Me, Myself & My Kitchen

Categoría: Home made

La Pasta

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La pasta es como todo en la vida: se puede hacer muy bien pero también se puede hacer muy mal. La gran pregunta es: ¿Cómo se puede hacer mal si hacerla bien es lo más fácil del mundo?. No hay nada peor que unos macarrones escurridos, un poco resecos con una salsa de tomate de bote por encima. Da igual que eches mucha o poca salsa, no va a dejar de ser un plato de pasta de comedor de colegio.

Es una pena porque siguiendo un par de reglas básicas puedes conseguir que casi cualquier ingrediente se convierta en salsa para pasta. Me da igual que sea verdura o que sea carne, si haces lo que viene a continuación te va a quedar buenísima y no vas a necesitar una receta que seguir religiosamente: simplemente adáptate a lo que haya en el mercado o en la nevera.

Espero que si algún italiano lee esto esté medio de acuerdo conmigo porque mi “modus operandi” lo he ido adquiriendo a base de sentido común, un poco de jamie oliver y mi gusto personal. No hay base ni científica ni italiana, así que pido perdón si estoy cometiendo un pecado capital.

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1. Pon a calentar agua en una cazuela grande y justo antes de que hierva, echa un buen puñado de sal. Es mejor no añadirlo al principio para que el agua hierva antes. Y cuando digo puñado digo puñado generoso. Como decía una joven Nigella Lawson, los italianos cuecen la pasta en agua tan salada como el mediterráneo. No hace falta añadir ningún otro ingrediente típico del mediterráneo a tu agua, pero la sal ayuda. Si no por muy sabrosa que sea tu salsa, el plato quedará insulso.

2. Mientas el agua se calienta ya puedes ir haciendo la salsa porque la intención es que para cuando esté cocida la pasta tú ya tengas hecha la salsa. Para hacer la salsa siempre empiezo igual: da lo mismo que sea una salsa de verduras, de carne o una simple salsa de tomate. Lo primero es cocinar con un poco de aceite en una sartén la verdura que más tarde en cocinarse. A medida que va avanzando el tiempo, vas añadiendo los otros componentes que van tardando menos hasta que tienes la verdura/carne hecha y un poco doradita.

3. En este punto llega la tercera clave: el vino blanco. No sé si lo hace todo el mundo pero a mí me parece clave. No solo te da un sabor especial, sino que consigue que se incorpore todo ese sabor pegado a la sartén cuando has caramelizado la verdura o la carne. Además si la salsa va a ser, por ejemplo, solo de puerros/espárragos trigueros, te permite tener algo líquido que bañe toda la pasta que estás cociendo.

4. Para ayudar al vino y conseguir tener una salsa que se pegue a la pasta siempre conviene reservar un poco del agua en el que se cuece la pasta. El almidón que suelta la pasta hace que la salsa se ligue mejor. A mí este truco me parece especialmente útil porque hasta cuando hago salsas líquidas, como la típica de tomate con cebolla y ajo, me gusta que esté concentrada. Añadiendo el agua consigo que no quede reseca. Además este agua te permite corregir errores y adaptarte a las circunstancias. Como la echas al mezclar la pasta, la salsa y el parmesano, dependiendo de si la mezcla está seca/no puedes ir echando más o menos agua hasta que consigas la consistencia que tú quieras.

5. La última clave es el parmesano y la pimienta. Aparte de reservar parmesano (recién rallado, por supuesto) para que cada uno se eche en el plato, a mí me gusta añadir un poco (bastante) a la salsa cuando la mezclo con la pasta. El parmesano (o el pecorino), aparte de dar su sabor especial, hace de sazonador de la salsa. En mi caso concreto puede que me pase con las cantidades de parmesano, pero es algo que nunca falta en la nevera.

6. La mezcla final: como he ido adelantando, cuando la pasta está al dente, la salsa preparada y el parmesano rallado (por tu pinche particular) con un poco de pimienta negra molida por encima estás listo para el montaje final. Mezcla la pasta con la salsa y un poquito del agua de cocción de la pasta y muévelo bien para que la salsa cubra toda la superficie de la pasta. A continuación añade el parmesano, sigue moviendo y si ves que hace falta, un poco más de agua. Muévelo todo un poco más sírvelo en platos, y que cada uno tire de más parmesano si son como yo.

Para lo que he de reconocer que no tengo ninguna regla o guía es para acertar con las cantidades de pasta. Siempre hago más de la cuenta pero lo peor es que siempre me lo como. No sé qué me pasa, pero es ver un plato de pasta y me entra una ansiedad…dejo hasta de hablar así que para cuando el de al lado solo lleva un cuarto de su plato yo ya estoy en la cazuela, acabando lo que sobraba. Mi estómago debe oír “pasta” y se debe expandir milagrosamente…no lo sé…por eso no me atrevo a dar un peso para la cantidad de pasta. Además ¿quién lo pesa? Lo echas a ojo y ¡listo!

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Penne con Butifarra, Cebolla y Orégano

(2 personas)

Al elegir una buena salchicha o butifarra, estás consiguiendo una especie de carne picada muy sabrosa. Es importante elegir butifarras sabrosas pero no demasiado grasas. Como siempre pagar un poco más suele ayudar. Además las butifarras caras caras no son y cunden mucho.

2 butifarras

1 cebolla pequeña/media grande

2 dientes de ajo

orégano seco (fresco no tenía)

pasta para dos

parmesano: una buena montaña (al gusto)

un vasito de vino blanco

aceite, sal, pimienta

1. Cortar la cebolla en trozos pequeños y poner a calentar el agua para la pasta. Pochar la cebolla en una sartén con un poco de aceite y sal a fuego medio. Pasados unos 3-5 minutos, añadir el ajo cortado en trozos pequeños también. Antes de que hierva el agua añadir un buen puñado de sal y la pasta cuando hierva.

2. Mientras tanto sacar la carne de las butifarras de la piel. Cuando la cebolla ya esté blanda, añadir la carne de la butifarra, intentando separarla con un tenedor para que no queden pegotes muy grandes. Añadir el orégano y subir el fuego para dorar la carne.

3. Cuando la carne tenga zonas doradas caramelizadas, añadir el vasito de vino blanco y dejar que el alcohol se evapore. Hecho esto la salsa estaría lista.

4. Mientras preparamos la salsa y se cuece la pasta, hay que extraer un poco del agua de cocción y rallar el parmesano y la pimienta.

5. Una vez está todo listo, mezclar como indico arriba y servir.

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El buen comer

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Hace un par de semanas recibimos un mail de una chica que trabaja en Vogue preguntándonos si queríamos colaborar con ellos preparando una serie de recetas “detox” para la página web de Vogue España. Concretamente para la sección de belleza. Cualquiera que me conozca un poco sabe que en las frases anteriores hay alguna que otra contradicción: ¿recetas detox tú Ana? ¿Vogue? ¿Vogue Belleza para más inri?

Pues si, la adolescente marimacho que debe tener más durezas en los pies que un jugador de rugby se puso hace un par de semanas a pensar en recetas lo suficientemente lights para perder algún kilo acumulado durante las navidades. Todo esto mientras seguía aprovechando los últimos rastros de suchard que quedaban en casa. ¡Pero oye! tampoco es una contradicción: todo lo que no engorde con el plato principal, lo puedo ocupar con un postre que me va a hacer muy feliz. Además acabar una comida sin algo dulce es como dejar un libro sin acabar de leerlo: te queda una sensación rara de no haber hecho las cosas bien, de que te falta algo…y claro, una no puede vivir con esa sensación.

Pensando en esto de las dietas, la comida sana, la buena comida y el placer de comer llego a la conclusión de que mi madre no puede tener más razón: “no hay que hacer dietas, hay que acostumbrarse a comer bien”. Entiendo que haya gente que para empezar a comer bien tenga que imponerse una serie de reglas estrictas, tenga incluso que ir al médico para tener citas semanales con la báscula porque al fin y al cabo muchos funcionamos solo si nos someten a un examen, pero las cosas no deberían ser así.

Además tampoco creo que se debería sacrificar el placer del comer por una dieta o por perder unos kilos. No sé si seré un especimen raro, pero he comprobado que yo llego a cenar con un estado de ánimo y éste siempre  mejora después de una buena comida. Si un detective hubiese metido una cámara en casa/en un restaurante cuando era pequeña, habría visto que la cantidad de bromas/estupideces que salían de mi boca era directamente proporcional a lo avanzada que estaba la comida. Porque en el fondo una buena comida nos alegra la vida y si somos lo que comemos, yo no quiero ser una verdura al vapor sin aliñar. Quiero ser algo sano, pero sabroso. Quiero decir tonterías al final de la comida y no quiero andar de mala leche todo el día por tener que ver al de al lado comerse una mousse de chocolate mientras yo estaba comiendo apio crudo.

También creo que muchos de nosotros comemos mucha porquería: o tiramos de la máquina de las palmeras de chocolate en el trabajo o compramos pizzas congeladas en el súper para no tener que cocinar al llegar a casa. Por eso básicamente lo que hace falta es pensar un poco y planificar para no llegar a esa situación de no tener nada que comer a las 5 de la tarde y sentir la llamada de la palmera de chocolate industrial. Porque hasta un bizcocho si es casero seguro que es mucho mejor que esa palmera que lleva vete tú a saber el qué.

 Tras todas estas reflexiones al final hubo que sacar conclusiones y centrarse en un par de recetas, lo cual, teniendo en cuenta todo lo que se puede hacer, es lo más difícil. Por eso las recetas que siguen no son más que ejemplos de cosas que puedes hacer teniendo en cuenta una serie de puntos básicos:

1. Si durante el fin de semana que tienes más tiempo preparas salsas/condimentos que puedes guardar en la nevera, el filete de pollo del martes sabrá mejor si lo acompañas de los pimientos asados de abajo o podrás saciar ese hambre repentina de las seis de la tarde gracias a un hummus que tengas guardado.

2. La fruta pelada y cortada da menos pereza. Es una verdad universal que está más que probada: científica y no científicamente. Cuando éramos pequeñas mi abuelo era el encargado de pelar, cortar la fruta y traérnosla al cuarto a cada nieta en un plato con un tenedor pequeño para merendar. Ahora nos toca a nosotros pelarla y cortarla, pero si preparas una ensalada de fruta/macedonia, concentras todo ese esfuerzo inhumano en 10 minutos y tienes algo de lo que tirar un par de días.

3. Aprovecha la moda de la quinoa para hacer ensaladas frías en verano con tomates, queso y hierbas y calientes en invierno con las verduras de invierno. Te aviso, como hagas la receta de abajo y veas los colores de la remolacha, la calabaza antes y después de hornear, te vas a enganchar.

Ensalada de naranja, pomelo y granada

(2 personas)

 2 naranjas de mesa

medio pomelo (por si no os emociona)

un cuarto de granada

hojas de menta

2 cucharaditas de azúcar (opcional)

cualquier otra fruta roja tipo mora, frambuesa

  1. Pelar la naranja y el pomelo y cortar las naranjas en rodajas y el pomelo en gajos quitando lo máximo posible la parte blanca de los cítricos. Como suelen soltar mucho zumo es mejor hacerlo sobre el bol donde guardaremos la ensalada.
  2. Cortar la granada en dos. Para sacar la fruta fácilmente, sujetar una de las mitades con una mano y golpear la cáscara con una cuchara. Añadir a la mezcla de los cítricos. Si se usa alguna otra fruta, añadir también.
  3. Añadir el azúcar (al gusto) y unas hojas de menta cortadas para que desprendan su aroma.
  4. Se puede tomar recién hecha o pasada unas horas. Pasado un tiempo sale más zumo de las frutas y se mezclan más los sabores.

Pimientos Asados

2 pimientos rojos grandes

4-6 dientes de ajo

un chorro de aceite de oliva

una cucharadita de azúcar

sal

  1. Antes de nada conviene forrar la bandeja de horno que vayas a usar con papel albal para que fregarla luego sea más fácil.
  2. Lavar los pimientos y colocarlos en la bandeja. Aplastar los dientes de ajo con un cuchillo y colocar en la bandeja también. Añadir el chorro de aceite, la sal y el azúcar. Removerlo todo bien para que toda la superficie de los pimientos esté cubierta por la mezcla.
  3. En esta receta no suele hacer falta precalentar el horno porque lo suyo es hacerlos a fuego lento (120 -150º) hasta que estén blandos. Eso si, si no tienes tiempo, paciencia o ganas yo he probado a mayor temperatura (180ºC), o incluso a empezar despacio y acabar subiendo la temperatura y siempre están buenos. Únicamente hay que esperar a que estén blanditos y hayan sacado su jugo.
  4. Cuando estén listos sacar del horno y dejar enfriar.
  5. Una vez fríos hay que limpiarlos: quitarles el tallo, las semillas y la piel. No hay que olvidarse de los ajos, los cuales, machacados, junto con el aceite y los jugos de los pimientos hacen una salsa buenísima.
  6. Guardar en la nevera y sacar un poco antes de usar. Yo a veces hasta los meto un poco en el microondas si voy a hacer la ensalada de tomate y el tomate está frio. Si los usáis sobre un filete de pollo, cortadlos en daditos y echad algo de salsa por encima.

 Ensalada de verduras al horno y quinoa

(para dos)

4 remolachas pequeñas

una rodaja de calabaza

3 o 4 patatas pequeñas

media cebolla

medio vaso de quinoa

1,25 vasos de agua

un puñado de avellanas

ensalada verde: brotes, rúcula

aceite de oliva virgen

vinagre de jerez

tomillo

sal, pimienta

  1. Precalentar el horno a 220ºC. Lavar las remolachas, quitarles los tallos, dejando parte del rabillo pequeño y cortarlas a la mitad. Pelar las patatas y la calabaza y cortar en dados.
  2. En una bandeja colocar las remolachas con un poco de aceite, sal y pimienta. Moverlas bien para que toda la superficie de las remolachas quede cubierta de aceite. En otra bandeja (para evitar que la remolacha lo tiña todo y se vuelva todo rosa), colocar los dados de patata y calabaza, cada uno a un lado y añadir el aceite, sal, pimienta y tomillo.
  3. Hornear durante unos 45 minutos hasta que las verduras estén tiernas al pincharla con un cuchillo y un poco doradas en los extremos. En los  últimos 5 minutos se puede subir un poco la temperatura del horno para que se doren bien las esquinas. En esos últimos 5 minutos, añadir las avellanas a una de las bandejas para que se tuesten un poco, teniendo cuidado de que no se quemen.
  4. Mientras las verduras se hornean, pochar media cebolla en una sartén con un poco de aceite y sal. Cuando esté blanda, añadir la quinoa, remover, añadir el agua con un poco de sal y subir el fuego. Cuando empiece a hervir, bajar el fuego, tapar, y dejar que la quinoa se cueza hasta absorber el agua.
  5. Para la vinagreta mezclar tres partes de aceite por una de vinagre.
  6. Cuando esté todo listo mezclar en un bol la ensalada, las verduras asadas (cortando en cuartos la remolacha) y la quinoa.
  7. Para acabar añadir la vinagreta y las avellanas tostadas cortadas en trozos más pequeños.

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El huerto, Parte I: La preparación

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Ya que estamos a principios de año y todos estamos acordándonos del pasado y planeando para el futuro, es un buen momento para hablar de mi huerto. Ésta es la típica historia de una mala organización: del tiempo y de todo. Como todos tenemos alguna de esas historias y nos encanta sacarlas a relucir por estas fechas, voy a saltarme el rollo de “qué mala he sido, qué mal lo he hecho” y la de “el año que viene todo cambiará” porque no sé si se cumplirá, pero ya se da por supuesto.

Empecemos: mi huerto consiste en una extensión de 25m2 en San Martín de la Vega, el pueblo probablemente con mayor proporción de ciclistas por habitante del mundo y que me pilla a unos 35 minutos de casa. ¿Por qué me dió por alquilar un huerto? Pues porque el centro de Madrid no suple mis ansias de vivir en el campo, de tener huerto, gallinas, cerdos, ir a pescar al río y un largo etcétera.

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Que conste antes de nada que no soy una experta horticultora. De hecho si ahora sé poco cuando empecé no sabía nada. Se puede decir que soy una niña mimada de ciudad a la que en julio del año pasado le entraron ganas de tener un huerto. Como me pasa siempre, quería un huerto y lo quería YA. De segundo nombre me deberían haber puesto “capitán ansias”. Cualquiera en su sano juicio no se habría puesto a buscar huertos como loca a mediados de julio, pasada ya la temporada de siembra del cultivo de verano y a pocas semanas de que empezase MI temporada de verano. Así que hice un estudio de mercado y la cosa no estuvo fácil. No había huertos grandes, baratos, cerca de casa y con dueños que supieran de cultivos exóticos. Afortunadamente estoy rodeada de mentes cuerdas que templan mi ocasional insensatez y me dijeron que esperase a septiembre. Eso hice.

En septiembre volví a mirar un par de huertos y me decidí por el del pueblo de los ciclistas. Calculé tiempos con el google maps desde Getafe y desde casa y, en conjunto, pareció que era el mejor situado en el ranking. El problema es que he llegado a la conclusión de que un huerto se basa en la planificación y la continuidad y a mí me fallaron las dos. En julio estaba pensando que haría un planito de dónde plantaría cada cosa, me leí libros, puse post its, me enteré de si unas plantas necesitaban más riego que otras y hasta me puse a buscar semillas de ruibarbo en amazon que al final no compré.

El problema es que llegado septiembre había que hacer algo y hacerlo ya o si no llegaría tarde al cultivo de invierno. Y claro, si encima no sabes lo que hace falta y los pasos lógicos…digamos que todo lleva más tiempo del que debiera. Para empezar toca remover la tierra y echar estiércol. Obviamente para esto busqué ayuda en forma de músculos porque aunque siempre he sido muy de esa montaña la subo yo antes que los niños, yo hago las cosas igual que los chicos, me estoy haciendo mayor y un poco realista. Movimos, cavamos, sudamos, nos picaron los mosquitos, pero aquello iba tomando forma.

El siguiente paso era hacer surcos y poner el riego. Aquí es donde entra el tema de la continuidad. Un huerto es como una evaluación continua: por mucho que hayas hecho unos surcos de la leche, si te tiras tres semanas sin ir, aquello hay que removerlo. Y luego están las dudas existenciales de ¿cómo quieres los surcos?. Los chicos del huerto me decían que eso dependía de lo que quisiera plantar, de si quería poner dos hileras de plantas por surco o una. ¡Arggggg mierrrrdaaaa no he hecho el plano!. Al final nos tocó repetirlos y me decidí por la opción que me daba un mayor aprovechamiento del espacio: bancales grandes, dos hileras de plantas y menos surcos. Al fin y al cabo los surcos son tierra desaprovechada y ni los de ikea son capaces de hacer maravillas con 25m2.

Hechos los surcos, había que poner el riego. Ya que estábamos animados (y que se nos echaba el tiempo encima) decidimos montar el riego al día siguiente de hacer los surcos definitivos. Como aunque a veces pueda parecer pija/mimada o lo que sea yo también tengo mi vena tacaña/apañada, decidí ir a Bricodepot a comprar lo necesario para montar el riego por goteo. Me aseguré de saber qué era lo que tenía mi huerto: una boca de agua y supuse que el resto no sería tan difícil. Cuando llegas allí y ves que hay tubos de distintos diámetros, ciegos, con agujeros, T´s, codos y su p.. madre empiezas a darte cuenta de que el entramado perfecto de riego por goteo del vecino no es tan fácil y que, para variar, tenías que haberte informado antes. Al final cogimos lo que nos dijo el chico que era lo básico sabiendo que los chicos del huerto tendrían el resto y nos aconsejarían. Lo que no nos dijo nadie es que para encajar los tubos en los codos, las T´s y demás tenías que apoyar todo el peso de tu cuerpo, dejarte las manos o recurrir al truco McGyver de calentar el plástico. A mí eso de calentar plástico me da un poco de mal rollo, así que opté por la fuerza bruta. Todo esto mientras los paisanos jubilados con huertos perfectos se hacían una paella a menos de 10 metros de nosotros…

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Como comprenderéis, en esta etapa por mucho que quisiese documentar la hazaña lo único que me atreví (o tuve ganas) de sacar fue el móvil. También he de decir que aunque leyendo esto parezca más un castigo que un hobby, nada más lejos de la realidad. El salir de tu ciudad, ir a un pueblo en el que en cada casa te venden las verduras de su huerto y trabajar con las manos me encanta. Lo que pasa es que creo que con un poco más de organización habría ido todo mejor. Pero es algo que recomiendo a todo el mundo.

Además todavía queda por contar la siembra, la recolecta….

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Los mercados y lo francés

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De pequeña no me gustaba nada ir con mi madre al mercado y, menos todavía que me mandase sola, diciendo que era su hija a recoger algo que ella había dejado encargado. Como si mi madre fuese el cantante de los Rolling Stones y todo Dios la conociese. Lo peor es que en el mercado de su barrio ese es y era el caso. Después de pasarte toda la vida comprando en un sitio y, sobre todo teniendo el ojo avizor que tiene mi madre, muy anodino tienes que ser para que no te conozcan.

¿Por qué no me gustaba? Pues porque si iba a la carnicería Alfonso me preguntaba por mi padre, por mi madre y hasta por el examen que había tenido el día antes (mamá: debías ser radio macuto). Las cosas no mejoraban en otros puestos. Mi madre que viene de una saga de Martas decidió romper con la tradición y llamar a sus hijas Ana y Elena para que no nos confundiesen y no tener que andar con diminutivos. Pues bien, era llegar a la panadería y fuera quien fuese (Elena o yo), Martita nos llamaban. A ver, señor, yo sé que en el fondo usted lo hacía con cariño y porque no tiene ni pajolera idea de cómo nos llamamos mi hermana y yo, pero pensándolo un poquito…¿no podría haber llegado a la conclusión de que aunque una fuese Marta, dos no podíamos ser?. Si no los quebraderos de cabeza de los padres no primerizos ni existirían: “venga Paco, llámemos igual a toda la tropa”. Eso sí, que estrés llamar al primero – el resto irían detrás…Lo que me pregunto es: ¿Si mi madre hubiese tenido un niño, habrían tenido las narices de llamarle Marta también? ¿qué habrían hecho?.

Luego crecí, me hice mayor y ahora es precisamente ese rollo cotilla el que me gusta. Ya no me parece cotilla, me parece simpatía y me encanta que tu carnicero te conozca y te ayude a elegir la pieza de carne que necesitas para cada guiso. Sobre todo me gusta encontrarme a gente que se nota que es feliz en lo que hace, que cree en el producto que ofrece, porque al final me acaban convenciendo siempre. Porque por muchas modas y por muchos sitios moñis que abran, no hay nada mejor que renunciar a las grandes superficies y los empaquetados de plástico por un poco de compra de toda la vida: en el mercado, preguntando y, si tienes suerte, probando.

No siempre es fácil encontrar un mercado donde puedas encontrar puestos de todo tipo y que tenga una buena afluencia de público. Lo segundo aunque no lo parezca es casi más importante que lo primero. Por muy buena que sea una pera si te la dan pasada deja de ser tan buena, así que hay que ir a pelearse un poco con el resto de compradores.

Por eso ayer por la mañana, aprovechando que había dejado de llover salimos de casa y nos hemos fuimos directas al mercado de la paz. A elegir un par de quesos en uno de los puestos: hoy stilton y reblochon, a por unas verduras para un risotto que he hecho hoy y a por un par de solomillos para comer hoy. Los solomillos la verdad es que nos los han dado un poco finos (y mira que yo soy de cantidades abundantes) probablemente porque Elena ha dicho, literalmente “dos filetes normales”. Así pasa, que el normal de la gente no es nuestro normal Elena, otro día hay que especificar: “gordos, hermosos.”

Con el botín en casa hemos decidido tirar por lo clásico: los filetes a la plancha, previamente salpimentados, a fuego fuerte para que se forme costra por fuera pero queden poco hechos por dentro. Lo de la costra al ser finos no lo he conseguido porque si espero a la costra  los achicharro.  Al salir de la sartén se han llevado un poco más de sal, esta vez sal maldon.

Con una cebolla dulce que hemos comprado se me ha ocurrido hacer algo para que el solomillo tuviese algo de compañía. La he cortado en tiras finas, la he sofrito con un poco de aceite en una sartén a fuego lento  primero para que se ablandasen y luego un poco más fuerte para que cogiesen un poco de color. Si en ese momento te pones a hacer los filetes (en esa sartén apartando las cebollas o en otra), tienes el tiempo justo para sacarlos cuando estén hechos, añadir un poco de vino tinto a la sartén para no perder esos jugos de la carne y esos restos tostados y caramelizados, a los que puedes añadir entonces las cebollas ya pochadas. Dejando reducir esta salsa el tiempo que dejas reposar la carne y poniéndolo todo en el plato en el mismo momento tienes una comida/cena rica y rápida. Nosotras además lo hemos acompañado de una ensalada de lechuga batavia, pera, stilton y nueces.

¿Quién dijo que lo francés fuese complicado? Más que complicado lo que es es un poco caro, pero solo si el carnicero se estira y te corta los filetes “gordos y hermosos”.

Unos bollos suecos y una que se pone un poco trascendental a veces…

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Últimamente llevo una racha vaga en el frente fotográfico. No sé si es el hambre lo que me quita las ganas de esperar a hacer la foto antes de comerme el plato humeante o si después de tanto blog y tanto pinterest lo que haces tú te parece un poco cutre y poco merecedor de una espera aunque sea de cinco minutos.

Puede que también me parezca un poco absurda esta obsesión que hay (me incluyo) por documentarlo todo. Es verdad que a todos nos gusta tener una foto de un momento para acordarnos del momento o de lo que hicimos, pero a veces parece que todo lo llevamos a extremos. Cuando el hacer la foto es lo que hay detrás de un plan o una visita, ese plan o esa visita deja de tener sentido. Hay que hacer las cosas porque te apetecen en ese momento. Si no lo ve nadie, pues que no lo vea. Si no lo cuentas en ningún sitio y no te llevas la cámara, pues mira, ¡menos peso cargarás!

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Eso me ha pasado últimamente: sí que he cocinado y sí que he conseguido cavar y volver a cavar mi propio huerto para dejar pasar tres semanas sin poner el riego ni plantar y tener que volver a cavar otra vez, pero en ese momento no me ha apetecido quitarme los guantes, sacudir la arena y sacar la reflex. Que conste que me apetece tener una especie de diario de huerto para ir apuntando lo que voy aprendiendo, lo que tengo que sembrar en cada momento, lo que se da bien y lo que se da mal, pero el momento foto se ha restringido al móvil y a veces ni eso. He preferido hablar con el paisano o con mi vecino de huerto, que bien podía no ser muy fotografiable en su chandal del decathlon, pero que ha sido majísimo.

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Esto es un poco incongruente con querer hacer una especie de índice de recetas y anécdotas asociadas que es, precisamente, en lo que consiste un blog de cocina, pero como creo que hay tiempo para todo, de vez en cuando con que te sobren dos bollos de una merienda para hacer una foto al día siguiente cuando estás tú sola en casa, ya vale. No hace falta parar toda la merienda (como reconozco que he hecho otras veces) para que el plato esté colocado así o asá.

Eso me pasó hace un par de semanas cuando, para rememorar nuestro viaje a Estocolmo y la ingesta diaría de, al menos, dos bollos de canela, se vinieron unas amigas (casualmente aficionadas a la fotografía) a merendar a casa. Llegaron y en lugar de ponernos a colocar la mesa con el mantel, esto así y lo otro asá sustituimos la actividad moñi por la actividad española por excelencia: el cotilleo y el marujeo. Mientras tanto los bollos, sacados del blog que yo asocio a Estocolmo, cocinándose en el horno y la casa empezando a oler a gloria bendita. En estos momentos a veces me da rabia esto de ser cocinillas. Estás en la cocina, oyes murmullos, pero ¡no te enteras de nada!. A veces hasta le pido a la gente que espere un poco y que hable de tonterías mientras estoy “de trajín” (una que es intensa para todo).

Al final pasó lo que tenía que pasar: para cuando salieron los bollos, recientes, bañados con el glaseado de azúcar que ya no me acuerdo de si llevaba la receta o no pero que yo le echo a todo bollo que sale de mi horno no nos pudimos resistir. Ni mantel ni plato ni nada. Sacamos el móvil, que en estos casos es un buen invento, y mientras nos comíamos un bollo, sacábamos la foto para la posteridad con los que quedaban.

Menos mal que sobraron dos y al día siguiente antes de liquidárnoslos para desayunar saqué un par de fotos para tener “algo con lo que dar soporte a la descripción”. La receta la tenéis aquí.

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Vuelta a la actividad

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Sigue siendo agosto, sigue haciendo calor, la mayoría de la gente sigue de vacaciones, no tengo a nadie para quien cocinar, pero yo ya he tenido suficiente inactividad por un año. Quiero encender el horno, probar algo nuevo, buscar a alguien que pruebe ese algo nuevo, encender el ordenador, sentarme y contarlo. Todo eso de carrerilla y casi sin respirar.

Me estoy dando cuenta de que soy como un niño repelente que quiere volver al cole antes de que empiece. Si, me merezco una colleja, pero ¡qué más da!. Ya he tenido un par de meses tontos en los que tirarme al sofá a ver capítulo tras capítulo de series de americanos buenorros encorbatados (Suits), de cocinar sin sacar fotos, de ir a Galicia y a Estocolmo y básicamente, de desconectar.

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Si la función de toda desconexión (incluida la de cualquier aparato que, tras llevar media hora dale que te pego, se recalienta) es  que a la vuelta funcione mejor que previamente a dicha desconexión, creo que esta ha funcionado a las mil maravillas. En julio estaba un poco saturada hasta de mi propia intensidad y ahora ya estoy lista para volver con las pilas cargadas (casi hasta al trabajo).

Por eso y porque  con la cantidad de frutas que hay en verano es un crimen no aprovecharlas y cocinar algo con ellas  solo por ahorrarse unos sudores, me voy a poner manos a la obra. Voy a bajar a por unos melocotones, me voy a poner una horquilla para sujetarme el flequillo porque estoy lanzada pero todavía tonta tonta no soy y no quiero morir en el intento y voy a hacer unas tartaletas de melocotón con…no sé…¿un crumble por encima? ¿algo de romero? ¿unas almendras?. Da un poco igual porque sé que cualquiera de estas opciones vale, que voy a querer probarlas todas y que eso es lo bueno de hacer tartaletas: cada una puede ser un poco distinta de la otra. Además tardan menos en el horno que una tarta grande, así que el sufrimiento también será menor.

En cuanto a la receta es otra versión de la tarta fina de manzana o de las tartaletas de fresa. Puede que sustituya parte de la harina de trigo normal por harina de maíz que tengo a raudales, pero lo bueno es que cada uno puede jugar un poco con la receta en función de lo que tenga en casa.

Las fotos de los viajes de este verano las dejo para la semana que viene, para cuando me entre el síndrome postvacacional y necesite abrir el baúl de los recuerdos.

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Un trozo del campo en la ciudad

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Últimamente no hago más que soñar con vivir en el campo. Siempre me ha gustado la idea de vivir en una casita con un huerto, a ser posible unas gallinas (he de reconocer que no sé si en esto de las gallinas me gusta más la teoría que la práctica), y un porche al que salir a leer después de cenar. De pequeña cuando veraneaba en una casa así me daba cuenta de que no hacía falta mucho para estar bien: nada de internet, poca tele y mucho campo. Ahora sin internet no sé si aguantaría mucho (para qué me voy a hacer la guay), pero creo que cada día necesito menos las tiendas y los restaurantes. Me siguen gustando, eso no lo niego, y lo que tengo claro es que si entro, tanto en tienda o en restaurante, pico. Ahora me apetece más llegar a casa, dejar el bolso y salir al jardín, a sentarme a leer en una hamaca, a dar un paseo o ir a regar el huerto.

Como otra cosa no, pero soñadora soy un rato ya me imagino, a la hora de cenar con una chaqueta saliendo al huerto a por las verduras que usaré para la cena que, por supuesto, cocinaré en una cocina sencilla, pero rústica, con una ventana enorme y, si da el presupuesto, un lavabo antiguo de estos de una sola pieza de porcelana, mármol, o de lo que sean esas preciosidades. La mesa la pondría en el porche en el que ya a esas horas habría una sombra agradable y un fresquito en verano que hace que te quieras poner una chaqueta encima del vestido. Después de cenar, chimenea en invierno y estrellas en verano. Vale, me estoy pasando, pero me entendéis. ¡Quiero campo!.

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Mientras tanto, y hasta que me toque la lotería y haga realidad mi sueño de ir a por huevos de mis propias gallinas en camisa de cuadros y peto vaquero, yo voy a intentar traer la filosofía de la vida en el campo a la ciudad de la siguiente manera:

1. Plantando un huerto urbano. Esto ya lo dejo para septiembre, porque aunque yo en Agosto pretendo pasármelo pipa, el huerto aquí triste y solo…como que no. Hasta ahora lo único que he plantado han sido hierbas aromáticas en las ventanas, pero cuidado, que ¡este otoño Ana la agricultora viene con fuerza!. Ya os contará si no solo viene con fuerza y si llega a algún sitio…

2. Ir a la compra prestando más atención. Con esto me refiero a ir al carnicero y pescadero en lugar de comprar la carne y el pescado en el super, a comprar huevos de gallinas en libertad aunque sean un poco más caros (pensad que es menos de un euro de diferencia y en las pobres gallinitas). Lo que no hago y quiero empezar a hacer es ir los domingos a los mercados de verduras que montan en los que, en teoría, venden casi directamente los agricultores. Si pensáis que soy boba y que en lugar de los agricultores los que venden son los gitanos que les compran la fruta y la verdura, pues oye, no me importa. No veo al gitano con cámaras frigoríficas, así que más reciente que lo que solemos comprar ¡sí que será!

3. Hacer en casa desde cero cosas que sueles comprar hechas. Esto me encanta. Es como una droga. Si encima son cosas que puedes embotellar, empaquetar y que van a la despensa…¡más! Es como volver al pasado, a autoabastecernos de alguna manera. Ver cómo dos horas de tu tiempo bien empleadas crean algo que puedes guardar en un bote esterilizado que aguantará meses en un armario hasta que quieras usarlo…

Cada día tengo más claro que si no hacemos las cosas nosotros desde cero es porque no lo hemos probado. Cuando no has hecho algo nunca, te piensas que es difícil, le coges respeto y acabas optando por la vía fácil de la repisa del supermercado. Pues te juro que en la cocina nada es difícil (aparte de los “macarons” que tienen muy mala leche), que todo es cuestión de querer y de ponerle ganas, y que la satisfacción que te proporciona el hacer algo tú mismo y guardarlo en un bote en la cocina con una etiqueta es mucho mayor que la que te puede dar el viaje al supermercado. Por no hablar de los conservantes, colorantes, E-..que no te metes al cuerpo.

Empecemos por algo fácil: granola. La granola es una mezcla de cereales y frutos secos que se puede tomar con leche, yogur, o con las manos. ¿Lo mejor de todo? que la puedes hacer a tu gusto y es facilísimo, que la metes en un bote y te dura un mes (a menos que tengas a Elena en casa que la devora). Hay recetas archiconocidas como esta de Nigella, pero es de las cosas en las que es más fácil improvisar. Con tal de que mezcles copos de avena con frutos secos, algo que lo endulce y lo amalgame (miel, sirope de arce, golden syrup) y algo más que de algo de sabor y también ayude a que no se queden todos los copos sueltos como la compota de manzana o la mantequilla de cacahuete. Una vez tienes la mezcla, se mete al horno a unos 170 grados, se va moviendo, hasta que los frutos secos se tuestan y la granola quede crujiente. El tiempo, obviamente, depende de las cantidades y de lo que eches. A mí, he de reconocer que se me quemó un poco por estar a otras cosas, pero sigue estando buena. Con un poco de yogur y de mermelada casera improvisada de ruibarbo y fresa (ya os contaré) mmm está buenísima.

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Para este lote de granola utilicé un poco lo que tenía en bolsas sueltas que había que acabar, pero jugando con la idea del chocolate y la mantequilla de cacahuete. El método, casi es mejor que os fijéis en el de Nigella u otro profesional, pero es más o menos lo que os he puesto arriba. Yo creo que lo más importante es conseguir sabores que se complementen y texturas distintas gracias a los diferentes tamaños y consistencia de los frutos secos.Los ingredientes, a continuación:

Granola de chocolate y mantequilla de cacahuete

50gr avellanas

70gr nueces

20gr pipas de calabaza

1 cucharada de cacao en polvo

400gr copos de avena

3 cucharadas mantequilla de cacahuete

3 cucharadas de miel

1 cucharada de golden syrup

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Sacando mi lado masculino

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Bea se ríe cuando digo que hacer paté de pollo es algo muy masculino. Es una tontería mía llamarlo así, pero a veces parece que los blogs vegetarianos son típicamente de chicas y que los que le dan a la morcilla, las salchichas y la carne son los chicos. Como con la lectura y las películas, yo nado entre los dos mundos. Lo mismo me gusta Jane Austen que George RR Martin. Pues aquí igual: comiendo ensalada de quinoa con verduras y frutos secos me siento muy virtuosa y “moderna”, pero tengo que reconocer que donde esté una buena morcilla, un buen trozo de bacon, que se quite de en medio el mundo vegetariano.

El otro día Bea se volvía a reir cuando le decía que tengo muchas ganas de ir a una matanza. “Pero Ana, si eso es asqueroso. ¿Quieres ver la sangre saliendo a borbotones”. Pues si. Si quiero. Nunca he sido ni muy asquerosita ni muy remilgada, así que me encantaría ir a la matanza y ver qué se hace con un cerdo entero. Quiero aprender a hacer morcilla, salchichas, chorizo, jamón y ver cómo alguien es capaz de despiezar un bicho entero.

Puede sonar un poco gore, pero realmente el ejercicio de hacer algo con todas las partes del animal es la única forma de respetarlo y de, ya que hay que matarlo, sacarle el máximo partido. Además significa aprender a aplicar casi todas las técnicas que existen a un mismo animal y solo me imagino la satisfacción que debe dar ver en tu garaje una fila de salchichón, chorizo, salchichas y morcillas colgadas, separadas unas de otras, eso sí, con nudos de “twine”  blanco y rojo.

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Como las matanzas tengo entendido que en pleno verano no se hacen, lo que sí puedes hacer en cualquier época del año es paté con el hígado de un animal. Para uno de los talleres de Kinfolk preparé uno de pollo y además de estar buenísimo, es un plato muy barato que aprovecha los hígados de pollo que, sinceramente, casi nadie quiere. He de reconocer que el momento de ir a la compra y de desembalar aquello una vez llegué a casa me daba un poco de respeto. No os voy a engañar. Hasta el pollero los cogía con unos guantes y los hígados no son la cosa más bonita del mundo. De hecho cuando te los venden vienen con el corazón y con alguna cosa más, así que por un lado hay que tener en cuenta que al limpiarlos se quedan en mucho menos de lo que has comprado y, por otro, eso, ¡que hay que limpiarlos!.

En cuanto me puse a limpiar el segundo ya superé mis ascos y mis reservas y andaba tan feliz, limpiando, cortando y preparando los hígados para su delicioso destino. La receta que usé la saqué de la página de Jamie Oliver y cuando busqué me dio la impresión de que, mientras los franceses se centran en los foies de pato y de oca, mis amigos los ingleses son los amantes del paté de pollo. La clave de todas las recetas está en darle un sabor más agradable al hígado a través de hierbas aromáticas, bastante sal y pimienta. La verdad es que la transformación es increíble. La textura del paté queda súper suave y cremosa.

Además para que el paté dure unos días en la nevera hay que cubrirlo con una grasa (en esta receta mantequilla) y esa parte ya es la guinda sobre el pastel: puse unas ramitas de tomillo entre el paté y la grasa que lo cubría y pude ver como esos hígados feos y un poco asquerosos se convertían en una cuasi pieza de museo con una pinta de lo más profesional gracias a ese toque final.

No voy a ser pesada, pero ¿os acordáis de que me paso el día diciendo que lo mejor del mundo es hacer tú mismo cosas que se venden? Pues este paté casero es un ejemplo perfecto de eso mismo. Con la ventaja de que sabes lo que lleva y de que todo lo que hace uno mismo ¡siempre sabe mejor!

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Si queréis ver fotos de cómo queda cuando la mantequilla se solidifica, podéis ver las preciosas fotos que hizo Mònica Bedmar  durante el taller de flores de abril. Aquí tenéis una, otra, y una tercera en la que solo se ve un poco de paté, pero en la que aparece un entrante del que tengo pendiente hablaros desde hace meses…

Paté de Hígado de Pollo de la vieja Escuela

(adaptada de una receta de Jamie Oliver)

300gr mantequilla (tranquilos, no te la comes toda)

2 chalotas

2 dientes de ajo

400gr hígados de pollo, limpios

1 vaso pequeño de brandy

tomillo fresco

aceite de oliva, pimienta y sal

1. Precalentar el horno a unos 225ºC. Poner la mitad de la mantequilla en un recipiente resistente al horno y meterlo al horno para que la mantequilla se derrita y se separe (unos 10 mins). Colar la mantequilla sobre un bol aparte que reservaremos. En el colador se quedan unos trozos de mantequilla más blanquecina. Eso se puede tirar.

2. Poner un poco de aceite en una sartén y pochar las chalotas y el ajo durante unos 10 mins con un poco de sal, hasta que estén blandos y un poco dorados. Apartar del fuego llegados a este punto y reservar en un plato. Limpiar la sartén con un poco de papel de cocina, subir el fuego y saltear los hígados con un par de ramilletes de tomillo picado. Cocinar los hígados durante unos minutos en cada lado, hasta que cojan algo de color, pero manteniendo el interior rosado. Si nos pasamos cocinándolos en este punto el paté no quedará tan suave.

3. Añadir el brandy y dejar que se reduzca durante un minuto o dos. Echar la mezcla en un vaso batidor (yo uso el complemento que viene con el minipimer) con las chalotas y el ajo cocinados. Triturar hasta que quede un puré suave, añadir la mantequilla que quedaba (derretida) y seguir batiendo/triturando. Añadir sal y pimienta, si hace falta más tomillo picado e ir probando hasta que quede como te gusta.

4. El paté ya está hecho. Solo queda ponerlo en recipientes pequeños (tipo ramekins), colocar unas ramitas de tomillo para decorar y verter la mantequilla derretida clarificada (la que colamos en el paso 1) hasta cubrir toda la superficie y meter en la nevera. Recié hecho está bueno, pero si se deja un par de días en la nevera está mejor porque da tiempo a que los sabores se desarrollen. Sobre un trozo de pan tostado calentito está para morirse.

Elena y su primer bizcocho

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Estrictamente el primero primero no es, pero esta mañana, cuando me ha dicho que hiciera un bizcocho para merendar en casa de una amiga y, tras pensarlo un poco, ha decidido hacerlo ella…¡me ha encantado!.

No hay nada mejor que ver que la gente que nunca ha cocinado se va animando, así que aprovechando la ocasión he decidido documentarlo.

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¿La receta elegida? Un bizcocho de plátano con aceite de oliva, trozos de chocolate y un toque de limón del blog 101 cookbooks. ¿Otro bizcocho de plátano Ana? Pues sí. Cuando veáis las fotos de Heidi (qué confianzas…) y lo fácil que es la receta (aquí), entenderéis por qué hay que hacer una vigésima versión del mítico “Banana Bread”. Si además te sirve de excusa para sacar del armario el molde que más te gusta y que mejor se presta a hacer bizcochos con baño de azúcar y, en este caso, limón, pues mejor que mejor. Si no tienes un molde de estos, lo siento mucho, porque al ver la preciosidad que sale del horno y cómo cae ese baño por las esquinas y los montículos del bizcocho, vas a sentir un deseo irrefrenable de comprarte algo que antes de ver las fotos (las de Heidi, las mías son mucho más normales) no sabías que querías.

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¿El making of? Entretenido: decidí dejarla volar libre como un pajarillo y, tras colgar la receta en la pared para que la tuviese a mano, (y que no se ensuciase), me limité a observar, hacer fotos y comentar solo cuando hacía falta. Y un poco de falta sí hizo. Mi querida Elena, cuando lee una receta parece que se toma las cosas muy a pecho y si ella lee que hay que cortar el chocolate en trozos grandes, ¡trozos grandes que corta!. Y cuando digo grandes me refiero a unos 25 gramos por trozo. Vamos, que en todo el bizcocho debía haber 4 tropezones de chocolate. Por eso le tocó sacarlos de la harina y volver a darle al cuchillo.

Otro momento crítico fue a la hora de mezclar los ingredientes líquidos con los secos. No sé por qué debemos sentirnos realizados al remover una mezcla como si no hubiese un mañana, pero si en la receta pone que mezcles los ingredientes JUSTO hasta que se hayan mezclado, es por algo. Para el que no ha leído muchas recetas puede parecer una tontería, pero si mueves mucho un bizcocho una vez tienes el elemento que va a darle aire a la masa (la levadura, el bicarbonato o los huevos), cuanto menos muevas la masa, menos mazacote quedará el bizcocho. Por eso es importante conocer el por qué (más o menos) de cada paso. Así podrás saber cuales te puedes saltar y cuales no.

La etapa horno y el momento “está no está” resultó bastante fácil. Hubo algún momento dubitativo del tipo: “el cuchillo está un poco sucio por los trozos de chocolate derretido o porque el bizcocho no está hecho”, pero la susodicha lo sacó en el momento perfecto y, pasado el tiempo de enfriamiento, que siempre es lo que más cuesta aguantar, lo cubrió con un baño de azúcar y limón. Hecho esto solo quedaba empaquetarlo y llevarlo a la merienda donde unas pajarillas lo esperaban ansiosas.

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Semana de cumples

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Abril en casa siempre ha sido sinónimo de cumple. Cumplo yo, cumple Elena, cumple mi padre…por cumplir cumple hasta mi tia. Y todo en una semanita. ¿Lo bueno? que todos los días parecen Navidad: si no regalas, te regalan y a mí me gusta tanto lo uno como lo otro, así que yo ¡feliz!. ¿Lo malo? que si te hace ilusión buscar un regalo especial, o preparar algo especial para comer o cenar, NO TE DA LA VIDA.

Por eso hay que buscar soluciones con una buena relación “calidad-tiempo empleado” y encontrar la forma de que queden lucidas. En mi caso las soluciones fueron una comida para mis padres el día del cumple de mi padre y un desayuno un poco especial para Elena el día de su cumple. El desayuno realmente fue una tontería pero es lo de siempre: si te paras a pensar un minuto, seguro que se te ocurre una forma de hacer algo distinto en el mismo tiempo que tardarías en hacer lo de todos los días. Vayamos por partes y siguiendo el orden cronológico de las cosas que por algo Rober cumple antes que Elena, aunque solo sea por un día.

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Probablemente os pase como a mí: con tantas idas y venidas a mis pobres padres llevamos una época que los tenemos un poco abandonados. Te llaman y tienes el móvil silenciado, no puedes quedar porque ya has quedado o tienes esto o tienes lo otro, y al final, solo acabas llamándoles tú (con vocecita, eso sí) cuando te toca pedirles algo. Lo reconozco, los hijos somos unos ingratos. Pero como un padre y una madre lo perdonan todo y no solo eso, sino que valoran cualquier cosita que hace un hijo como si fuese algo fuera de lo normal y además se encargan de que todos sus amigos se enteren, decidimos invitarles a comer a casa.

Como Rober se ha vuelto fan de la comida italiana y mucho tiempo no tenía porque también tenía que comprar el regalo de Elena para el día siguiente, tiré por lo fácil: una ensalada caprese tuneada, unos espárragos trigueros cocidos con una vinagreta con vinagre y mostaza, unos fusilli con calabacín y de postre unas fresas maceradas con vinagre de módena, azúcar y romero. La mini bandeja de pasteles que trajo Elena debo reconocer que tampoco nos vino mal. El “tuneo” de la caprese consiste en mezclar tomates crudos con estos tomates asados que últimamente le echo a TODO, y en añadir unas almendras picadas y alguna hoja de verde. Los espárragos cocidos son la típica cosa que parece más de madre (plancha= joven, cocer=madre), pero que con una vinagreta con un poco de gracia están bien buenos y los fusilli son básicamente una variación de la pasta que hago normalmente con verdura con la excepción de que en lugar de cortar el calabacín lo rallo. Son muy fáciles de hacer y es increíble la cantidad de sabor que consigues en muy poco tiempo, así que en serio, esta receta es de las que os tenéis que apuntar.

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Si además de cocinar un poco encima usas la tela que había comprado Elena para hacer un delantal y que es un lino en tonos grisaceos mono monísimo, pones un bote de mermelada con un par de florecillas silvestres y tienes la mesa puesta para cuando llegan, ¡encantados de la vida!

Y ¿el desayuno para Elena?. Pues el desayuno quedó más lucido porque iba acompañado de algún que otro regalito, pero oye, en este mundo en el que a veces, por no perder tiempo ni desayunas en casa, que alguien que está de vacaciones se levante cuando tú te levantas para ir a trabajar ya es algo. Si encima te hace un zumo de naranja, un café (ah no, que Elena toma un té asqueroso que no hay quien se trague y que debe ser e último recurso de las bulímicas cuando no pueden vomitar) y una “french toast” con unas fresas, ya el día se empieza  de otra manera. Al final se lo comió tan rápido (y yo la mía correspondiente), que no hicimos fotos. La receta oficial la podéis encontrar en infinidad de páginas porque está más visto que el tebeo, pero yo ya ni las miro: mezclo un huevo con algo de leche en un plato hondo hasta que tiene un color ni de leche ni de huevo, añado un poco de canela, dejo las rebanadas de pan de molde (eso sí, gordito con miga) dentro del líquido para que lo chupe un rato. Cuando la rebanada ha absorbido suficiente líquido, pongo una sartén al fuego con un poco de mantequilla y hago la tostada hasta que quede dorada por los dos lados. Cuando está hecha llega la mejor parte: hay que rebozarla en azúcar y ¡lista para comer!

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Por cierto, esa cazuela preciosa que veis en las fotos: mi auto regalo de este año. Porque si no te traen lo que pides, ¡hay que tomar cartas en el asunto!. Ah y el bizcocho que veis al lado de las fresas es un bizcocho de polenta y ruibarbo que os debo.

receta fusilli

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