bien hechos. Vuelves a casa y no se te cae la cara de vergüenza al reconocer que a ti lo que de verdad te gusta es patear las ciudades, ver cómo se vive allí, entrar en las tiendas y tomarte lo de los museos con calma.

Esta vez hemos dejado la vergüenza a un lado y hemos pateado Estocolmo, hemos ido descubriendo barrios y hemos sido fieles a nuestros principios: los museos, con calma. Al final se nos ha ido un poco de las manos y en el fondo me arrepiento de no haber entrado en alguno de la lista de la lonely planet pero oye, siempre hay que dejarse razones para volver a un sitio, ¿no?. Además no sé si es cosa mía, pero el cansancio en los viajes yo creo que es directamente proporcional al tiempo que te pasas merodeando los pasillos de palacios y museos en busca de un banco en el que esperar al resto del equipo.

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Pues bien, Estocolmo tiene un mini paraíso en la isla de Djurgarden. Isla, a la que yo directamente cambié el nombre por Dujardin a lo francés porque los suecos serán divinos, pero el idioma es la cosa más frustrante del mundo. Acostumbrada al mediterráneo en el que, bien sea español, francés o italiano, las cosas más o menos se entienden, vas a Suecia y te puedes echar a llorar. Busca fotos y dibujos o camareros que quieran colaborar porque si no te puedes pedir arenques de postre y quedarte tan ancha.

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Vuelta al paraíso: como iba diciendo, en esa isla hay un espacio llamado Rosendals Trädgard que es un poco de todo: es huerta de hortalizas, es huerta de flores, es invernadero, es cafetería, es tienda de plantas…en el fondo es como entrar en otro mundo. Un pequeño oasis que te hace llegar y querer quedarte allí a vivir. Es un sitio precioso sin ser pretencioso y, fiel al estilo sueco, práctico. Práctico en el sentido de que los suecos debieron ser los inventores del “self service” porque allí todo es así: vas y coges las flores que más te gustan en el campo de flores orgánicas, se las llevas al “invernadero tienda” a la rubia (obviamente, es sueca) mona monísima que te las envuelve en un trozo de papel que, fijo que es reciclado y te las llevas. Pero claro, antes de irte tienes que pasar por el café en el que te puedes coger desde bocadillos hechos con pan que hacen allí, hasta carrot cakes, bollos de canela o galletas caseras y orgánicas. Con todo lo recolectado te sientas en una de las mesitas de madera que hay y, simplemente, ves la vida pasar, si es que puedes resistir el impulso de volver a recorrerlo todo, cámara en mano para llevarte fotos a casa y no olvidarte de nada.

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