Me, Myself & My Kitchen

Mes: febrero, 2014

Chocolate y Centeno

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Estas galletas son casi como los m&m´s. Digo casi porque son mejores. Es verdad que se derriten en tu boca pero no tengo muy claro que aguanten mucho en tu mano. Si llegan a caer en tus manos imagino que no podrás reprimir el impulso de ver si lo que parece una costra crujiente dará paso a un interior jugoso o crujiente también. No te lo voy a decir porque la mejor forma de verlo es probarlas, pero te aseguro que no te vas a arrepentir.

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Yo me crucé con la receta en este blog y desde que las vi no pude dejar de pensar en ellas. No hacía más que buscar excusas para hacerlas, un rato para dedicarle al horno, alguien que me ayudase a comérnoslas porque sabía que Elena no iba a estar contenta (o más bien tranquila) teniendo dos bandejas de galletas de chocolate recién horneadas.

“¿Qué tenían estas galletas que no tuvieran las 50 otras galletas de chocolate que he hecho alguna vez?” os preguntaréis…Pues unas cuantas cosas. Para empezar que las había traído al mundo Chad Robertson, el gurú del pan y copropietario de  Tartine Bakery, parada indispensable si algún día cruzo el charco y voy a esa zona de los Estados Unidos. Chad es un tío que ha dedicado su vida a buscar el pan perfecto y que ha publicado un libro que es una de las biblias del pan con masa madre. Ha viajado por todo el mundo para aprender de distintos maestros hasta que ha encontrado la fórmula perfecta. De eso hace ya tiempo y se ve que teniendo el pan controlado ha decidido adentrarse en el mundo de cómo incorporar harinas de distintos cereales en sus panes, bollos, galletas, etc. Sus descubrimientos han dado lugar a un tercer libro y estas galletas son como un pequeño trailer de lo que se podrá encontrar uno en el libro. ¿Lo quieres? Pues ya somos dos. Es alucinante cómo leer un par de líneas puede generarte una necesidad que dos minutos antes no habías identificado, pero se ve que así somos los occidentales.

Otra razón para que las galletas no me dejasen tranquila es que llevaban harina de centeno. Cada día me gustan más los dulces que no llevan harina de trigo blanca o azúcar refinada. No solo porque se supone que son más sanos, sino porque cada harina tiene un sabor y variando un poco se te abre un abanico de posibilidades que el blanco con el blanco sencillamente no te da. La harina de centeno se suele asociar a los panes oscuros (y bastante ácidos) del norte de Europa. Parece ser que hay distintos tipos de harina de centeno, unas más fuertes que otras, con lo cual el nivel de acidez también varía. La gracia es ir probando y ver si te gusta/no hasta intentar llegar a la combinación que más te gusta.

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En las recetas en las que necesitamos conseguir una buena miga se suele mezclar con harina de trigo porque tiene menos gluten y absorbe más agua que el trigo, pero en este caso esa no parece que fuese la intención de Chad. Estas galletas no solo no llevan más harina que la de centeno sino que encima llevan bastante poca harina y punto. Tanto emocionarme con la harina de centeno y ¡luego resulta que solo hacen falta 40 gramos!. Cuando leáis la lista de ingredientes os vais a dar cuenta de que esta receta es básicamente chocolate con chocolate con un poco más de chocolate. Lo curioso es que utiliza una técnica más propia de hacer un bizcocho que de hacer galletas. Puede que por eso tengan esa textura tan especial que parece que me niego a describir…

Aún así os reto a que las probéis y me digáis si notáis la diferencia de usar una harina distinta a la de trigo. ¿Os he dicho que además vais a tener que sacar la caja de sal maldon para echarle un par de escamitas de sal a cada galleta?. Se ve que me lo reservaba para el final por si acaso no os había convencido de que tenéis que probar estas galletas. Los occidentales que os rodean os lo agradecerán.

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Tartine´s Salted Chocolate Rye Cookies

(unas 24 galletas)

230gr chocolate

30gr mantequilla

40gr harina de centeno

1/2 cucharadita de levadura

1/4 cucharadita de sal

2 huevos

150gr azúcar moreno

1/2 cucharada de extracto de vainilla

sal maldon

1. Derretir el chocolate y la mantequilla en un bol al baño maría colocando el bol sobre un cazo con agua hirviendo y removiendo la mezcla.

2. En otro bol pequeño mezclar la harina de centeno, la levadura y la sal.

3. Aquí viene el paso interesante:  batir los huevos con un batidor de varillas a velocidad media-alta, añadiendo poco a poco el azúcar hasta que quede incorporada. Llegado este punto, subir la velocidad a alta y batir hasta que los huevos hayan triplicado su volumen y estén esponjosos (unos 6 minutos).

4. Añadir el chocolate y la mantequilla derretidos, batiendo a velocidad media y añadir el extracto de vainilla. Yo no tenía, no lo puse y tampoco lo eché en falta. Finalmente añadir la mezcla de la harina y mezclar hasta que quede todo incorporado. No hay que pasarse mezclando.

5. Guardar la masa en la nevera hasta que esté un poco más dura, unos 30 minutos. Básicamente tiene que ser fácil hacer bolas con la masa.

6. Precalentar el horno a 180ºC. Colocar papel de hornear sobre dos bandejas de horno y colocar bolas de masa del tamaño de una cucharada generosa. Conviene dejar un espacio de unos 4-5cm entre cada bola para que no se junten en el horno. Colocar un par de escamas de sal en cada galleta, apretando si hace falta para que se queden pegadas.

7. Hornear durante 8-10mins. Dejar enfriar sobre una rejilla y dejar que se enfríen. Guardadas en un recipiente cerrado pueden durar hasta 3 días aunque no creo que eso vaya a pasar nunca. De hecho es mejor hacer menos y comerlas recientes si crees que no puedes con todas.

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El buen comer

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Hace un par de semanas recibimos un mail de una chica que trabaja en Vogue preguntándonos si queríamos colaborar con ellos preparando una serie de recetas “detox” para la página web de Vogue España. Concretamente para la sección de belleza. Cualquiera que me conozca un poco sabe que en las frases anteriores hay alguna que otra contradicción: ¿recetas detox tú Ana? ¿Vogue? ¿Vogue Belleza para más inri?

Pues si, la adolescente marimacho que debe tener más durezas en los pies que un jugador de rugby se puso hace un par de semanas a pensar en recetas lo suficientemente lights para perder algún kilo acumulado durante las navidades. Todo esto mientras seguía aprovechando los últimos rastros de suchard que quedaban en casa. ¡Pero oye! tampoco es una contradicción: todo lo que no engorde con el plato principal, lo puedo ocupar con un postre que me va a hacer muy feliz. Además acabar una comida sin algo dulce es como dejar un libro sin acabar de leerlo: te queda una sensación rara de no haber hecho las cosas bien, de que te falta algo…y claro, una no puede vivir con esa sensación.

Pensando en esto de las dietas, la comida sana, la buena comida y el placer de comer llego a la conclusión de que mi madre no puede tener más razón: “no hay que hacer dietas, hay que acostumbrarse a comer bien”. Entiendo que haya gente que para empezar a comer bien tenga que imponerse una serie de reglas estrictas, tenga incluso que ir al médico para tener citas semanales con la báscula porque al fin y al cabo muchos funcionamos solo si nos someten a un examen, pero las cosas no deberían ser así.

Además tampoco creo que se debería sacrificar el placer del comer por una dieta o por perder unos kilos. No sé si seré un especimen raro, pero he comprobado que yo llego a cenar con un estado de ánimo y éste siempre  mejora después de una buena comida. Si un detective hubiese metido una cámara en casa/en un restaurante cuando era pequeña, habría visto que la cantidad de bromas/estupideces que salían de mi boca era directamente proporcional a lo avanzada que estaba la comida. Porque en el fondo una buena comida nos alegra la vida y si somos lo que comemos, yo no quiero ser una verdura al vapor sin aliñar. Quiero ser algo sano, pero sabroso. Quiero decir tonterías al final de la comida y no quiero andar de mala leche todo el día por tener que ver al de al lado comerse una mousse de chocolate mientras yo estaba comiendo apio crudo.

También creo que muchos de nosotros comemos mucha porquería: o tiramos de la máquina de las palmeras de chocolate en el trabajo o compramos pizzas congeladas en el súper para no tener que cocinar al llegar a casa. Por eso básicamente lo que hace falta es pensar un poco y planificar para no llegar a esa situación de no tener nada que comer a las 5 de la tarde y sentir la llamada de la palmera de chocolate industrial. Porque hasta un bizcocho si es casero seguro que es mucho mejor que esa palmera que lleva vete tú a saber el qué.

 Tras todas estas reflexiones al final hubo que sacar conclusiones y centrarse en un par de recetas, lo cual, teniendo en cuenta todo lo que se puede hacer, es lo más difícil. Por eso las recetas que siguen no son más que ejemplos de cosas que puedes hacer teniendo en cuenta una serie de puntos básicos:

1. Si durante el fin de semana que tienes más tiempo preparas salsas/condimentos que puedes guardar en la nevera, el filete de pollo del martes sabrá mejor si lo acompañas de los pimientos asados de abajo o podrás saciar ese hambre repentina de las seis de la tarde gracias a un hummus que tengas guardado.

2. La fruta pelada y cortada da menos pereza. Es una verdad universal que está más que probada: científica y no científicamente. Cuando éramos pequeñas mi abuelo era el encargado de pelar, cortar la fruta y traérnosla al cuarto a cada nieta en un plato con un tenedor pequeño para merendar. Ahora nos toca a nosotros pelarla y cortarla, pero si preparas una ensalada de fruta/macedonia, concentras todo ese esfuerzo inhumano en 10 minutos y tienes algo de lo que tirar un par de días.

3. Aprovecha la moda de la quinoa para hacer ensaladas frías en verano con tomates, queso y hierbas y calientes en invierno con las verduras de invierno. Te aviso, como hagas la receta de abajo y veas los colores de la remolacha, la calabaza antes y después de hornear, te vas a enganchar.

Ensalada de naranja, pomelo y granada

(2 personas)

 2 naranjas de mesa

medio pomelo (por si no os emociona)

un cuarto de granada

hojas de menta

2 cucharaditas de azúcar (opcional)

cualquier otra fruta roja tipo mora, frambuesa

  1. Pelar la naranja y el pomelo y cortar las naranjas en rodajas y el pomelo en gajos quitando lo máximo posible la parte blanca de los cítricos. Como suelen soltar mucho zumo es mejor hacerlo sobre el bol donde guardaremos la ensalada.
  2. Cortar la granada en dos. Para sacar la fruta fácilmente, sujetar una de las mitades con una mano y golpear la cáscara con una cuchara. Añadir a la mezcla de los cítricos. Si se usa alguna otra fruta, añadir también.
  3. Añadir el azúcar (al gusto) y unas hojas de menta cortadas para que desprendan su aroma.
  4. Se puede tomar recién hecha o pasada unas horas. Pasado un tiempo sale más zumo de las frutas y se mezclan más los sabores.

Pimientos Asados

2 pimientos rojos grandes

4-6 dientes de ajo

un chorro de aceite de oliva

una cucharadita de azúcar

sal

  1. Antes de nada conviene forrar la bandeja de horno que vayas a usar con papel albal para que fregarla luego sea más fácil.
  2. Lavar los pimientos y colocarlos en la bandeja. Aplastar los dientes de ajo con un cuchillo y colocar en la bandeja también. Añadir el chorro de aceite, la sal y el azúcar. Removerlo todo bien para que toda la superficie de los pimientos esté cubierta por la mezcla.
  3. En esta receta no suele hacer falta precalentar el horno porque lo suyo es hacerlos a fuego lento (120 -150º) hasta que estén blandos. Eso si, si no tienes tiempo, paciencia o ganas yo he probado a mayor temperatura (180ºC), o incluso a empezar despacio y acabar subiendo la temperatura y siempre están buenos. Únicamente hay que esperar a que estén blanditos y hayan sacado su jugo.
  4. Cuando estén listos sacar del horno y dejar enfriar.
  5. Una vez fríos hay que limpiarlos: quitarles el tallo, las semillas y la piel. No hay que olvidarse de los ajos, los cuales, machacados, junto con el aceite y los jugos de los pimientos hacen una salsa buenísima.
  6. Guardar en la nevera y sacar un poco antes de usar. Yo a veces hasta los meto un poco en el microondas si voy a hacer la ensalada de tomate y el tomate está frio. Si los usáis sobre un filete de pollo, cortadlos en daditos y echad algo de salsa por encima.

 Ensalada de verduras al horno y quinoa

(para dos)

4 remolachas pequeñas

una rodaja de calabaza

3 o 4 patatas pequeñas

media cebolla

medio vaso de quinoa

1,25 vasos de agua

un puñado de avellanas

ensalada verde: brotes, rúcula

aceite de oliva virgen

vinagre de jerez

tomillo

sal, pimienta

  1. Precalentar el horno a 220ºC. Lavar las remolachas, quitarles los tallos, dejando parte del rabillo pequeño y cortarlas a la mitad. Pelar las patatas y la calabaza y cortar en dados.
  2. En una bandeja colocar las remolachas con un poco de aceite, sal y pimienta. Moverlas bien para que toda la superficie de las remolachas quede cubierta de aceite. En otra bandeja (para evitar que la remolacha lo tiña todo y se vuelva todo rosa), colocar los dados de patata y calabaza, cada uno a un lado y añadir el aceite, sal, pimienta y tomillo.
  3. Hornear durante unos 45 minutos hasta que las verduras estén tiernas al pincharla con un cuchillo y un poco doradas en los extremos. En los  últimos 5 minutos se puede subir un poco la temperatura del horno para que se doren bien las esquinas. En esos últimos 5 minutos, añadir las avellanas a una de las bandejas para que se tuesten un poco, teniendo cuidado de que no se quemen.
  4. Mientras las verduras se hornean, pochar media cebolla en una sartén con un poco de aceite y sal. Cuando esté blanda, añadir la quinoa, remover, añadir el agua con un poco de sal y subir el fuego. Cuando empiece a hervir, bajar el fuego, tapar, y dejar que la quinoa se cueza hasta absorber el agua.
  5. Para la vinagreta mezclar tres partes de aceite por una de vinagre.
  6. Cuando esté todo listo mezclar en un bol la ensalada, las verduras asadas (cortando en cuartos la remolacha) y la quinoa.
  7. Para acabar añadir la vinagreta y las avellanas tostadas cortadas en trozos más pequeños.

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El huerto, Parte II: La siembra y la recolecta

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La última vez que hablé del huerto nos quedamos en la parte de los surcos y el riego. Por lo menos eso ya estaba hecho.También creo que mis grandes planos en cuanto a planificación y abastecimiento: iba a hacer un plano perfecto de mi huerto (con regla y todo), iba a comprar semillas de ruibarbo y de frambuesa por internet y lo iba a tener todo listo para cuando alquilase el terreno.

Nos fuimos a Estocolmo en agosto y con el huerto en mente me tiré media hora delante del apabullante muro de semillas que tienen en uno de los invernaderos-tienda de Rosendals Trädgard, intentando descrifrar los nombres en sueco de las semillas. Al final (tras preguntar un poco) me decidí por un sobre marrón con una tipografía preciosa que decía: “Vintersquash”. “¿Sería calabaza de invierno, no?”, pensé yo: “vinter =winter” y “squash = calabaza”.

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De vuelta en Madrid el paisaje de la compra de semillas era un poco menos apetitoso, por no decir desolador. Debí llegar tarde a la temporada alta y en los viveros no encontré ni semillas de ajo. Cogí un surtido de lo que sí había y supuse que completaría la despensa con lo que tuvieran en el invernadero del huerto en el que los dueños plantan distintas semillas y tienen bandejas con mini cebollas, mini puerros que tú puedes llegar y transplantar a tu huerto.

Por eso una vez conseguidos los surcos y el riego perfecto, se te plantea la siguiente pregunta trascendental: ¿siembra directa o transplante del invernadero?. Teniendo en cuenta que yo llegué a esta fase a la una de la tarde, después de llevar dos horas agachada con los riegos, con los surcos y viendo los huertos perfectos de los vecinos…digamos que no creo que fuese el momento perfecto para la planificación. Planificación que, obviamente estaba en mi cabeza (más o menos) pero ni de lejos en un papel perfecto como había pretendido desde el principio.

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En esos momentos de prisa-semi crisis al final tiras por lo práctico y pregunté a los chicos del huerto para ver qué hay que plantar directamente y qué hay que transplantar. Luego fui al invernadero y cogí lo que parecía que tenía un tamaño suficiente para poder transplantarlo y me puse manos a la obra. Plantamos las semillas de la calabaza a pesar de la cara de miedo que se le quedaba a todo el mundo cuando les decía que iba a plantarlo. “¿Una calabaza? ¡si eso lo invade todo!”. “Ya”, contestaba yo, “pero no me la he traído desde Estocolmo y no me tiré media hora delante de la estantería de semillas hasta identificar una que entendiese para llegar aquí y no usarla”. Pues bien, abrí por fin el preciado sobre y resulta que los suecos habían echado tres o como mucho 4 semillas de calabaza, de las que hay en TODAS las calabazas que compramos, le habían puesto el sobre mono y la etiqueta de orgánico y se habían quedado tan agusto. No voy a negar que me decepcionó un poco, pero tampoco sé qué esperaba…¿una cigüeña sueca que me trajese calabazas orgánicas?.

Además de la calabaza utilizamos la técnica de la siembra directa para dos tipos de rábanos: unos redondos y otros más alargados. Con el resto de semillas compradas pero no adecuadas para la siembra directa hicimos un minisemillero en una bandeja que lleva desde entonces viviendo en el invernadero. Para poder tener algo plantado con alguna expectativa de recogida en el mismo año transplantamos brócoli, acelgas, lechugas y cebollas. No soy muy fan ni del brócoli ni de las acelgas pero pensé que el huerto era la excusa perfecta para empezar a cogerles cariño. Un poco como quien se come con más gusto lo que cocina él que lo que cocina el prójimo. Pues lo mismo, pero con la “cría” de vegetales.

No puedo decir si la táctica ha funcionado o no porque dos meses después, es decir, estas navidades y tras un largo abandono volví al huerto y comprobé que lo que me habían dicho era cierto. Es cierto que las plantas tienen un ritmo mucho más sosegado en invierno. Eso sí, esta teoría solo aplica a las plantas que tú has plantado. Las “malas hierbas” deben tener un ritmo de crecimiento inversamente proporcional al de las plantas buenas porque llegamos allí y aquello parecía un campo de golf de lo verde que estaba.

Tras la decepción inicial  del campo de golf empecé a agacharme (postura típica donde las haya del mundo del huerto y para naaada incómoda) para empezar a quitar las malas hierbas que lo habían invadido todo y empecé a ver luz a través del túnel. ¿Eran ortigas lo que veían mis ojos? ¿había además alguna hojilla triste de algo que parecía rúcula entre tanta ortiga?. En este momento pensaréis que estoy completamente loca por emocionarme viendo ortigas que son las plantas más puñeteras del mundo que pican solo con mirarlas, pero confiad en mí.

Mis vecinos se iban a llevar a casa coliflor, cebollas, repollos y puerros, pero yo en el momento en que vi las ortigas recordé el primer capítulo de “Tales from River Cottage” en el que Hugh Fearnley Wittingstall cogía ortigas del campo (nettles en inglés – como todo en inglés suena mucho mejor) y hacía una crema con ellas. Ya no iba a irme a casa con las manos vacías. Iba a tener una recolecta antes de final de año. Puede que no la que yo esperaba en septiembre, puede que no la más ortodoxa, pero ¡qué narices! ¡o ves tú el vaso medio lleno o no lo va a ver nadie!.

Con ánimo renovado, una cesta, una bandeja unas tijeras, guantes de látex y mi pobre padre de cómplice volvimos pocos días después a cosechar,y quitar hierbas para que lo que había plantado pudiese sobrevivir. La cosecha consistía en coger las ortigas más pequeñas que veíamos (se supone que son más tiernas que las grandes – como con todo) y las hojillas de rúcula que hubiese por ahí desperdigadas. Con la rúcula, obviamente, esperaba hacer una ensalada, pero para las ortigas ya tenía señalada una crema del libro de Hugh para que me sirviese de guía. Digo de guía porque en esa receta solo usaban ortigas (yo todavía no soy tan valiente) y espesaban la crema con arroz (no voy a cocer arroz para espesar una crema).

Al final la inspiración se redujo a la utilización de ortigas en una crema de guisantes, que también es típicamente inglesa. En lugar de usar el jamón cocido que usan ellos usé un poco de bacon y añadí un par de puñados de ortigas (bien lavadas, eso sí) para darle el toque osado. No sé si se llegan a notar las ortigas en la crema, pero sé que me sentí muy realizada utilizándolas y que la crema buena estaba (con o sin ortigas). La rúcula también nos supo a gloria acompañando unas tartiflettes inspiradas en este video que son probablemente el plato menos “light” del mundo, pero claro, después de estar toda la mañana trabajando en el huerto, una se puede permitir estos lujos.

Crema de Guisantes y Ortigas

esta receta, como todas las cremas, se puede adaptar a lo que tengas en casa

2 lonchas de bacon

una cebolla y media

2 dientes de ajo

1 paquete de guisantes congelados (750gr aprox)

1 litro de caldo de pollo

2 puñados de hojas de ortigas

aceite, pimienta, sal

1. Cortar el bacon en tiras y dorar en una cazuela. Cuando esté dorado y haya soltado la grasa, apartar. Cortar las cebollas e trozos (no tienen que ser muy pequeños porque se van a triturar) y pochar en la grasa del bacon. Si hace falta más grasa, añadir un poco de aceite de oliva. Yo siempre que pocho cebollas añado un poco de sal, pero se puede hacer ahora o más tarde.

2. Cuando la cebolla empiece a estar blanda, añadir el ajo y seguir rehogando.

3. Una vez estén pochados los ajos y las cebollas, añadir los guisantes, dar un par de vueltas, añadir el caldo, el bacon y las ortigas. Subir el fuego hasta que hierva y una vez ha hervido, bajar a fuego medio para que esté unos 15 minutos cocinándose.

4. Una vez estén los guisantes cocinados, triturar con un minipimer/vaso batidor, etc.

5. Yo suelo congelar porciones de uno o dos de este tipo de cremas y ganan en sabor cuando se dejan reposar, bien de un día para otro en la nevera, o bien en el congelador.

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Tarte Tatin

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Cada vez que voy a un restaurante y veo una “tarte tatin” en la carta da igual si estoy llena o no, la pido. Y si voy en grupo intento maniobrar para “que se pida”. Cuando digo “que se pida” es como cuando Elena usa el impersonal para frases como “hay que poner la lavadora” o “hay que sacar la basura”. Gramaticalmente puede que utilice una forma impersonal pero la vida me ha enseñado que en el ámbito doméstico el impersonal es como el imperativo y suele estar dirigido hacia lo que ella considera segunda persona, osea yo.

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Volviendo a las “tarte tatins” el problema es que después de convencer a una mesa llena de amantes de chocolate a pedir una tarta de manzana, muchas veces acaban decepcionando: o las manzanas y el caramelo están muy quemados, o la masa es hojaldre precocinado, o hay mucha masa, o hay poca…En resumen: pocas veces me gustan pero lo sigo intentando porque la tarte tatin no es una tarta de manzana cualquiera, tiene una personalidad especial. Según algunos la crearon las hermanas Tatin para evitar tirar unas manzanas que creían que habían cocinado demasiado. Las colocaron en un molde, las taparon con una capa de masa quebrada ¡et voilà! crearon la Tarte Tatin.

No sé si la leyenda será verdad, pero conseguir que un postre lleve tu nombre para toda la eternidad me parece lo más – mucho mejor que la horterada de tener un novio que te saca un día por la noche y te enseña que le ha puesto tu nombre a una estrella. ¿Para qué?. Un postre sin embargo…cada vez que alguien pruebe la razón por la que ha estado haciendo dieta toda la semana…esa razón llevará tu nombre.

Como lo de bautizar un postre con mi nombre puede que sea demasiado ambicioso (además de narcisista y unas cuantas cosas más), me conformaré con seguir haciendo esta receta de tarte tatin de manzana que creo que es la mejor que he probado. La encontré un día ojeando este blog y el hecho de llevar caramelo con sal me conquistó al momento. Además vi que aunque era una versión moderna (por la sal – sí, echar sal a un postre ya te convierte en moderno) de la tarta tradicional, respetaba las normas básicas: usar manzanas ácidas tipo reineta y usar masa quebrada o alguna variante de la misma. Nada de hojaldres precocinados…

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El resultado os juro que merece la pena. Sé que siempre digo que todo está bueno, pero esta tarta es especial y muy fácil de hacer. Es como cuando tienes dos productos y en uno ponen que es “superior”. ¿Eso qué quiere decir? ¿que uno es bueno o que otro es una mierda?. En este caso quiere decir que LA PROBEIS. Con poco esfuerzo conseguiréis una tarta con esa clase y elegancia que solo pueden tener los postres antiguos y a la vez todos los elementos que nos gustan de los postres de hoy en día (contraste de texturas, de ácido y dulce, dulce y salado). Está buena caliente pero no sé si me gusta más fría cuando la masa ha tenido tiempo de volverse crujiente en los recovecos entre manzana y manzana y tiene zonas caramelizadas gracias al caramelo y el jugo de las manzanas…

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Tarte Tatin con Caramelo de Mantequilla Salada

(para 6-8)

1kg manzanas (a mí me gustan las reineta)

Para la masa

170gr harina

85gr azúcar

85gr mantequilla semi salada (o normal con una pizca de sal)

1-2 cucharadas leche

Para el caramelo

70gr azúcar

35 gr mantequilla semi salada (o normal con una buena pizca de sal)

1. En un bol mezclar la mantequilla y el azúcar con un tenedor (también se puede hacer en un robot de cocina tipo la Kitchen Aid).

2. Una vez mezcladas la mantequilla y el azúcar, añadir e incorporar la harina. Cuando la mezcla coja consistencia de migas, ir añadiendo la leche poco a poco, mezclando mientras tanto hasta que aglutine las migas y se pueda formar una masa.

3. Envolver en papel film y guardar en la nevera durante al menos 30 mins.

4. Coger un molde redondo de unos 25cm de diámetro y engrasarlo con mantequilla.

5. Para el caramelo poner el azúcar con una cucharada de agua en una sartén en la que la capa de azúcar quede fina. Cocinar a fuego medio/alto hasta que el azúcar se disuelva, empiece a hervir y se convierta en caramelo de un color ámbar.

6. En ese momento retirar del fuego, añadir la mantequilla y remover hasta que quede todo mezclado. Antes de que se enfríe, verter sobre el molde.

7. Precalentar el horno a 180ºC.

8. Pelar y cortar las manzanas en cuartos/octavos dependiendo de su tamaño y colocar sobre el caramelo en la base del molde intentando cubrir toda la superficie. Para que al darle la vuelta la tarta quede bonita, la parte curva de las manzanas tiene que ir contra el caramelo.

9. Sacar la masa de la nevera. Utilizando algo de harina sobre el rodillo para que no se pegue a la masa, extender la masa hasta conseguir un círculo algo mayor que el molde. Para evitar ensuciar la cocina, la masa se puede extender sobre el mismo papel film en el que se ha envuelto la masa en la nevera.

10. Colocar la masa extendida sobre las manzanas en el molde, cogiendo el exceso de los laterales y arrugándolo hacia abajo para que quede un borde más gordo y con recovecos entre las manzanas. Con un tenedor, hacer algún agujero en la superficie de la masa para dejar escapar el aire durante la cocción.

11. Cocinar en el horno durante unos 45 mins -1hr hasta que la masa esté dorada.

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