El huerto, Parte II: La siembra y la recolecta

por memyselfandmykitchen

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La última vez que hablé del huerto nos quedamos en la parte de los surcos y el riego. Por lo menos eso ya estaba hecho.También creo que mis grandes planos en cuanto a planificación y abastecimiento: iba a hacer un plano perfecto de mi huerto (con regla y todo), iba a comprar semillas de ruibarbo y de frambuesa por internet y lo iba a tener todo listo para cuando alquilase el terreno.

Nos fuimos a Estocolmo en agosto y con el huerto en mente me tiré media hora delante del apabullante muro de semillas que tienen en uno de los invernaderos-tienda de Rosendals Trädgard, intentando descrifrar los nombres en sueco de las semillas. Al final (tras preguntar un poco) me decidí por un sobre marrón con una tipografía preciosa que decía: “Vintersquash”. “¿Sería calabaza de invierno, no?”, pensé yo: “vinter =winter” y “squash = calabaza”.

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De vuelta en Madrid el paisaje de la compra de semillas era un poco menos apetitoso, por no decir desolador. Debí llegar tarde a la temporada alta y en los viveros no encontré ni semillas de ajo. Cogí un surtido de lo que sí había y supuse que completaría la despensa con lo que tuvieran en el invernadero del huerto en el que los dueños plantan distintas semillas y tienen bandejas con mini cebollas, mini puerros que tú puedes llegar y transplantar a tu huerto.

Por eso una vez conseguidos los surcos y el riego perfecto, se te plantea la siguiente pregunta trascendental: ¿siembra directa o transplante del invernadero?. Teniendo en cuenta que yo llegué a esta fase a la una de la tarde, después de llevar dos horas agachada con los riegos, con los surcos y viendo los huertos perfectos de los vecinos…digamos que no creo que fuese el momento perfecto para la planificación. Planificación que, obviamente estaba en mi cabeza (más o menos) pero ni de lejos en un papel perfecto como había pretendido desde el principio.

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En esos momentos de prisa-semi crisis al final tiras por lo práctico y pregunté a los chicos del huerto para ver qué hay que plantar directamente y qué hay que transplantar. Luego fui al invernadero y cogí lo que parecía que tenía un tamaño suficiente para poder transplantarlo y me puse manos a la obra. Plantamos las semillas de la calabaza a pesar de la cara de miedo que se le quedaba a todo el mundo cuando les decía que iba a plantarlo. “¿Una calabaza? ¡si eso lo invade todo!”. “Ya”, contestaba yo, “pero no me la he traído desde Estocolmo y no me tiré media hora delante de la estantería de semillas hasta identificar una que entendiese para llegar aquí y no usarla”. Pues bien, abrí por fin el preciado sobre y resulta que los suecos habían echado tres o como mucho 4 semillas de calabaza, de las que hay en TODAS las calabazas que compramos, le habían puesto el sobre mono y la etiqueta de orgánico y se habían quedado tan agusto. No voy a negar que me decepcionó un poco, pero tampoco sé qué esperaba…¿una cigüeña sueca que me trajese calabazas orgánicas?.

Además de la calabaza utilizamos la técnica de la siembra directa para dos tipos de rábanos: unos redondos y otros más alargados. Con el resto de semillas compradas pero no adecuadas para la siembra directa hicimos un minisemillero en una bandeja que lleva desde entonces viviendo en el invernadero. Para poder tener algo plantado con alguna expectativa de recogida en el mismo año transplantamos brócoli, acelgas, lechugas y cebollas. No soy muy fan ni del brócoli ni de las acelgas pero pensé que el huerto era la excusa perfecta para empezar a cogerles cariño. Un poco como quien se come con más gusto lo que cocina él que lo que cocina el prójimo. Pues lo mismo, pero con la “cría” de vegetales.

No puedo decir si la táctica ha funcionado o no porque dos meses después, es decir, estas navidades y tras un largo abandono volví al huerto y comprobé que lo que me habían dicho era cierto. Es cierto que las plantas tienen un ritmo mucho más sosegado en invierno. Eso sí, esta teoría solo aplica a las plantas que tú has plantado. Las “malas hierbas” deben tener un ritmo de crecimiento inversamente proporcional al de las plantas buenas porque llegamos allí y aquello parecía un campo de golf de lo verde que estaba.

Tras la decepción inicial  del campo de golf empecé a agacharme (postura típica donde las haya del mundo del huerto y para naaada incómoda) para empezar a quitar las malas hierbas que lo habían invadido todo y empecé a ver luz a través del túnel. ¿Eran ortigas lo que veían mis ojos? ¿había además alguna hojilla triste de algo que parecía rúcula entre tanta ortiga?. En este momento pensaréis que estoy completamente loca por emocionarme viendo ortigas que son las plantas más puñeteras del mundo que pican solo con mirarlas, pero confiad en mí.

Mis vecinos se iban a llevar a casa coliflor, cebollas, repollos y puerros, pero yo en el momento en que vi las ortigas recordé el primer capítulo de “Tales from River Cottage” en el que Hugh Fearnley Wittingstall cogía ortigas del campo (nettles en inglés – como todo en inglés suena mucho mejor) y hacía una crema con ellas. Ya no iba a irme a casa con las manos vacías. Iba a tener una recolecta antes de final de año. Puede que no la que yo esperaba en septiembre, puede que no la más ortodoxa, pero ¡qué narices! ¡o ves tú el vaso medio lleno o no lo va a ver nadie!.

Con ánimo renovado, una cesta, una bandeja unas tijeras, guantes de látex y mi pobre padre de cómplice volvimos pocos días después a cosechar,y quitar hierbas para que lo que había plantado pudiese sobrevivir. La cosecha consistía en coger las ortigas más pequeñas que veíamos (se supone que son más tiernas que las grandes – como con todo) y las hojillas de rúcula que hubiese por ahí desperdigadas. Con la rúcula, obviamente, esperaba hacer una ensalada, pero para las ortigas ya tenía señalada una crema del libro de Hugh para que me sirviese de guía. Digo de guía porque en esa receta solo usaban ortigas (yo todavía no soy tan valiente) y espesaban la crema con arroz (no voy a cocer arroz para espesar una crema).

Al final la inspiración se redujo a la utilización de ortigas en una crema de guisantes, que también es típicamente inglesa. En lugar de usar el jamón cocido que usan ellos usé un poco de bacon y añadí un par de puñados de ortigas (bien lavadas, eso sí) para darle el toque osado. No sé si se llegan a notar las ortigas en la crema, pero sé que me sentí muy realizada utilizándolas y que la crema buena estaba (con o sin ortigas). La rúcula también nos supo a gloria acompañando unas tartiflettes inspiradas en este video que son probablemente el plato menos “light” del mundo, pero claro, después de estar toda la mañana trabajando en el huerto, una se puede permitir estos lujos.

Crema de Guisantes y Ortigas

esta receta, como todas las cremas, se puede adaptar a lo que tengas en casa

2 lonchas de bacon

una cebolla y media

2 dientes de ajo

1 paquete de guisantes congelados (750gr aprox)

1 litro de caldo de pollo

2 puñados de hojas de ortigas

aceite, pimienta, sal

1. Cortar el bacon en tiras y dorar en una cazuela. Cuando esté dorado y haya soltado la grasa, apartar. Cortar las cebollas e trozos (no tienen que ser muy pequeños porque se van a triturar) y pochar en la grasa del bacon. Si hace falta más grasa, añadir un poco de aceite de oliva. Yo siempre que pocho cebollas añado un poco de sal, pero se puede hacer ahora o más tarde.

2. Cuando la cebolla empiece a estar blanda, añadir el ajo y seguir rehogando.

3. Una vez estén pochados los ajos y las cebollas, añadir los guisantes, dar un par de vueltas, añadir el caldo, el bacon y las ortigas. Subir el fuego hasta que hierva y una vez ha hervido, bajar a fuego medio para que esté unos 15 minutos cocinándose.

4. Una vez estén los guisantes cocinados, triturar con un minipimer/vaso batidor, etc.

5. Yo suelo congelar porciones de uno o dos de este tipo de cremas y ganan en sabor cuando se dejan reposar, bien de un día para otro en la nevera, o bien en el congelador.

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