Me, Myself & My Kitchen

Categoría: Ingredientes fetiche

La Pasta

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La pasta es como todo en la vida: se puede hacer muy bien pero también se puede hacer muy mal. La gran pregunta es: ¿Cómo se puede hacer mal si hacerla bien es lo más fácil del mundo?. No hay nada peor que unos macarrones escurridos, un poco resecos con una salsa de tomate de bote por encima. Da igual que eches mucha o poca salsa, no va a dejar de ser un plato de pasta de comedor de colegio.

Es una pena porque siguiendo un par de reglas básicas puedes conseguir que casi cualquier ingrediente se convierta en salsa para pasta. Me da igual que sea verdura o que sea carne, si haces lo que viene a continuación te va a quedar buenísima y no vas a necesitar una receta que seguir religiosamente: simplemente adáptate a lo que haya en el mercado o en la nevera.

Espero que si algún italiano lee esto esté medio de acuerdo conmigo porque mi “modus operandi” lo he ido adquiriendo a base de sentido común, un poco de jamie oliver y mi gusto personal. No hay base ni científica ni italiana, así que pido perdón si estoy cometiendo un pecado capital.

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1. Pon a calentar agua en una cazuela grande y justo antes de que hierva, echa un buen puñado de sal. Es mejor no añadirlo al principio para que el agua hierva antes. Y cuando digo puñado digo puñado generoso. Como decía una joven Nigella Lawson, los italianos cuecen la pasta en agua tan salada como el mediterráneo. No hace falta añadir ningún otro ingrediente típico del mediterráneo a tu agua, pero la sal ayuda. Si no por muy sabrosa que sea tu salsa, el plato quedará insulso.

2. Mientas el agua se calienta ya puedes ir haciendo la salsa porque la intención es que para cuando esté cocida la pasta tú ya tengas hecha la salsa. Para hacer la salsa siempre empiezo igual: da lo mismo que sea una salsa de verduras, de carne o una simple salsa de tomate. Lo primero es cocinar con un poco de aceite en una sartén la verdura que más tarde en cocinarse. A medida que va avanzando el tiempo, vas añadiendo los otros componentes que van tardando menos hasta que tienes la verdura/carne hecha y un poco doradita.

3. En este punto llega la tercera clave: el vino blanco. No sé si lo hace todo el mundo pero a mí me parece clave. No solo te da un sabor especial, sino que consigue que se incorpore todo ese sabor pegado a la sartén cuando has caramelizado la verdura o la carne. Además si la salsa va a ser, por ejemplo, solo de puerros/espárragos trigueros, te permite tener algo líquido que bañe toda la pasta que estás cociendo.

4. Para ayudar al vino y conseguir tener una salsa que se pegue a la pasta siempre conviene reservar un poco del agua en el que se cuece la pasta. El almidón que suelta la pasta hace que la salsa se ligue mejor. A mí este truco me parece especialmente útil porque hasta cuando hago salsas líquidas, como la típica de tomate con cebolla y ajo, me gusta que esté concentrada. Añadiendo el agua consigo que no quede reseca. Además este agua te permite corregir errores y adaptarte a las circunstancias. Como la echas al mezclar la pasta, la salsa y el parmesano, dependiendo de si la mezcla está seca/no puedes ir echando más o menos agua hasta que consigas la consistencia que tú quieras.

5. La última clave es el parmesano y la pimienta. Aparte de reservar parmesano (recién rallado, por supuesto) para que cada uno se eche en el plato, a mí me gusta añadir un poco (bastante) a la salsa cuando la mezclo con la pasta. El parmesano (o el pecorino), aparte de dar su sabor especial, hace de sazonador de la salsa. En mi caso concreto puede que me pase con las cantidades de parmesano, pero es algo que nunca falta en la nevera.

6. La mezcla final: como he ido adelantando, cuando la pasta está al dente, la salsa preparada y el parmesano rallado (por tu pinche particular) con un poco de pimienta negra molida por encima estás listo para el montaje final. Mezcla la pasta con la salsa y un poquito del agua de cocción de la pasta y muévelo bien para que la salsa cubra toda la superficie de la pasta. A continuación añade el parmesano, sigue moviendo y si ves que hace falta, un poco más de agua. Muévelo todo un poco más sírvelo en platos, y que cada uno tire de más parmesano si son como yo.

Para lo que he de reconocer que no tengo ninguna regla o guía es para acertar con las cantidades de pasta. Siempre hago más de la cuenta pero lo peor es que siempre me lo como. No sé qué me pasa, pero es ver un plato de pasta y me entra una ansiedad…dejo hasta de hablar así que para cuando el de al lado solo lleva un cuarto de su plato yo ya estoy en la cazuela, acabando lo que sobraba. Mi estómago debe oír “pasta” y se debe expandir milagrosamente…no lo sé…por eso no me atrevo a dar un peso para la cantidad de pasta. Además ¿quién lo pesa? Lo echas a ojo y ¡listo!

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Penne con Butifarra, Cebolla y Orégano

(2 personas)

Al elegir una buena salchicha o butifarra, estás consiguiendo una especie de carne picada muy sabrosa. Es importante elegir butifarras sabrosas pero no demasiado grasas. Como siempre pagar un poco más suele ayudar. Además las butifarras caras caras no son y cunden mucho.

2 butifarras

1 cebolla pequeña/media grande

2 dientes de ajo

orégano seco (fresco no tenía)

pasta para dos

parmesano: una buena montaña (al gusto)

un vasito de vino blanco

aceite, sal, pimienta

1. Cortar la cebolla en trozos pequeños y poner a calentar el agua para la pasta. Pochar la cebolla en una sartén con un poco de aceite y sal a fuego medio. Pasados unos 3-5 minutos, añadir el ajo cortado en trozos pequeños también. Antes de que hierva el agua añadir un buen puñado de sal y la pasta cuando hierva.

2. Mientras tanto sacar la carne de las butifarras de la piel. Cuando la cebolla ya esté blanda, añadir la carne de la butifarra, intentando separarla con un tenedor para que no queden pegotes muy grandes. Añadir el orégano y subir el fuego para dorar la carne.

3. Cuando la carne tenga zonas doradas caramelizadas, añadir el vasito de vino blanco y dejar que el alcohol se evapore. Hecho esto la salsa estaría lista.

4. Mientras preparamos la salsa y se cuece la pasta, hay que extraer un poco del agua de cocción y rallar el parmesano y la pimienta.

5. Una vez está todo listo, mezclar como indico arriba y servir.

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Chocolate y Centeno

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Estas galletas son casi como los m&m´s. Digo casi porque son mejores. Es verdad que se derriten en tu boca pero no tengo muy claro que aguanten mucho en tu mano. Si llegan a caer en tus manos imagino que no podrás reprimir el impulso de ver si lo que parece una costra crujiente dará paso a un interior jugoso o crujiente también. No te lo voy a decir porque la mejor forma de verlo es probarlas, pero te aseguro que no te vas a arrepentir.

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Yo me crucé con la receta en este blog y desde que las vi no pude dejar de pensar en ellas. No hacía más que buscar excusas para hacerlas, un rato para dedicarle al horno, alguien que me ayudase a comérnoslas porque sabía que Elena no iba a estar contenta (o más bien tranquila) teniendo dos bandejas de galletas de chocolate recién horneadas.

“¿Qué tenían estas galletas que no tuvieran las 50 otras galletas de chocolate que he hecho alguna vez?” os preguntaréis…Pues unas cuantas cosas. Para empezar que las había traído al mundo Chad Robertson, el gurú del pan y copropietario de  Tartine Bakery, parada indispensable si algún día cruzo el charco y voy a esa zona de los Estados Unidos. Chad es un tío que ha dedicado su vida a buscar el pan perfecto y que ha publicado un libro que es una de las biblias del pan con masa madre. Ha viajado por todo el mundo para aprender de distintos maestros hasta que ha encontrado la fórmula perfecta. De eso hace ya tiempo y se ve que teniendo el pan controlado ha decidido adentrarse en el mundo de cómo incorporar harinas de distintos cereales en sus panes, bollos, galletas, etc. Sus descubrimientos han dado lugar a un tercer libro y estas galletas son como un pequeño trailer de lo que se podrá encontrar uno en el libro. ¿Lo quieres? Pues ya somos dos. Es alucinante cómo leer un par de líneas puede generarte una necesidad que dos minutos antes no habías identificado, pero se ve que así somos los occidentales.

Otra razón para que las galletas no me dejasen tranquila es que llevaban harina de centeno. Cada día me gustan más los dulces que no llevan harina de trigo blanca o azúcar refinada. No solo porque se supone que son más sanos, sino porque cada harina tiene un sabor y variando un poco se te abre un abanico de posibilidades que el blanco con el blanco sencillamente no te da. La harina de centeno se suele asociar a los panes oscuros (y bastante ácidos) del norte de Europa. Parece ser que hay distintos tipos de harina de centeno, unas más fuertes que otras, con lo cual el nivel de acidez también varía. La gracia es ir probando y ver si te gusta/no hasta intentar llegar a la combinación que más te gusta.

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En las recetas en las que necesitamos conseguir una buena miga se suele mezclar con harina de trigo porque tiene menos gluten y absorbe más agua que el trigo, pero en este caso esa no parece que fuese la intención de Chad. Estas galletas no solo no llevan más harina que la de centeno sino que encima llevan bastante poca harina y punto. Tanto emocionarme con la harina de centeno y ¡luego resulta que solo hacen falta 40 gramos!. Cuando leáis la lista de ingredientes os vais a dar cuenta de que esta receta es básicamente chocolate con chocolate con un poco más de chocolate. Lo curioso es que utiliza una técnica más propia de hacer un bizcocho que de hacer galletas. Puede que por eso tengan esa textura tan especial que parece que me niego a describir…

Aún así os reto a que las probéis y me digáis si notáis la diferencia de usar una harina distinta a la de trigo. ¿Os he dicho que además vais a tener que sacar la caja de sal maldon para echarle un par de escamitas de sal a cada galleta?. Se ve que me lo reservaba para el final por si acaso no os había convencido de que tenéis que probar estas galletas. Los occidentales que os rodean os lo agradecerán.

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Tartine´s Salted Chocolate Rye Cookies

(unas 24 galletas)

230gr chocolate

30gr mantequilla

40gr harina de centeno

1/2 cucharadita de levadura

1/4 cucharadita de sal

2 huevos

150gr azúcar moreno

1/2 cucharada de extracto de vainilla

sal maldon

1. Derretir el chocolate y la mantequilla en un bol al baño maría colocando el bol sobre un cazo con agua hirviendo y removiendo la mezcla.

2. En otro bol pequeño mezclar la harina de centeno, la levadura y la sal.

3. Aquí viene el paso interesante:  batir los huevos con un batidor de varillas a velocidad media-alta, añadiendo poco a poco el azúcar hasta que quede incorporada. Llegado este punto, subir la velocidad a alta y batir hasta que los huevos hayan triplicado su volumen y estén esponjosos (unos 6 minutos).

4. Añadir el chocolate y la mantequilla derretidos, batiendo a velocidad media y añadir el extracto de vainilla. Yo no tenía, no lo puse y tampoco lo eché en falta. Finalmente añadir la mezcla de la harina y mezclar hasta que quede todo incorporado. No hay que pasarse mezclando.

5. Guardar la masa en la nevera hasta que esté un poco más dura, unos 30 minutos. Básicamente tiene que ser fácil hacer bolas con la masa.

6. Precalentar el horno a 180ºC. Colocar papel de hornear sobre dos bandejas de horno y colocar bolas de masa del tamaño de una cucharada generosa. Conviene dejar un espacio de unos 4-5cm entre cada bola para que no se junten en el horno. Colocar un par de escamas de sal en cada galleta, apretando si hace falta para que se queden pegadas.

7. Hornear durante 8-10mins. Dejar enfriar sobre una rejilla y dejar que se enfríen. Guardadas en un recipiente cerrado pueden durar hasta 3 días aunque no creo que eso vaya a pasar nunca. De hecho es mejor hacer menos y comerlas recientes si crees que no puedes con todas.

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El buen comer

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Hace un par de semanas recibimos un mail de una chica que trabaja en Vogue preguntándonos si queríamos colaborar con ellos preparando una serie de recetas “detox” para la página web de Vogue España. Concretamente para la sección de belleza. Cualquiera que me conozca un poco sabe que en las frases anteriores hay alguna que otra contradicción: ¿recetas detox tú Ana? ¿Vogue? ¿Vogue Belleza para más inri?

Pues si, la adolescente marimacho que debe tener más durezas en los pies que un jugador de rugby se puso hace un par de semanas a pensar en recetas lo suficientemente lights para perder algún kilo acumulado durante las navidades. Todo esto mientras seguía aprovechando los últimos rastros de suchard que quedaban en casa. ¡Pero oye! tampoco es una contradicción: todo lo que no engorde con el plato principal, lo puedo ocupar con un postre que me va a hacer muy feliz. Además acabar una comida sin algo dulce es como dejar un libro sin acabar de leerlo: te queda una sensación rara de no haber hecho las cosas bien, de que te falta algo…y claro, una no puede vivir con esa sensación.

Pensando en esto de las dietas, la comida sana, la buena comida y el placer de comer llego a la conclusión de que mi madre no puede tener más razón: “no hay que hacer dietas, hay que acostumbrarse a comer bien”. Entiendo que haya gente que para empezar a comer bien tenga que imponerse una serie de reglas estrictas, tenga incluso que ir al médico para tener citas semanales con la báscula porque al fin y al cabo muchos funcionamos solo si nos someten a un examen, pero las cosas no deberían ser así.

Además tampoco creo que se debería sacrificar el placer del comer por una dieta o por perder unos kilos. No sé si seré un especimen raro, pero he comprobado que yo llego a cenar con un estado de ánimo y éste siempre  mejora después de una buena comida. Si un detective hubiese metido una cámara en casa/en un restaurante cuando era pequeña, habría visto que la cantidad de bromas/estupideces que salían de mi boca era directamente proporcional a lo avanzada que estaba la comida. Porque en el fondo una buena comida nos alegra la vida y si somos lo que comemos, yo no quiero ser una verdura al vapor sin aliñar. Quiero ser algo sano, pero sabroso. Quiero decir tonterías al final de la comida y no quiero andar de mala leche todo el día por tener que ver al de al lado comerse una mousse de chocolate mientras yo estaba comiendo apio crudo.

También creo que muchos de nosotros comemos mucha porquería: o tiramos de la máquina de las palmeras de chocolate en el trabajo o compramos pizzas congeladas en el súper para no tener que cocinar al llegar a casa. Por eso básicamente lo que hace falta es pensar un poco y planificar para no llegar a esa situación de no tener nada que comer a las 5 de la tarde y sentir la llamada de la palmera de chocolate industrial. Porque hasta un bizcocho si es casero seguro que es mucho mejor que esa palmera que lleva vete tú a saber el qué.

 Tras todas estas reflexiones al final hubo que sacar conclusiones y centrarse en un par de recetas, lo cual, teniendo en cuenta todo lo que se puede hacer, es lo más difícil. Por eso las recetas que siguen no son más que ejemplos de cosas que puedes hacer teniendo en cuenta una serie de puntos básicos:

1. Si durante el fin de semana que tienes más tiempo preparas salsas/condimentos que puedes guardar en la nevera, el filete de pollo del martes sabrá mejor si lo acompañas de los pimientos asados de abajo o podrás saciar ese hambre repentina de las seis de la tarde gracias a un hummus que tengas guardado.

2. La fruta pelada y cortada da menos pereza. Es una verdad universal que está más que probada: científica y no científicamente. Cuando éramos pequeñas mi abuelo era el encargado de pelar, cortar la fruta y traérnosla al cuarto a cada nieta en un plato con un tenedor pequeño para merendar. Ahora nos toca a nosotros pelarla y cortarla, pero si preparas una ensalada de fruta/macedonia, concentras todo ese esfuerzo inhumano en 10 minutos y tienes algo de lo que tirar un par de días.

3. Aprovecha la moda de la quinoa para hacer ensaladas frías en verano con tomates, queso y hierbas y calientes en invierno con las verduras de invierno. Te aviso, como hagas la receta de abajo y veas los colores de la remolacha, la calabaza antes y después de hornear, te vas a enganchar.

Ensalada de naranja, pomelo y granada

(2 personas)

 2 naranjas de mesa

medio pomelo (por si no os emociona)

un cuarto de granada

hojas de menta

2 cucharaditas de azúcar (opcional)

cualquier otra fruta roja tipo mora, frambuesa

  1. Pelar la naranja y el pomelo y cortar las naranjas en rodajas y el pomelo en gajos quitando lo máximo posible la parte blanca de los cítricos. Como suelen soltar mucho zumo es mejor hacerlo sobre el bol donde guardaremos la ensalada.
  2. Cortar la granada en dos. Para sacar la fruta fácilmente, sujetar una de las mitades con una mano y golpear la cáscara con una cuchara. Añadir a la mezcla de los cítricos. Si se usa alguna otra fruta, añadir también.
  3. Añadir el azúcar (al gusto) y unas hojas de menta cortadas para que desprendan su aroma.
  4. Se puede tomar recién hecha o pasada unas horas. Pasado un tiempo sale más zumo de las frutas y se mezclan más los sabores.

Pimientos Asados

2 pimientos rojos grandes

4-6 dientes de ajo

un chorro de aceite de oliva

una cucharadita de azúcar

sal

  1. Antes de nada conviene forrar la bandeja de horno que vayas a usar con papel albal para que fregarla luego sea más fácil.
  2. Lavar los pimientos y colocarlos en la bandeja. Aplastar los dientes de ajo con un cuchillo y colocar en la bandeja también. Añadir el chorro de aceite, la sal y el azúcar. Removerlo todo bien para que toda la superficie de los pimientos esté cubierta por la mezcla.
  3. En esta receta no suele hacer falta precalentar el horno porque lo suyo es hacerlos a fuego lento (120 -150º) hasta que estén blandos. Eso si, si no tienes tiempo, paciencia o ganas yo he probado a mayor temperatura (180ºC), o incluso a empezar despacio y acabar subiendo la temperatura y siempre están buenos. Únicamente hay que esperar a que estén blanditos y hayan sacado su jugo.
  4. Cuando estén listos sacar del horno y dejar enfriar.
  5. Una vez fríos hay que limpiarlos: quitarles el tallo, las semillas y la piel. No hay que olvidarse de los ajos, los cuales, machacados, junto con el aceite y los jugos de los pimientos hacen una salsa buenísima.
  6. Guardar en la nevera y sacar un poco antes de usar. Yo a veces hasta los meto un poco en el microondas si voy a hacer la ensalada de tomate y el tomate está frio. Si los usáis sobre un filete de pollo, cortadlos en daditos y echad algo de salsa por encima.

 Ensalada de verduras al horno y quinoa

(para dos)

4 remolachas pequeñas

una rodaja de calabaza

3 o 4 patatas pequeñas

media cebolla

medio vaso de quinoa

1,25 vasos de agua

un puñado de avellanas

ensalada verde: brotes, rúcula

aceite de oliva virgen

vinagre de jerez

tomillo

sal, pimienta

  1. Precalentar el horno a 220ºC. Lavar las remolachas, quitarles los tallos, dejando parte del rabillo pequeño y cortarlas a la mitad. Pelar las patatas y la calabaza y cortar en dados.
  2. En una bandeja colocar las remolachas con un poco de aceite, sal y pimienta. Moverlas bien para que toda la superficie de las remolachas quede cubierta de aceite. En otra bandeja (para evitar que la remolacha lo tiña todo y se vuelva todo rosa), colocar los dados de patata y calabaza, cada uno a un lado y añadir el aceite, sal, pimienta y tomillo.
  3. Hornear durante unos 45 minutos hasta que las verduras estén tiernas al pincharla con un cuchillo y un poco doradas en los extremos. En los  últimos 5 minutos se puede subir un poco la temperatura del horno para que se doren bien las esquinas. En esos últimos 5 minutos, añadir las avellanas a una de las bandejas para que se tuesten un poco, teniendo cuidado de que no se quemen.
  4. Mientras las verduras se hornean, pochar media cebolla en una sartén con un poco de aceite y sal. Cuando esté blanda, añadir la quinoa, remover, añadir el agua con un poco de sal y subir el fuego. Cuando empiece a hervir, bajar el fuego, tapar, y dejar que la quinoa se cueza hasta absorber el agua.
  5. Para la vinagreta mezclar tres partes de aceite por una de vinagre.
  6. Cuando esté todo listo mezclar en un bol la ensalada, las verduras asadas (cortando en cuartos la remolacha) y la quinoa.
  7. Para acabar añadir la vinagreta y las avellanas tostadas cortadas en trozos más pequeños.

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Monos y Chocolate

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Llevo todo el día con mono galletero. No de comer galletas, que también, sino de hacer. Yo soy así de rara. Ni llegar tarde del trabajo ni tener más necesidad de hacer la cena que el desayuno de la mañana me han desviado de mi propósito: hacer galletas.

Además el mono ha tomado forma de galleta con copos de avena. Tampoco sé muy bien por qué pero era eso o nada. De hecho llevo un par de días ojeando recetas, intentando buscar el equilibrio perfecto de sabor y poco porcentaje de mantequilla para engañarme hasta pensar que estoy desayunando algo hiper sano.

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Al final hoy volviendo de trabajar entre explorer y explorer en el móvil (mientras conducía) me he decantado por unas galletas del blog Sprouted Kitchen con los necesarios copos de avena, nueces, chocolate y alguna cosa más que he decidido no añadir. Pues nada, ha sido abrir la puerta, el explorer de la tableta, buscar la receta en google para ponerme con ello y ha aparecido otra entrada en la página de búsqueda, también de Sara (la del blog de antes), pero esta vez de su libro que, a pesar de haberme jugado la vida 20 minutos antes en el coche me ha parecido mucho más original y llamativa que la que tenía en mente.

Antes de meterme en faena con la receta y las anécdotas de la tarde he de decir que aunque no me suelo creer los rollos moñis de amor cibernético, de parejas que demuestran su amor por las redes sociales y de las fotos de parejitas Sara y Hugh ME ENCANTAN. No sé qué tienen y obviamente viviendo al otro lado del globo no los conozco de nada pero me parecen sinceros, sencillos y monísimos. Encima hacen el tándem perfecto: ella cocina y escribe y él hace las fotos. A veces hasta me sirven de consuelo y pienso que si mis fotos no son todo lo bonitas que me gustaría no es culpa mía, sino de la falta de habilidades fotográficas del homólogo de Hugh. ¿El colmo de la tontería? Si, pero una tiene que consolarse con algo…

Vuelta a las galletas, os cuento por qué he decidido pasar del plan inicial y lanzarme a esta nueva receta. Resulta que Sara, muy cuca ella decidió un día coger la típica receta de shortbread y sustituyó la harina de trigo por una mezcla de harina de arroz y copos de avena pulverizados. Por si con eso no os convenzo del todo, añadidle unos chorretones de chocolate por encima y escamas de sal maldon sobre el chocolate para los que como yo, pierden (lo que pierden) por un poco de sal con el chocolate de cada día.

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 Pues eso, que ahora ya entendéis el cambio de estrategia. El problema es que Sara pone todas las medidas en “cups”  (incluida la mantequilla) y yo, ingeniera, pero tonta que soy, he olvidado la regla básica del kilo de plumas y el kilo de plomo y he hecho la misma  conversión a gramos para el harina, para los copos de avena y para la mantequilla. En fin…digamos que he tenido que ir añadiendo mantequilla derretida y huevo batido a la cantidad ingente de copos de avena pulverizados que había en el bol y puede que este intento no salga todo lo bueno que debe salir.

Eso sí, ¡repetiré con o sin novio fotografo!

La receta, (en cups) para que penséis porque al fin y al cabo la que ha llegado tarde del trabajo y no quiere pensar ahora soy yo!

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Unos bollos suecos y una que se pone un poco trascendental a veces…

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Últimamente llevo una racha vaga en el frente fotográfico. No sé si es el hambre lo que me quita las ganas de esperar a hacer la foto antes de comerme el plato humeante o si después de tanto blog y tanto pinterest lo que haces tú te parece un poco cutre y poco merecedor de una espera aunque sea de cinco minutos.

Puede que también me parezca un poco absurda esta obsesión que hay (me incluyo) por documentarlo todo. Es verdad que a todos nos gusta tener una foto de un momento para acordarnos del momento o de lo que hicimos, pero a veces parece que todo lo llevamos a extremos. Cuando el hacer la foto es lo que hay detrás de un plan o una visita, ese plan o esa visita deja de tener sentido. Hay que hacer las cosas porque te apetecen en ese momento. Si no lo ve nadie, pues que no lo vea. Si no lo cuentas en ningún sitio y no te llevas la cámara, pues mira, ¡menos peso cargarás!

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Eso me ha pasado últimamente: sí que he cocinado y sí que he conseguido cavar y volver a cavar mi propio huerto para dejar pasar tres semanas sin poner el riego ni plantar y tener que volver a cavar otra vez, pero en ese momento no me ha apetecido quitarme los guantes, sacudir la arena y sacar la reflex. Que conste que me apetece tener una especie de diario de huerto para ir apuntando lo que voy aprendiendo, lo que tengo que sembrar en cada momento, lo que se da bien y lo que se da mal, pero el momento foto se ha restringido al móvil y a veces ni eso. He preferido hablar con el paisano o con mi vecino de huerto, que bien podía no ser muy fotografiable en su chandal del decathlon, pero que ha sido majísimo.

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Esto es un poco incongruente con querer hacer una especie de índice de recetas y anécdotas asociadas que es, precisamente, en lo que consiste un blog de cocina, pero como creo que hay tiempo para todo, de vez en cuando con que te sobren dos bollos de una merienda para hacer una foto al día siguiente cuando estás tú sola en casa, ya vale. No hace falta parar toda la merienda (como reconozco que he hecho otras veces) para que el plato esté colocado así o asá.

Eso me pasó hace un par de semanas cuando, para rememorar nuestro viaje a Estocolmo y la ingesta diaría de, al menos, dos bollos de canela, se vinieron unas amigas (casualmente aficionadas a la fotografía) a merendar a casa. Llegaron y en lugar de ponernos a colocar la mesa con el mantel, esto así y lo otro asá sustituimos la actividad moñi por la actividad española por excelencia: el cotilleo y el marujeo. Mientras tanto los bollos, sacados del blog que yo asocio a Estocolmo, cocinándose en el horno y la casa empezando a oler a gloria bendita. En estos momentos a veces me da rabia esto de ser cocinillas. Estás en la cocina, oyes murmullos, pero ¡no te enteras de nada!. A veces hasta le pido a la gente que espere un poco y que hable de tonterías mientras estoy “de trajín” (una que es intensa para todo).

Al final pasó lo que tenía que pasar: para cuando salieron los bollos, recientes, bañados con el glaseado de azúcar que ya no me acuerdo de si llevaba la receta o no pero que yo le echo a todo bollo que sale de mi horno no nos pudimos resistir. Ni mantel ni plato ni nada. Sacamos el móvil, que en estos casos es un buen invento, y mientras nos comíamos un bollo, sacábamos la foto para la posteridad con los que quedaban.

Menos mal que sobraron dos y al día siguiente antes de liquidárnoslos para desayunar saqué un par de fotos para tener “algo con lo que dar soporte a la descripción”. La receta la tenéis aquí.

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Un reto y una ensalada de lentejas

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El otro día se me ocurrió un reto. No sé si por vaga o por el hecho del reto en sí. Consistía en que Elena pasase por el mercado antes de venir a casa y cogiese, al azar, o por lo que le llamase la atención en ese momento, unas cuantas cosas en el mercado. Con esos ingredientes yo haría la cena en menos de media hora. Para que el reto además no nos hiciese sentirnos culpable había pensado en centrar su atención en el mercado en el puesto de verduras. Iba a ser una forma de intentar comer mejor: no solo comer verduras, sino verduras frescas y no restos semi resquebrajados que llevan un mes en la nevera, y de inventar recetas sobre la marcha.

¿El fallo? que para cuando Elena sale del despacho…ni verduras ni torreznos ni he aguantado yo sin cenar, así que mi brillante plan parece que se va al traste. ¡Con lo encantada que estaba yo con mi idea!. No sé si bajar con los ojos cerrados a la frutería, que me de cuatro vueltas el frutero hasta que me maree, y señalar hacia tres puntos para elegir al azar los ingredientes de lo que será mi cena. LO tengo que meditar…

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Mientras tanto lo que sí os puedo enseñar es una ensalada de lentejas que está buena. Parece una frase tonta, pero ojo, no lo es. Llevo AÑOS queriendo hacer una ensalada de lentejas buena, pero o las lentejas no quedan bien cocidas, o el aliño no me gusta…no sé…debe ser mi naturaleza puñetera que se empeña en intentar conseguir lo que parece imposible. La solución a todas mis penas la encontré en el libro de Ottolenghi que hace que te den ganas de coger un vuelo a Londres solo para ver esos mostradores con esas montañas de comida que te llaman sin parar. Como los billetes de avión están un poquito caros lo que sí puedes hacer es arrasar en el mercado comprando verduras y hacer alguna de sus ensaladas para llevarte al trabajo de tupper, ya que muchas de las cosas que tienen son para comer a temperatura ambiente.

Esta ensalada en concreto está buenísima: no es ni demasiado fuerte ni demasiado ligera. El bacon y el queso he de reconocer que ayudan, pero definitivamente lo que creo que es la clave es ese aliño a base de chalotas, aceite y vinagre que hace que el plato sea súper sabroso. De hecho el día que la probé hubo más conejillos de indias que estaban dispuestos a que no les gustase nada, pero a los que les gustó.

¡Así que no hay excusas! Mientras yo me debato entre el experimento de taparme los ojos en la frutería o preparar algún tupper para luchar contra los muslos prominentes que se me están poniendo gracias a la comida del comedor del trabajo, os dejo hacer la ensalada. Además…si este año no va a hacer calor hasta septiembre, esta ensalada ¡deja de ser una opción solo de invierno!.

Ensalada de Lentejas, Bacon y Gorgonzola

(para 2-4 como entrante)

Yo adapté un poco la receta a lo que tenía: en lugar de echar cerezas ácidas secas eché pasas, y creo que el punto dulce le venía bien, así que cada uno que innove en función de sus gustos. Todavía no soy una experta en lentejas pero me da la impresión de que el tiempo de cocción varía de unas a otras, con lo cual recomiendo las lentejas verdes y no las del puchero de lentejas de toda la vida, pero si alguien es más entendido/a en estos lares, que se guíe por su instinto. Por último pongo las cantidades exactas que vienen en el libro pero yo estas cosas prefiero hacerlas a ojo.

125gr lentejas verdes (puy lentils)

2 hojas de laurel

2-3 chalotas (también valen cebollas – menos, lógicamente)

3 cucharadas de agua

1 cucharadita de azúcar

60gr pasas

70ml vinagre de vino tinto

8 lonchas de bacon

80gr espinaca baby

120gr queso gorgonzola

aceite de oliva, sal y pimienta

1. Lavar las lentejas con agua fría y escurrir con un colador. Echar en un cazo con suficiente agua para cubrirlas tres veces, añadir las hojas de laurel, calentar el agua hasta que hierva y, tras bajar el fuego, dejar que se cuezan durante unos 20 mins, hasta que estén “al dente”.

2. Mientras tanto, hacer la salsa: cocinar las chalotas en una sartén con un poco de aceite y un poco de sal a fuego medio hasta que estén blandas y doraditas. Añadir el agua, azúcar, pasas y vinagre y dejar reducir unos minutos hasta que la salsa quede espesa. Salpimentar.

3. Cuando las lentejas estén hechas, colarlas y echarlas inmediatamente en el cazo con la salsa para que absorban todo su sabor. Remover, probar y ajustar la sal otra vez. Tener en cuenta que luego añadiremos el queso y el bacon que son salados. Dejar a un lado a que se enfrie.

4. Freir el bacon y colocar en un plato con una servilleta para que absorba el exceso de grasa.

5. Cortar el bacon en trozos y añadírselo a las lentejas, junto con las espinacas baby y los trozos de queso gorgonzola.

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El no hacer las cosas cuando hay que hacerlas

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Hay gente que parece que siempre hace las cosas en el momento justo, gente organizada a la que le da tiempo a todo. Yo no soy una de esas personas. No sé cómo, muchas veces me veo haciendo algo a toda prisa y pensando: “pero ¿quién me manda a mí ponerme a hacer esto ahora precisamente?”. Pues a veces me mandan las prisas, a veces mis ganas de hacerlo TODO y a veces la nevera.

Las prisas está claro, mis ganas de hacerlo todo, también, pero la nevera es la más perversa de las tres razones. De hecho en el fondo la culpable sigo siendo yo por haber hecho una compra un día pensando que tengo el ritmo de producción en la cocina de Jamie Oliver. Como no es así, en la nevera se van acumulando los plátanos, calabacines (en serio Ana, cómpralos de uno en uno, no de tres en tres) y la semana pasada el ruibarbo.

El tema del ruibarbo es todavía más grave que si se tratase de una mísera pera o manzana. No me gusta tirar nada a la basura, pero ¿tirar ruibarbo? con lo carísimo que es y lo “facilísimo” que es encontrarlo. NI DE COÑA. Ya pueden ser las doce de la noche, puede llamar a mi puerta el marido de Fergie, que yo tengo que hacer algo con el ruibarbo.

Eso fue, más o menos, (sin el marido de Fergie) lo que me pasó el sábado pasado. Nos íbamos a Lisboa el día siguiente, la casa patas arriba, la maleta no es que estuviese sin hacer, es que estaba sin conceptualizarse siquiera, la tarde iba avanzando y yo, para variar, tan tranquila. Tan tranquila estaba que, para aprovechar el ruibarbo al máximo, decidí buscar no una, sino DOS recetas para hacer. Porque sí, porque yo lo valgo, porque cocino a la velocidad del sonido. Además ya puestos decidí hacer casi un reportaje fotográfico. ¿Por qué? Pues porque es tan bonito, tan rosa y lo consigo tan pocas veces al año que la maleta era lo que menos me importaba en el mundo.

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Luego me pasó otra de las cosas que me pasa siempre: la nevera tendría ruibarbo por un tubo pero huevos NI UNO. Vístete (por ahora no estoy tan mal como para bajar al super en pijama), coge el bolso, el monedero, baja espera la cola y todo ¿para qué? para media docena de huevos…Si si, solo para eso y un paquete de rúcula, que fue la única concesión que tuve por parte de Elena, la reina de la razón y el racionamiento cuyo lema para ese día fue: “si nos vamos mañana Ana, no compres más comida y acaba lo que hay”. Así visto en frío es un lema de lo más razonable, pero si es por mí, habríamos cenado algo del libro de April Bloomfield o de Jerusalem, con las sobras correspondientes.

De vuelta al ruibarbo: al final, OBVIAMENTE no me dio tiempo a hacer las dos recetas que tenía pensadas. Elena y todo el que lea esto seguro que podéis decir: “lo sabía”, y yo en el fondo también debía saberlo, pero como todos nos hacemos los tontos con algunas cosas en la vida empezar empecé las dos. Una la acabé: los bizcochos de ruibarbo y harina de sarraceno de las fotos y con la otra me quedé a medio camino. Es un bizcocho de polenta (a falta de polenta iba a usar harina de maíz) y una compota de ruibarbo. La compota la hice, la metí en bolsas y está esperándome en el congelador, con lo cual el objetivo de utilizar el ruibarbo al completo por lo menos lo cumplí.

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Los muffins/bizcochos de las fotos son una adaptación de una receta del libro de Aran Goyoaga, la chica del blog Cannelle et Vanille. Por ahora todo lo que he probado del libro (dulces) me ha encantado, pero he de reconocer que simplifico: esta chica debe tener una despensa que quién pudiera porque todas las recetas incluyen listas de ingredientes del tipo: 30gr harina de arroz, 30gr harina de mijo, 60gr harina de castañas. Mira…¡como que no!. Seguro que si las seguís al pie de la letra están mejores, tienen unos matices buenísimos de las distintas harinas, pero ¡ánimo con la compra!. Por eso al final acabo simplificándolas y la verdad es que las recetas son tan buenas que aguantan mis interferencias.

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Hay que tener cuidado al sustituir ingredientes en recetas de repostería. No vale todo. Lo mismo que haciendo un cocido pesar todos los ingredientes me parece ridículo y contra natura, en un bizcocho como no peses la harina, la levadura, la mantequilla y cada cosa tenga su proporción correcta, puede que no salga como tiene que salir. En general cuando ve recetas con ingredientes raros, suelo acudir a esta página para buscar ayuda. A partir de ahí creo que es un poco práctica y sentido común: en el caso de estos bizcochos, al llevar harinas integrales, hay que tener cuidado al sustituir unas harinas por otras. Del libro de Kim Boyce, “Good to the Grain”, por ejemplo, aprendí que si haces un bizcocho solo con harina de sarraceno corres el riesgo de que la miga no te salga esponjosa. Por eso, al hacer las sustituciones, incluí harina normal de toda la vida para asegurarme de que funcionase. La gente que es intolerante al glúten puede que no pueda hacer esto y por eso Aran en e libro de las listas de ingredientes infinitos ha encontrado combinaciones de muchos ingredientes que consiguen un resultado parecido o mejor al que obtendrías con harina normal. Lo que quiero decir es que poco a poco, a base de ir haciendo cosas, cada uno va desarrollando un instinto y, en función de lo que quiere/necesita puede ir jugando con las recetas.

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Mi adaptación de estos bizcochos quedó bastante resultona. No siempre me han salido bien los bizcochos con parte bizcocho, parte de fruta y parte de “crumble/streusel” o como queráis llamarlo por encima. Es difícil que la fruta no suelte demasiada agua, que el crumble no se apelmace, pero esta vez la combinación fue perfecta. Además tienen la combinación perfecta de dulce y ácido: el ruibarbo mantiene un punto de acidez y frescor, mientras que el crumble le da un punto dulce y distinto gracias a la harina de sarraceno. Podéis sustituir otras frutas en la receta, pero lo mismo de antes: buscando frutas que se parezcan al ruibarbo en cuanto a sabor y contenido en agua.

PS: Imagino que todos estamos igual y que estáis hartos de oir siempre lo mismo, pero os lo juro, llevo varias semanas que NO ME DA LA VIDA. A veces me entran ganas de volverme un ente asocial y encerrarme en casa a hacer “mis cosas”. Os debo fotos del “Baking Workshop” de Kinfolk, os debo alguna receta del libro nuevo de April Bloomfield que me tiene loca y alguna cosa más. A ver si, a pesar de que todo el mundo anuncia la primavera en instagram con los árboles de las florecillas rosas (fue mi forma de enterarme de que había llegado), con la lluvia que estamos teniendo me encierro un poco en casa y me pongo al día.

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El Puerro: descubrimiento del 2013, Primera Parte

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El Puerro es una verdura aparentemente humilde, que se encuentra en cualquier sitio y que, aparentemente no tiene nada especial. ¡Unas narices!. El puerro es, probablemente junto con el bacon, de los ingredientes que más sabor le dan a CUALQUIER cosa que cocines con ellos. Es alucinante. En realidad no es algo nuevo, ni para mí (no soy tan paleta), ni para nadie, pero este 2013 he hecho dos platos que me han encantado con puerro y desde entonces no hay marcha atrás: querido puerro, ¡eres mi prefe!. Todavía no has superado al bacon, pero sospecho que pronto juntaré a los dos amores de mi vida en un plato estrella que se convertirá en lo que querré comer el resto de mis días. Mientras tanto os dejo con la primera entrega de “El Puerro”: su versión integrada en una quiché junto a un poco de calabacín, algo de tomillo y queso parmesano. ¡A babear!

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¿Una quiche? ¿en serio?. Pues si. Llámala quiche, tarta salada o como quieras. Y que conste que yo siempre he pensado que las quiches eran el típico invento francés que, gracias a nuestra vagancia había degenerado en lo que todo el mundo llevaba a una cena de amigos, pero que yo siempre hacía como que no veía. Hablo de las quiches a base de pasta brisa comprada (y poco horneada), queso malo, bacon peor, con el huevo tan cuajado que parece plástico o líquido que da como repelús comérselo. Una que es un poco especialita con el huevo (le quito el alien ese que se convertirá en pollito que cuelga amenazante de la yema) lo pasaba un poco mal con tanto desastre de quiche. A veces recurría a los trucos de siempre: pan y agua: pan con cada bocado y agua entre bocado y bocado. Vale, igual me he pasado, pero ya sabéis lo que quiero decir. Y ojo que a este paso acabamos igual con las tortillas de patatas. Con eso sí que no puedo, así que mejor ¡ni empiezo!.

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Bueno pues las quiches son como todo: cuando algo se hace bien, con cariño y con tiempo, están que te mueres. Y no es difícil, ojo. Y sí, hay que hacer la masa, pero en serio, es mezclar cuatro ingredientes y ¡ya está!. La receta de hoy es una mezcla de la masa base de las quiches de Rose Bakery y lo que tenía en la nevera con la inspiración del libro de La Tartine Gourmande, del que saqué el mega truco de rallar el calabacín. Un hallazgo lo de rallar la verdura: por un lado se nota más el sabor y por otro lado te dejas de texturas raras, de verduras crudas al lado de verduras pasadas y tropezones grandes (argg). Además se reparte mejor dentro de la quiche y te sale una textura más uniforme. ¡Todo ventajas!. Ah y la masa de Rose Bakery: otro descubrimiento. Hay que tener cuidado de cocerla bien antes de echar el relleno de los huevos y la verdura, pero es una masa que se queda crujiente, que se deshace y se despedaza y que encima es fácil de manejar. Aquí la clave es mezclar la mantequilla con la harina estando la primera fria para que de hecho no se mezcle bien y al cocer, salgan huecos de aire que hacen que una vez que muerdes la masa quiebre (¿por eso se llamará masa quebrada?) y se desmenuce en la boca en lugar de tener que asegurarte los dientes antes de morderla.

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Otra ventaja es que, como todas las quiches, se puede tomar a temperatura ambiente, así que hace un par de semanas fue el “tupper” del día. Eso sí, según salió del horno por la noche decidimos meterle mano y acabó siendo cena de un día y comida del siguiente. Con una ensalada de rúcula e hinojo, perfecta. De hecho si del tiempo está buena, recién hecha es la encarnación del David de Miguel Angel en quiche: huele que te mueres. Es prácticamente imposible hacerla y no probarla, os lo juro. Con deciros que Elena, que es más especialita que yo con el huevo y peor con las quiches precongeladas me pidió que la volviese a hacer otro día, ¡os lo digo todo

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Diario de cenas de días corrientes: El Jueves

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Aquí acaba la semana y, como era de esperar, con un día de retraso. Visto lo visto tampoco está tan mal y queda demostrado que se puede cenar casero todos los días de la semana y no morir en el intento. ¡Qué narices, se puede hasta desayunar casero!.

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Como no solo de verde vive el hombre (ni la mujer) y a los vegetarianos los respeto pero no los entiendo, ya iba siendo hora de meterle algo de “chicha” a la semana. Hoy toca filete de solomillo a la plancha con patatas al horno. Es difícil encontrar algo más fácil y más rico que hacer para cenar, comer o lo que se te ocurra. Aquí lo único importante es no escatimar en el carnicero, ser fiel al carnicero y tener en cuenta dos o tres cositas para que el filete quede bueno y sea algo especial:

1. La carne tiene que estar a temperatura ambiente antes de cocinarla. Si no, lo de fuera se achicharra y lo de dentro seguirá crudo. Una vez oí a alguien que le gustaba la carne poco hecha pero no fria. Eso me pasa a mí. Lo mismo que no entiendo a los vegetarianos, no entiendo a la gente a la que le gusta la carne muy hecha. ¡Si pierde sabor, jugosidad y todo!

2. En teoría para que la carne retenga quede sabrosa y no se quede seca hay que esperar unos minutos a cortarla después de cocinarla. Así que por mucha hambre que tengas, aguanta joven padawan. Vete haciendo fotos o algo mientras tanto para entretenerte.

3. En mi humilde opinión si en lugar de echarle toda la sal antes de cocinarla, echas un poco por un lado (de la sal normal, además de un poco de pimienta al principio) y al servirla en el plato le echas unas escamas de sal maldon…bueno, ¡prepárate para una experiencia religiosa!

4. Lo dicho: nada de tacañerías en el carnicero y por favor, id al carnicero. Nada de grandes superficies. Pedid un filete hermoso, gordito para poder disfrutar de la costrita y de la parte de dentro rosa poco hecha…ya estoy salivando.

5. Las patatas de acompañamiento son las que hago siempre: cortadas en dados con unos dientes de ajo y un poco de aceite, en el horno a 180-200ºC unos 45 mins. Al sacarlas se les echa la sal y están que te mueres sin lo engorroso de las patatas fritas.

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El resumen de todo esto es que, como dice mi abuela, hasta lo más fácil se puede hacer bien o mal y para hacer algo bien, hay que hacerlo con cariño, así que ¡dadle un poco de cariño a esos solomillos!.

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Oda a la morcilla

Debo tener alma de viejo de pueblo porque todo lo que está relacionado con la matanza me gusta. De hecho si se hace en un pueblo, sabe mejor. Elena diría que sabe a barato, pero qué narices, ¡sabe a auténtico!. Por eso que no te engañen, lo que venden en Madrid como morcilla de Burgos en general NO ES MORCILLA DE BURGOS. Pero si es que en un mismo pueblo en Burgos dependiendo de dónde compres la morcilla ¡sabe distinta!. Que si con pimienta, que si con pimentón.

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Yo cada día o tengo la mente más abierta, o me vendo a cualquiera dependiendo de cómo se mire. De pequeña me gustaba solo una que compraba la familia de mi abuela y que traían en cantidades industriales que NO llevaba pimentón. Nada de morcillas rojas, para eso el chorizo. Estas eran (y siguen siendo) negras y preciosas, así que cada vez que pasaba por Madrid un primo/tío/cuñado o derivado, pues nada, una bolsita con 20 morcillitas para “la Emiliana”. Yo lo agradecía con locura, como si me regalasen 25 vestidos ahora, que no entonces, porque aquello me debió pillar en mi época mari macho chunga chunga que toda chica con personalidad ha tenido. Es la típica época en la que en el momento en el que te acercan un vestido te empiezas a poner como una energúmena y tiras de chandal por debajo de sobacos, zapatillas de baloncestista (en un 42 que es la joya de talla de pie que Dios me ha dado), por no olvidarnos del colgante feo feo feo que te regalaron y que llevas colgando de un hilo negro que te aprietas al cuello cual suicida colgado del ventilador. El colgante hasta penduleaba (creo que me acabo de inventar una palabra…), con eso os lo digo todo.

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Antes de que me pierda con reproches a mi madre por dejarme salir de casa de semejante guisa, vuelvo al tema que nos ocupa: la morcilla. Pues eso, que yo no sé cuanta gente creían que vivía en casa de “la Emiliana”, pero allí estaban ella y mi abuelo y en la mía mi madre, mi padre, Elena y yo. Debieron tener en cuenta que mi abuelo es capaz de comer morcilla hasta cruda y que yo he debido heredar el gen porque me gusta sola, acompañada, frita, asada…, pero como además congelada dura perfectamente, nosotros, a pesar de no ser un regimiento, le dábamos salida.

Como el otro día tenía un espécimen de esos: de morcilla “de la buena del pueblo”, no me hizo falta más para comer: a Elena la versión tradicional: con patatas y huevo frito – bueno, más que frito a la plancha (por manchar menos), y en mi caso me puse un poco más aventurera y, inspirada por una receta de Rachel Khoo cogí un poco de compota de manzana que había hecho, la puse en el fondo del plato, las patatas por encima y la morcilla desmigajada sobre todo ello. El plato de toda la vida triunfó, como no puede ser de otra forma, porque no hay nada que le vaya mejor a la morcilla que la suavidad de la yema del huevo…ya me estoy poniendo mala solo de pensarlo. Pero también triunfó el plato aventurero: la manzana contrasta muy bien con la morcilla, las patatas no hace falta que le diga a nadie que son lo mejor que hay y la morcilla…lo dicho, otro triunfo.

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Aquí no pongo receta porque lo único que hay que hacer es meter al horno a 180-200ºC dos bandejas: una con patatas cortadas en dados, un poco de aceite y algún diente de ajo entero entre 45 mins y una hora dependiendo de lo fuerte que esté el horno y el tamaño de las patatas y la morcilla unos 20 mins habiéndola pinchado antes con un tenedor para que no explote. ¿La compota? no es más que manzana cortada en rodajas finas con un poco de azúcar pasada por el microondas hasta que quede blandita: unos 3-4 mins.

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Hasta aquí la morcilla de Burgos, pero es que el mundo no se acaba en Burgos. Habiendo quedado representado un lado de la familia, no podemos olvidarnos del otro: el de Rober, ósea, papá, aunque yo no le llame así. Rober es de León y, aunque de pequeña la morcilla de León siempre me pareció un poco asquerosa (lo siento Rober, pero tasan mari macho no era), el día que comí lasaña de morcilla en Paulino, también llamado el “Zalacaín de los pobres” aquello fue como morir y aparecer en el cielo. Cual fue mi sorpresa cuando al salir de allí Rober (bueno, probablemente fuese mi madre porque Rober de estas cosas se entera menos, pero dejémoslo en Rober que la historia queda mejor) me dijo que eso que tanto me había gustado era lasaña de morcilla de León, no de Burgos. Yo también soy un poco tonta porque ahí no había ni un gramo de arroz, pero estaba tan ensimismada con esa obra de arte que ni me fijé en el tipo de morcilla.

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En serio, si no habéis ido a Paulino tenéis que ir, y si no podéis ir, tenéis que probar esta lasaña de morcilla. Es de los mejores platos que he comido en mi vida: sabroso pero a la vez con el punto justo de suavidad de la pasta y la bechamel (no demasiada que no soy muy fan), y por ahí entre lámina y lámina de pasta, la mezcla con morcilla de cebolla…¡para morirse! De hecho Paulino editó un libro en el que incluía alguna de sus mejores recetas y gracias a eso encontré yo en internet esta joya de la corona: ¡hacedla hacedla hacedla!

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receta lasaña

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