Me, Myself & My Kitchen

Categoría: Básicos

La Pasta

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La pasta es como todo en la vida: se puede hacer muy bien pero también se puede hacer muy mal. La gran pregunta es: ¿Cómo se puede hacer mal si hacerla bien es lo más fácil del mundo?. No hay nada peor que unos macarrones escurridos, un poco resecos con una salsa de tomate de bote por encima. Da igual que eches mucha o poca salsa, no va a dejar de ser un plato de pasta de comedor de colegio.

Es una pena porque siguiendo un par de reglas básicas puedes conseguir que casi cualquier ingrediente se convierta en salsa para pasta. Me da igual que sea verdura o que sea carne, si haces lo que viene a continuación te va a quedar buenísima y no vas a necesitar una receta que seguir religiosamente: simplemente adáptate a lo que haya en el mercado o en la nevera.

Espero que si algún italiano lee esto esté medio de acuerdo conmigo porque mi “modus operandi” lo he ido adquiriendo a base de sentido común, un poco de jamie oliver y mi gusto personal. No hay base ni científica ni italiana, así que pido perdón si estoy cometiendo un pecado capital.

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1. Pon a calentar agua en una cazuela grande y justo antes de que hierva, echa un buen puñado de sal. Es mejor no añadirlo al principio para que el agua hierva antes. Y cuando digo puñado digo puñado generoso. Como decía una joven Nigella Lawson, los italianos cuecen la pasta en agua tan salada como el mediterráneo. No hace falta añadir ningún otro ingrediente típico del mediterráneo a tu agua, pero la sal ayuda. Si no por muy sabrosa que sea tu salsa, el plato quedará insulso.

2. Mientas el agua se calienta ya puedes ir haciendo la salsa porque la intención es que para cuando esté cocida la pasta tú ya tengas hecha la salsa. Para hacer la salsa siempre empiezo igual: da lo mismo que sea una salsa de verduras, de carne o una simple salsa de tomate. Lo primero es cocinar con un poco de aceite en una sartén la verdura que más tarde en cocinarse. A medida que va avanzando el tiempo, vas añadiendo los otros componentes que van tardando menos hasta que tienes la verdura/carne hecha y un poco doradita.

3. En este punto llega la tercera clave: el vino blanco. No sé si lo hace todo el mundo pero a mí me parece clave. No solo te da un sabor especial, sino que consigue que se incorpore todo ese sabor pegado a la sartén cuando has caramelizado la verdura o la carne. Además si la salsa va a ser, por ejemplo, solo de puerros/espárragos trigueros, te permite tener algo líquido que bañe toda la pasta que estás cociendo.

4. Para ayudar al vino y conseguir tener una salsa que se pegue a la pasta siempre conviene reservar un poco del agua en el que se cuece la pasta. El almidón que suelta la pasta hace que la salsa se ligue mejor. A mí este truco me parece especialmente útil porque hasta cuando hago salsas líquidas, como la típica de tomate con cebolla y ajo, me gusta que esté concentrada. Añadiendo el agua consigo que no quede reseca. Además este agua te permite corregir errores y adaptarte a las circunstancias. Como la echas al mezclar la pasta, la salsa y el parmesano, dependiendo de si la mezcla está seca/no puedes ir echando más o menos agua hasta que consigas la consistencia que tú quieras.

5. La última clave es el parmesano y la pimienta. Aparte de reservar parmesano (recién rallado, por supuesto) para que cada uno se eche en el plato, a mí me gusta añadir un poco (bastante) a la salsa cuando la mezclo con la pasta. El parmesano (o el pecorino), aparte de dar su sabor especial, hace de sazonador de la salsa. En mi caso concreto puede que me pase con las cantidades de parmesano, pero es algo que nunca falta en la nevera.

6. La mezcla final: como he ido adelantando, cuando la pasta está al dente, la salsa preparada y el parmesano rallado (por tu pinche particular) con un poco de pimienta negra molida por encima estás listo para el montaje final. Mezcla la pasta con la salsa y un poquito del agua de cocción de la pasta y muévelo bien para que la salsa cubra toda la superficie de la pasta. A continuación añade el parmesano, sigue moviendo y si ves que hace falta, un poco más de agua. Muévelo todo un poco más sírvelo en platos, y que cada uno tire de más parmesano si son como yo.

Para lo que he de reconocer que no tengo ninguna regla o guía es para acertar con las cantidades de pasta. Siempre hago más de la cuenta pero lo peor es que siempre me lo como. No sé qué me pasa, pero es ver un plato de pasta y me entra una ansiedad…dejo hasta de hablar así que para cuando el de al lado solo lleva un cuarto de su plato yo ya estoy en la cazuela, acabando lo que sobraba. Mi estómago debe oír “pasta” y se debe expandir milagrosamente…no lo sé…por eso no me atrevo a dar un peso para la cantidad de pasta. Además ¿quién lo pesa? Lo echas a ojo y ¡listo!

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Penne con Butifarra, Cebolla y Orégano

(2 personas)

Al elegir una buena salchicha o butifarra, estás consiguiendo una especie de carne picada muy sabrosa. Es importante elegir butifarras sabrosas pero no demasiado grasas. Como siempre pagar un poco más suele ayudar. Además las butifarras caras caras no son y cunden mucho.

2 butifarras

1 cebolla pequeña/media grande

2 dientes de ajo

orégano seco (fresco no tenía)

pasta para dos

parmesano: una buena montaña (al gusto)

un vasito de vino blanco

aceite, sal, pimienta

1. Cortar la cebolla en trozos pequeños y poner a calentar el agua para la pasta. Pochar la cebolla en una sartén con un poco de aceite y sal a fuego medio. Pasados unos 3-5 minutos, añadir el ajo cortado en trozos pequeños también. Antes de que hierva el agua añadir un buen puñado de sal y la pasta cuando hierva.

2. Mientras tanto sacar la carne de las butifarras de la piel. Cuando la cebolla ya esté blanda, añadir la carne de la butifarra, intentando separarla con un tenedor para que no queden pegotes muy grandes. Añadir el orégano y subir el fuego para dorar la carne.

3. Cuando la carne tenga zonas doradas caramelizadas, añadir el vasito de vino blanco y dejar que el alcohol se evapore. Hecho esto la salsa estaría lista.

4. Mientras preparamos la salsa y se cuece la pasta, hay que extraer un poco del agua de cocción y rallar el parmesano y la pimienta.

5. Una vez está todo listo, mezclar como indico arriba y servir.

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Chocolate y Centeno

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Estas galletas son casi como los m&m´s. Digo casi porque son mejores. Es verdad que se derriten en tu boca pero no tengo muy claro que aguanten mucho en tu mano. Si llegan a caer en tus manos imagino que no podrás reprimir el impulso de ver si lo que parece una costra crujiente dará paso a un interior jugoso o crujiente también. No te lo voy a decir porque la mejor forma de verlo es probarlas, pero te aseguro que no te vas a arrepentir.

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Yo me crucé con la receta en este blog y desde que las vi no pude dejar de pensar en ellas. No hacía más que buscar excusas para hacerlas, un rato para dedicarle al horno, alguien que me ayudase a comérnoslas porque sabía que Elena no iba a estar contenta (o más bien tranquila) teniendo dos bandejas de galletas de chocolate recién horneadas.

“¿Qué tenían estas galletas que no tuvieran las 50 otras galletas de chocolate que he hecho alguna vez?” os preguntaréis…Pues unas cuantas cosas. Para empezar que las había traído al mundo Chad Robertson, el gurú del pan y copropietario de  Tartine Bakery, parada indispensable si algún día cruzo el charco y voy a esa zona de los Estados Unidos. Chad es un tío que ha dedicado su vida a buscar el pan perfecto y que ha publicado un libro que es una de las biblias del pan con masa madre. Ha viajado por todo el mundo para aprender de distintos maestros hasta que ha encontrado la fórmula perfecta. De eso hace ya tiempo y se ve que teniendo el pan controlado ha decidido adentrarse en el mundo de cómo incorporar harinas de distintos cereales en sus panes, bollos, galletas, etc. Sus descubrimientos han dado lugar a un tercer libro y estas galletas son como un pequeño trailer de lo que se podrá encontrar uno en el libro. ¿Lo quieres? Pues ya somos dos. Es alucinante cómo leer un par de líneas puede generarte una necesidad que dos minutos antes no habías identificado, pero se ve que así somos los occidentales.

Otra razón para que las galletas no me dejasen tranquila es que llevaban harina de centeno. Cada día me gustan más los dulces que no llevan harina de trigo blanca o azúcar refinada. No solo porque se supone que son más sanos, sino porque cada harina tiene un sabor y variando un poco se te abre un abanico de posibilidades que el blanco con el blanco sencillamente no te da. La harina de centeno se suele asociar a los panes oscuros (y bastante ácidos) del norte de Europa. Parece ser que hay distintos tipos de harina de centeno, unas más fuertes que otras, con lo cual el nivel de acidez también varía. La gracia es ir probando y ver si te gusta/no hasta intentar llegar a la combinación que más te gusta.

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En las recetas en las que necesitamos conseguir una buena miga se suele mezclar con harina de trigo porque tiene menos gluten y absorbe más agua que el trigo, pero en este caso esa no parece que fuese la intención de Chad. Estas galletas no solo no llevan más harina que la de centeno sino que encima llevan bastante poca harina y punto. Tanto emocionarme con la harina de centeno y ¡luego resulta que solo hacen falta 40 gramos!. Cuando leáis la lista de ingredientes os vais a dar cuenta de que esta receta es básicamente chocolate con chocolate con un poco más de chocolate. Lo curioso es que utiliza una técnica más propia de hacer un bizcocho que de hacer galletas. Puede que por eso tengan esa textura tan especial que parece que me niego a describir…

Aún así os reto a que las probéis y me digáis si notáis la diferencia de usar una harina distinta a la de trigo. ¿Os he dicho que además vais a tener que sacar la caja de sal maldon para echarle un par de escamitas de sal a cada galleta?. Se ve que me lo reservaba para el final por si acaso no os había convencido de que tenéis que probar estas galletas. Los occidentales que os rodean os lo agradecerán.

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Tartine´s Salted Chocolate Rye Cookies

(unas 24 galletas)

230gr chocolate

30gr mantequilla

40gr harina de centeno

1/2 cucharadita de levadura

1/4 cucharadita de sal

2 huevos

150gr azúcar moreno

1/2 cucharada de extracto de vainilla

sal maldon

1. Derretir el chocolate y la mantequilla en un bol al baño maría colocando el bol sobre un cazo con agua hirviendo y removiendo la mezcla.

2. En otro bol pequeño mezclar la harina de centeno, la levadura y la sal.

3. Aquí viene el paso interesante:  batir los huevos con un batidor de varillas a velocidad media-alta, añadiendo poco a poco el azúcar hasta que quede incorporada. Llegado este punto, subir la velocidad a alta y batir hasta que los huevos hayan triplicado su volumen y estén esponjosos (unos 6 minutos).

4. Añadir el chocolate y la mantequilla derretidos, batiendo a velocidad media y añadir el extracto de vainilla. Yo no tenía, no lo puse y tampoco lo eché en falta. Finalmente añadir la mezcla de la harina y mezclar hasta que quede todo incorporado. No hay que pasarse mezclando.

5. Guardar la masa en la nevera hasta que esté un poco más dura, unos 30 minutos. Básicamente tiene que ser fácil hacer bolas con la masa.

6. Precalentar el horno a 180ºC. Colocar papel de hornear sobre dos bandejas de horno y colocar bolas de masa del tamaño de una cucharada generosa. Conviene dejar un espacio de unos 4-5cm entre cada bola para que no se junten en el horno. Colocar un par de escamas de sal en cada galleta, apretando si hace falta para que se queden pegadas.

7. Hornear durante 8-10mins. Dejar enfriar sobre una rejilla y dejar que se enfríen. Guardadas en un recipiente cerrado pueden durar hasta 3 días aunque no creo que eso vaya a pasar nunca. De hecho es mejor hacer menos y comerlas recientes si crees que no puedes con todas.

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El huerto, Parte I: La preparación

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Ya que estamos a principios de año y todos estamos acordándonos del pasado y planeando para el futuro, es un buen momento para hablar de mi huerto. Ésta es la típica historia de una mala organización: del tiempo y de todo. Como todos tenemos alguna de esas historias y nos encanta sacarlas a relucir por estas fechas, voy a saltarme el rollo de “qué mala he sido, qué mal lo he hecho” y la de “el año que viene todo cambiará” porque no sé si se cumplirá, pero ya se da por supuesto.

Empecemos: mi huerto consiste en una extensión de 25m2 en San Martín de la Vega, el pueblo probablemente con mayor proporción de ciclistas por habitante del mundo y que me pilla a unos 35 minutos de casa. ¿Por qué me dió por alquilar un huerto? Pues porque el centro de Madrid no suple mis ansias de vivir en el campo, de tener huerto, gallinas, cerdos, ir a pescar al río y un largo etcétera.

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Que conste antes de nada que no soy una experta horticultora. De hecho si ahora sé poco cuando empecé no sabía nada. Se puede decir que soy una niña mimada de ciudad a la que en julio del año pasado le entraron ganas de tener un huerto. Como me pasa siempre, quería un huerto y lo quería YA. De segundo nombre me deberían haber puesto “capitán ansias”. Cualquiera en su sano juicio no se habría puesto a buscar huertos como loca a mediados de julio, pasada ya la temporada de siembra del cultivo de verano y a pocas semanas de que empezase MI temporada de verano. Así que hice un estudio de mercado y la cosa no estuvo fácil. No había huertos grandes, baratos, cerca de casa y con dueños que supieran de cultivos exóticos. Afortunadamente estoy rodeada de mentes cuerdas que templan mi ocasional insensatez y me dijeron que esperase a septiembre. Eso hice.

En septiembre volví a mirar un par de huertos y me decidí por el del pueblo de los ciclistas. Calculé tiempos con el google maps desde Getafe y desde casa y, en conjunto, pareció que era el mejor situado en el ranking. El problema es que he llegado a la conclusión de que un huerto se basa en la planificación y la continuidad y a mí me fallaron las dos. En julio estaba pensando que haría un planito de dónde plantaría cada cosa, me leí libros, puse post its, me enteré de si unas plantas necesitaban más riego que otras y hasta me puse a buscar semillas de ruibarbo en amazon que al final no compré.

El problema es que llegado septiembre había que hacer algo y hacerlo ya o si no llegaría tarde al cultivo de invierno. Y claro, si encima no sabes lo que hace falta y los pasos lógicos…digamos que todo lleva más tiempo del que debiera. Para empezar toca remover la tierra y echar estiércol. Obviamente para esto busqué ayuda en forma de músculos porque aunque siempre he sido muy de esa montaña la subo yo antes que los niños, yo hago las cosas igual que los chicos, me estoy haciendo mayor y un poco realista. Movimos, cavamos, sudamos, nos picaron los mosquitos, pero aquello iba tomando forma.

El siguiente paso era hacer surcos y poner el riego. Aquí es donde entra el tema de la continuidad. Un huerto es como una evaluación continua: por mucho que hayas hecho unos surcos de la leche, si te tiras tres semanas sin ir, aquello hay que removerlo. Y luego están las dudas existenciales de ¿cómo quieres los surcos?. Los chicos del huerto me decían que eso dependía de lo que quisiera plantar, de si quería poner dos hileras de plantas por surco o una. ¡Arggggg mierrrrdaaaa no he hecho el plano!. Al final nos tocó repetirlos y me decidí por la opción que me daba un mayor aprovechamiento del espacio: bancales grandes, dos hileras de plantas y menos surcos. Al fin y al cabo los surcos son tierra desaprovechada y ni los de ikea son capaces de hacer maravillas con 25m2.

Hechos los surcos, había que poner el riego. Ya que estábamos animados (y que se nos echaba el tiempo encima) decidimos montar el riego al día siguiente de hacer los surcos definitivos. Como aunque a veces pueda parecer pija/mimada o lo que sea yo también tengo mi vena tacaña/apañada, decidí ir a Bricodepot a comprar lo necesario para montar el riego por goteo. Me aseguré de saber qué era lo que tenía mi huerto: una boca de agua y supuse que el resto no sería tan difícil. Cuando llegas allí y ves que hay tubos de distintos diámetros, ciegos, con agujeros, T´s, codos y su p.. madre empiezas a darte cuenta de que el entramado perfecto de riego por goteo del vecino no es tan fácil y que, para variar, tenías que haberte informado antes. Al final cogimos lo que nos dijo el chico que era lo básico sabiendo que los chicos del huerto tendrían el resto y nos aconsejarían. Lo que no nos dijo nadie es que para encajar los tubos en los codos, las T´s y demás tenías que apoyar todo el peso de tu cuerpo, dejarte las manos o recurrir al truco McGyver de calentar el plástico. A mí eso de calentar plástico me da un poco de mal rollo, así que opté por la fuerza bruta. Todo esto mientras los paisanos jubilados con huertos perfectos se hacían una paella a menos de 10 metros de nosotros…

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Como comprenderéis, en esta etapa por mucho que quisiese documentar la hazaña lo único que me atreví (o tuve ganas) de sacar fue el móvil. También he de decir que aunque leyendo esto parezca más un castigo que un hobby, nada más lejos de la realidad. El salir de tu ciudad, ir a un pueblo en el que en cada casa te venden las verduras de su huerto y trabajar con las manos me encanta. Lo que pasa es que creo que con un poco más de organización habría ido todo mejor. Pero es algo que recomiendo a todo el mundo.

Además todavía queda por contar la siembra, la recolecta….

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Los mercados y lo francés

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De pequeña no me gustaba nada ir con mi madre al mercado y, menos todavía que me mandase sola, diciendo que era su hija a recoger algo que ella había dejado encargado. Como si mi madre fuese el cantante de los Rolling Stones y todo Dios la conociese. Lo peor es que en el mercado de su barrio ese es y era el caso. Después de pasarte toda la vida comprando en un sitio y, sobre todo teniendo el ojo avizor que tiene mi madre, muy anodino tienes que ser para que no te conozcan.

¿Por qué no me gustaba? Pues porque si iba a la carnicería Alfonso me preguntaba por mi padre, por mi madre y hasta por el examen que había tenido el día antes (mamá: debías ser radio macuto). Las cosas no mejoraban en otros puestos. Mi madre que viene de una saga de Martas decidió romper con la tradición y llamar a sus hijas Ana y Elena para que no nos confundiesen y no tener que andar con diminutivos. Pues bien, era llegar a la panadería y fuera quien fuese (Elena o yo), Martita nos llamaban. A ver, señor, yo sé que en el fondo usted lo hacía con cariño y porque no tiene ni pajolera idea de cómo nos llamamos mi hermana y yo, pero pensándolo un poquito…¿no podría haber llegado a la conclusión de que aunque una fuese Marta, dos no podíamos ser?. Si no los quebraderos de cabeza de los padres no primerizos ni existirían: “venga Paco, llámemos igual a toda la tropa”. Eso sí, que estrés llamar al primero – el resto irían detrás…Lo que me pregunto es: ¿Si mi madre hubiese tenido un niño, habrían tenido las narices de llamarle Marta también? ¿qué habrían hecho?.

Luego crecí, me hice mayor y ahora es precisamente ese rollo cotilla el que me gusta. Ya no me parece cotilla, me parece simpatía y me encanta que tu carnicero te conozca y te ayude a elegir la pieza de carne que necesitas para cada guiso. Sobre todo me gusta encontrarme a gente que se nota que es feliz en lo que hace, que cree en el producto que ofrece, porque al final me acaban convenciendo siempre. Porque por muchas modas y por muchos sitios moñis que abran, no hay nada mejor que renunciar a las grandes superficies y los empaquetados de plástico por un poco de compra de toda la vida: en el mercado, preguntando y, si tienes suerte, probando.

No siempre es fácil encontrar un mercado donde puedas encontrar puestos de todo tipo y que tenga una buena afluencia de público. Lo segundo aunque no lo parezca es casi más importante que lo primero. Por muy buena que sea una pera si te la dan pasada deja de ser tan buena, así que hay que ir a pelearse un poco con el resto de compradores.

Por eso ayer por la mañana, aprovechando que había dejado de llover salimos de casa y nos hemos fuimos directas al mercado de la paz. A elegir un par de quesos en uno de los puestos: hoy stilton y reblochon, a por unas verduras para un risotto que he hecho hoy y a por un par de solomillos para comer hoy. Los solomillos la verdad es que nos los han dado un poco finos (y mira que yo soy de cantidades abundantes) probablemente porque Elena ha dicho, literalmente “dos filetes normales”. Así pasa, que el normal de la gente no es nuestro normal Elena, otro día hay que especificar: “gordos, hermosos.”

Con el botín en casa hemos decidido tirar por lo clásico: los filetes a la plancha, previamente salpimentados, a fuego fuerte para que se forme costra por fuera pero queden poco hechos por dentro. Lo de la costra al ser finos no lo he conseguido porque si espero a la costra  los achicharro.  Al salir de la sartén se han llevado un poco más de sal, esta vez sal maldon.

Con una cebolla dulce que hemos comprado se me ha ocurrido hacer algo para que el solomillo tuviese algo de compañía. La he cortado en tiras finas, la he sofrito con un poco de aceite en una sartén a fuego lento  primero para que se ablandasen y luego un poco más fuerte para que cogiesen un poco de color. Si en ese momento te pones a hacer los filetes (en esa sartén apartando las cebollas o en otra), tienes el tiempo justo para sacarlos cuando estén hechos, añadir un poco de vino tinto a la sartén para no perder esos jugos de la carne y esos restos tostados y caramelizados, a los que puedes añadir entonces las cebollas ya pochadas. Dejando reducir esta salsa el tiempo que dejas reposar la carne y poniéndolo todo en el plato en el mismo momento tienes una comida/cena rica y rápida. Nosotras además lo hemos acompañado de una ensalada de lechuga batavia, pera, stilton y nueces.

¿Quién dijo que lo francés fuese complicado? Más que complicado lo que es es un poco caro, pero solo si el carnicero se estira y te corta los filetes “gordos y hermosos”.

Monos y Chocolate

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Llevo todo el día con mono galletero. No de comer galletas, que también, sino de hacer. Yo soy así de rara. Ni llegar tarde del trabajo ni tener más necesidad de hacer la cena que el desayuno de la mañana me han desviado de mi propósito: hacer galletas.

Además el mono ha tomado forma de galleta con copos de avena. Tampoco sé muy bien por qué pero era eso o nada. De hecho llevo un par de días ojeando recetas, intentando buscar el equilibrio perfecto de sabor y poco porcentaje de mantequilla para engañarme hasta pensar que estoy desayunando algo hiper sano.

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Al final hoy volviendo de trabajar entre explorer y explorer en el móvil (mientras conducía) me he decantado por unas galletas del blog Sprouted Kitchen con los necesarios copos de avena, nueces, chocolate y alguna cosa más que he decidido no añadir. Pues nada, ha sido abrir la puerta, el explorer de la tableta, buscar la receta en google para ponerme con ello y ha aparecido otra entrada en la página de búsqueda, también de Sara (la del blog de antes), pero esta vez de su libro que, a pesar de haberme jugado la vida 20 minutos antes en el coche me ha parecido mucho más original y llamativa que la que tenía en mente.

Antes de meterme en faena con la receta y las anécdotas de la tarde he de decir que aunque no me suelo creer los rollos moñis de amor cibernético, de parejas que demuestran su amor por las redes sociales y de las fotos de parejitas Sara y Hugh ME ENCANTAN. No sé qué tienen y obviamente viviendo al otro lado del globo no los conozco de nada pero me parecen sinceros, sencillos y monísimos. Encima hacen el tándem perfecto: ella cocina y escribe y él hace las fotos. A veces hasta me sirven de consuelo y pienso que si mis fotos no son todo lo bonitas que me gustaría no es culpa mía, sino de la falta de habilidades fotográficas del homólogo de Hugh. ¿El colmo de la tontería? Si, pero una tiene que consolarse con algo…

Vuelta a las galletas, os cuento por qué he decidido pasar del plan inicial y lanzarme a esta nueva receta. Resulta que Sara, muy cuca ella decidió un día coger la típica receta de shortbread y sustituyó la harina de trigo por una mezcla de harina de arroz y copos de avena pulverizados. Por si con eso no os convenzo del todo, añadidle unos chorretones de chocolate por encima y escamas de sal maldon sobre el chocolate para los que como yo, pierden (lo que pierden) por un poco de sal con el chocolate de cada día.

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 Pues eso, que ahora ya entendéis el cambio de estrategia. El problema es que Sara pone todas las medidas en “cups”  (incluida la mantequilla) y yo, ingeniera, pero tonta que soy, he olvidado la regla básica del kilo de plumas y el kilo de plomo y he hecho la misma  conversión a gramos para el harina, para los copos de avena y para la mantequilla. En fin…digamos que he tenido que ir añadiendo mantequilla derretida y huevo batido a la cantidad ingente de copos de avena pulverizados que había en el bol y puede que este intento no salga todo lo bueno que debe salir.

Eso sí, ¡repetiré con o sin novio fotografo!

La receta, (en cups) para que penséis porque al fin y al cabo la que ha llegado tarde del trabajo y no quiere pensar ahora soy yo!

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Zanahorias

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Ahora que todo el mundo está con el cuidado del pelo post–verano yo estoy a tope con las zanahorias. Vamos que me voy una semana al caribe y vuelvo negra. La cuestión es que no me voy a ir ni al caribe ni a ningún sitio parecido, lo cual demuestra que cuando yo voy el resto volvéis. Una, que le gusta ir un poco a contracorriente, por no decir un poco retrasada…

Pero vamos que me pasa con la comida y con otras cosas. Desde hace un par de semanas soy la dueña de un flamante par de  converse blancas y es ponérmelas y me siento guay. Ojo, con guay no me refiero a bien, sino a guay. Soy así de boba… Es como si estuviésemos en los 90 y yo fuese la que las estuviese descubriendo en todo el mundo. Lo peor es que siguen blancas impolutas y el dependiente me convenció para que me las comprase “tirando a grandes”. ¿El resultado? Pues el resultado es que parece que llevo un crucero con 2000 parejitas de jubilados en cada pie. Pero me da igual, porque yo voy encantada y aunque a veces me tropiezo (un pie con el otro – no me hace falta un bordillo), ande yo contenta ¡que se ría la gente!

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Volviendo a las zanahorias, como dirían los chefs americanos hoy quería hacer zanahorias “two ways”, que queda bastante mejor que decir zanahorias “de dos maneras”.  En la cocina (y la primera en las canciones también) parece que hay dos reglas básicas: dilo en inglés y sonará mejor y haz una lista de todos los ingredientes que has usado para hacer el plato. Cuando veo Top Chef yo alucino. Te cuentan casi hasta que han usado aceite de oliva para freír las patatas. Tú lo oyes y claro, parece que te están vendiendo unas patatas de la leche cuando son las de toda la vida.

Por lo tanto y siguiendo mi propio consejo el primer “way” es una crema de zanahoria con tomillo, cebolla, eneldo y caldo de pollo. En este caso me he pasado con lo de los ingredientes y me da la sensación de que el truco tiene más chicha que hacer una lista. Lo del caldo de pollo dicho así tal cual sobra….Corregimos: crema de zanahoria con tomillo, eneldo y reducción de pollo (el caldo se reduce, ¿no?).

La cosa ya mejora cuando os confieso que en lugar de sacar la receta (con la reducción de pollo) de un libro de cocina ancestral o de una revista americana especializada llamada gourmet o saveur, la saqué del blog de una mamá bloguera que a Elena le chifla y que a mí, a pesar de estar (un poco) en contra del principio de la  mamá bloguera como concepto, he de reconocer que también: la mítica Bleubird. Un día llegó Elena a casa y me hizo una petición muy clara: “quiero la crema de zanahoria de Bleubird”. No sé si lo hizo porque la ropa no la va a conseguir ni de coña, pero yo obedezco órdenes. ¿Si además me dice que la quiere usar para bajar tres kilillos? Pues yo vuelvo a obedecer y omito la nata de la receta de Bleubird et voilà: la crema de zanahoria: sana, rica y fácil. Igual me tengo que replantear lo del principio de la mamá bloguera…. Por cierto, LA RECETA.

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Del “segundo way” os dejo una foto de las zanahorias rosas que vimos el domingo en el mercado que resultaron no ser zanahorias rosas sino rábanos y que no he conseguido materializar porque con este frío no me ha apetecido una ensalada de zanahoria, rábano, algo de naranja, frutos secos y lo que fuese que se me estaba ocurriendo….

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Elena y su primer bizcocho

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Estrictamente el primero primero no es, pero esta mañana, cuando me ha dicho que hiciera un bizcocho para merendar en casa de una amiga y, tras pensarlo un poco, ha decidido hacerlo ella…¡me ha encantado!.

No hay nada mejor que ver que la gente que nunca ha cocinado se va animando, así que aprovechando la ocasión he decidido documentarlo.

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¿La receta elegida? Un bizcocho de plátano con aceite de oliva, trozos de chocolate y un toque de limón del blog 101 cookbooks. ¿Otro bizcocho de plátano Ana? Pues sí. Cuando veáis las fotos de Heidi (qué confianzas…) y lo fácil que es la receta (aquí), entenderéis por qué hay que hacer una vigésima versión del mítico “Banana Bread”. Si además te sirve de excusa para sacar del armario el molde que más te gusta y que mejor se presta a hacer bizcochos con baño de azúcar y, en este caso, limón, pues mejor que mejor. Si no tienes un molde de estos, lo siento mucho, porque al ver la preciosidad que sale del horno y cómo cae ese baño por las esquinas y los montículos del bizcocho, vas a sentir un deseo irrefrenable de comprarte algo que antes de ver las fotos (las de Heidi, las mías son mucho más normales) no sabías que querías.

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¿El making of? Entretenido: decidí dejarla volar libre como un pajarillo y, tras colgar la receta en la pared para que la tuviese a mano, (y que no se ensuciase), me limité a observar, hacer fotos y comentar solo cuando hacía falta. Y un poco de falta sí hizo. Mi querida Elena, cuando lee una receta parece que se toma las cosas muy a pecho y si ella lee que hay que cortar el chocolate en trozos grandes, ¡trozos grandes que corta!. Y cuando digo grandes me refiero a unos 25 gramos por trozo. Vamos, que en todo el bizcocho debía haber 4 tropezones de chocolate. Por eso le tocó sacarlos de la harina y volver a darle al cuchillo.

Otro momento crítico fue a la hora de mezclar los ingredientes líquidos con los secos. No sé por qué debemos sentirnos realizados al remover una mezcla como si no hubiese un mañana, pero si en la receta pone que mezcles los ingredientes JUSTO hasta que se hayan mezclado, es por algo. Para el que no ha leído muchas recetas puede parecer una tontería, pero si mueves mucho un bizcocho una vez tienes el elemento que va a darle aire a la masa (la levadura, el bicarbonato o los huevos), cuanto menos muevas la masa, menos mazacote quedará el bizcocho. Por eso es importante conocer el por qué (más o menos) de cada paso. Así podrás saber cuales te puedes saltar y cuales no.

La etapa horno y el momento “está no está” resultó bastante fácil. Hubo algún momento dubitativo del tipo: “el cuchillo está un poco sucio por los trozos de chocolate derretido o porque el bizcocho no está hecho”, pero la susodicha lo sacó en el momento perfecto y, pasado el tiempo de enfriamiento, que siempre es lo que más cuesta aguantar, lo cubrió con un baño de azúcar y limón. Hecho esto solo quedaba empaquetarlo y llevarlo a la merienda donde unas pajarillas lo esperaban ansiosas.

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Un desayuno como mi abuela manda

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Mi abuela siempre dice, y tiene razón, que hasta la cosa aparentemente más sencilla se puede hacer bien o mal. Pues va a ser que sí, abuela, que tienes razón. Se ve que esos ochentaicinco años dando vueltas por aquí sirven de algo. El ejemplo más fácil que se me ocurre para demostrar la teoría de mi abuela es una de las tareas de la casa que menos me gusta: tender. Sí, tender. Se puede hacer bien y se puede hacer mal. Aquí donde me veis yo soy de las segundas. Creo que al paso que voy debería apartar parte de mi sueldo para el presupuesto de pinzas. Soy INCAPAZ de tender una lavadora sin que se me caiga algo. Afortunadamente suelen ser pinzas y no ropa, pero ha habido de todo. A estas alturas el patio de casa debe estar repleto de los pequeños regalitos que dejo caer. Pero es que aunque parezca la cosa más fácil que te puede tocar hacer cuando vives solo/a, no lo es. Ni fácil, ni rápido. En el tiempo que tardo yo en tender una lavadora (con algún whatsapp, email, cambio de canción y visita a la nevera incluida), ¡limpio dos baños!. Además yo juraría que estiro la ropa, pero casualmente cuando me encargo yo de ésta, mi querida labor, todo aparece hecho un higo en el montón de la ropa para planchar, mientras que cuando se encarga otro/a, a veces ¡va directo al armario, ni plancha ni nada!. Esa es otra: destiende para luego seleccionar, buscar la pareja perdida del calcetín puñetero…un peñazo. Estoy empezando a pensar que comprar 50 pares de calcetines, para que todos vayan con todos no es mala idea del todo…

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Con los pancakes/tortitas pasa lo mismo. Los hace cualquiera, hay infinidad de recetas…¡qué narices! si los comes hasta en el vips. Pues bien, esto, como todo, se puede hacer bien o mal. Yo hoy os voy a demostrar que se puede hacer mejor que bien, que la dueña de Rose Bakery es una de mis nuevos ídolos y que pienso hacer casi todas las recetas de su libro. Leyéndolo te dan ganas de irte a vivir a Paris o de montar un localillo con su filosofía: todo lo que hacen es casero, del día, tienen cajas de fruta expuestas para que las veas, un mostrador con las ensaladas del día, las quiches (ya os dije en la entrada anterior que la masa quebrada es la mejor que he probado) y creo que detrás de todo esto, una encimera metálica sobre la que, precisamente los que te sirven las ensaladas, los bizcochos y las quiches preparen allí todo lo que te vas a comer horas o minutos después. Un sueño hecho realidad…

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Los pancakes de hoy, junto con un zumo, un café, algo de fruta y el indispensable sirope de arce son, probablemente, uno de los mejores desayunos que vas a probar. Si digo desayuno es por la hora, porque también lo puedes convertir en comida, merienda o incluso en cena. Olvídate de las tortitas que parecen medio de plástico, sintéticas en las que no notas la diferencia entre el exterior y el interior. Aquí lo notas. Vaya si lo notas. La parte de dentro se queda esponjosa, mientras que en la parte de fuera, gracias a la mantequilla consigues una especie de costra que, ojo, crujir no cruje, pero tiene un punto crujiente que, junto con el sirope de arce, el interior esponjoso, unas rodajas de plátano o de fresa…son una experiencia religiosa.

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El Puerro: descubrimiento del 2013, Primera Parte

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El Puerro es una verdura aparentemente humilde, que se encuentra en cualquier sitio y que, aparentemente no tiene nada especial. ¡Unas narices!. El puerro es, probablemente junto con el bacon, de los ingredientes que más sabor le dan a CUALQUIER cosa que cocines con ellos. Es alucinante. En realidad no es algo nuevo, ni para mí (no soy tan paleta), ni para nadie, pero este 2013 he hecho dos platos que me han encantado con puerro y desde entonces no hay marcha atrás: querido puerro, ¡eres mi prefe!. Todavía no has superado al bacon, pero sospecho que pronto juntaré a los dos amores de mi vida en un plato estrella que se convertirá en lo que querré comer el resto de mis días. Mientras tanto os dejo con la primera entrega de “El Puerro”: su versión integrada en una quiché junto a un poco de calabacín, algo de tomillo y queso parmesano. ¡A babear!

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¿Una quiche? ¿en serio?. Pues si. Llámala quiche, tarta salada o como quieras. Y que conste que yo siempre he pensado que las quiches eran el típico invento francés que, gracias a nuestra vagancia había degenerado en lo que todo el mundo llevaba a una cena de amigos, pero que yo siempre hacía como que no veía. Hablo de las quiches a base de pasta brisa comprada (y poco horneada), queso malo, bacon peor, con el huevo tan cuajado que parece plástico o líquido que da como repelús comérselo. Una que es un poco especialita con el huevo (le quito el alien ese que se convertirá en pollito que cuelga amenazante de la yema) lo pasaba un poco mal con tanto desastre de quiche. A veces recurría a los trucos de siempre: pan y agua: pan con cada bocado y agua entre bocado y bocado. Vale, igual me he pasado, pero ya sabéis lo que quiero decir. Y ojo que a este paso acabamos igual con las tortillas de patatas. Con eso sí que no puedo, así que mejor ¡ni empiezo!.

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Bueno pues las quiches son como todo: cuando algo se hace bien, con cariño y con tiempo, están que te mueres. Y no es difícil, ojo. Y sí, hay que hacer la masa, pero en serio, es mezclar cuatro ingredientes y ¡ya está!. La receta de hoy es una mezcla de la masa base de las quiches de Rose Bakery y lo que tenía en la nevera con la inspiración del libro de La Tartine Gourmande, del que saqué el mega truco de rallar el calabacín. Un hallazgo lo de rallar la verdura: por un lado se nota más el sabor y por otro lado te dejas de texturas raras, de verduras crudas al lado de verduras pasadas y tropezones grandes (argg). Además se reparte mejor dentro de la quiche y te sale una textura más uniforme. ¡Todo ventajas!. Ah y la masa de Rose Bakery: otro descubrimiento. Hay que tener cuidado de cocerla bien antes de echar el relleno de los huevos y la verdura, pero es una masa que se queda crujiente, que se deshace y se despedaza y que encima es fácil de manejar. Aquí la clave es mezclar la mantequilla con la harina estando la primera fria para que de hecho no se mezcle bien y al cocer, salgan huecos de aire que hacen que una vez que muerdes la masa quiebre (¿por eso se llamará masa quebrada?) y se desmenuce en la boca en lugar de tener que asegurarte los dientes antes de morderla.

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Otra ventaja es que, como todas las quiches, se puede tomar a temperatura ambiente, así que hace un par de semanas fue el “tupper” del día. Eso sí, según salió del horno por la noche decidimos meterle mano y acabó siendo cena de un día y comida del siguiente. Con una ensalada de rúcula e hinojo, perfecta. De hecho si del tiempo está buena, recién hecha es la encarnación del David de Miguel Angel en quiche: huele que te mueres. Es prácticamente imposible hacerla y no probarla, os lo juro. Con deciros que Elena, que es más especialita que yo con el huevo y peor con las quiches precongeladas me pidió que la volviese a hacer otro día, ¡os lo digo todo

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Diario de cenas de días corrientes: El Jueves

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Aquí acaba la semana y, como era de esperar, con un día de retraso. Visto lo visto tampoco está tan mal y queda demostrado que se puede cenar casero todos los días de la semana y no morir en el intento. ¡Qué narices, se puede hasta desayunar casero!.

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Como no solo de verde vive el hombre (ni la mujer) y a los vegetarianos los respeto pero no los entiendo, ya iba siendo hora de meterle algo de “chicha” a la semana. Hoy toca filete de solomillo a la plancha con patatas al horno. Es difícil encontrar algo más fácil y más rico que hacer para cenar, comer o lo que se te ocurra. Aquí lo único importante es no escatimar en el carnicero, ser fiel al carnicero y tener en cuenta dos o tres cositas para que el filete quede bueno y sea algo especial:

1. La carne tiene que estar a temperatura ambiente antes de cocinarla. Si no, lo de fuera se achicharra y lo de dentro seguirá crudo. Una vez oí a alguien que le gustaba la carne poco hecha pero no fria. Eso me pasa a mí. Lo mismo que no entiendo a los vegetarianos, no entiendo a la gente a la que le gusta la carne muy hecha. ¡Si pierde sabor, jugosidad y todo!

2. En teoría para que la carne retenga quede sabrosa y no se quede seca hay que esperar unos minutos a cortarla después de cocinarla. Así que por mucha hambre que tengas, aguanta joven padawan. Vete haciendo fotos o algo mientras tanto para entretenerte.

3. En mi humilde opinión si en lugar de echarle toda la sal antes de cocinarla, echas un poco por un lado (de la sal normal, además de un poco de pimienta al principio) y al servirla en el plato le echas unas escamas de sal maldon…bueno, ¡prepárate para una experiencia religiosa!

4. Lo dicho: nada de tacañerías en el carnicero y por favor, id al carnicero. Nada de grandes superficies. Pedid un filete hermoso, gordito para poder disfrutar de la costrita y de la parte de dentro rosa poco hecha…ya estoy salivando.

5. Las patatas de acompañamiento son las que hago siempre: cortadas en dados con unos dientes de ajo y un poco de aceite, en el horno a 180-200ºC unos 45 mins. Al sacarlas se les echa la sal y están que te mueres sin lo engorroso de las patatas fritas.

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El resumen de todo esto es que, como dice mi abuela, hasta lo más fácil se puede hacer bien o mal y para hacer algo bien, hay que hacerlo con cariño, así que ¡dadle un poco de cariño a esos solomillos!.

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