Me, Myself & My Kitchen

Mes: enero, 2014

Limón y tomillo

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Normalmente en casa cocino yo pero de vez en cuando se alinean los astros y a Elena le entran ganas de entrar en la cocina para algo más que llenar un vaso de agua. Eso pasó el primer día del año y puede que marque un cambio en sus hábitos domésticos porque parece que se le está quitando esa aversión por la cocina que solía tener y le empieza a entrar el gusanillo de los fogones.

El culpable de todo esto es Nigel Slater, un cocinero/escritor inglés que nos tiene robado el corazón (más a mí, pero oye, si Elena se anima a cocinar, por lo menos un poco le tiene que hacer gracia). Su libro “Tender”, dividido en dos tomos, uno dedicado a las frutas y otro a las verduras, es mitad enciclopedia, mitad poesía. Enciclopedia porque Nigel sabe mucho y nos lo cuenta casi todo. Poesía porque tiene una forma de escribir que te cautiva. Además de todo eso las fotos son espectaculares y distintas a lo que estamos acostumbrados. Son fotos sencillas que sospecho que se han hecho sin focos y sin artificio; más oscuras de lo normal, pero precisamente por eso, más bonitas. Pasar páginas en este libro es querer hacer toda y cada una de las recetas que aparecen. Otra cosa que me gusta mucho de Nigel es que le pasa como a mí, o más bien a mí me pasa como a él: no nos gusta seguir recetas al pie de la letra. Lees una cosa, te da una idea e innovas, o vas a hacer algo, ves que no tienes lo que pide la receta y cambias en función de tu nevera.

A lo largo del libro y de sus series de televisión, Nigel te enseña a pensar en combinaciones que funcionan y en ver por qué un plato funciona. Puede que sea por la combinación de texturas suave y crujiente, por el contraste de sabores ácido y dulce…o por una combinación de los dos.

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Queriendo contagiar a Elena mi entusiasmo por Nigel, su cocina y su jardín le puse este vídeo en el youtube el 1 de enero, aprovechando que es de esos días en los que no hay mucho que hacer y surtió efecto. Se animó a hacer este bizcocho de limón y tomillo. Sencillo pero sabroso, dulce pero con el toque ácido del limón es un bizcocho sabroso y ligero en el que el jarabe es fundamental.

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Bizcocho de Limón y Tomillo

Para el bizcocho

200gr mantequilla

200gr azúcar de caña

100gr harina

1 cucharadita levadura en polvo

100gr almendras molidas

4 huevos

ralladura de 2 limones

1 cucharadita hojas de tomillo

Para el jarabe

4 cucharadas azúcar

el zumo de 2 limones grandes

1/2 cucharadita de hojas de tomillo

1. Precalentar el horno a 160ºC. Forrar un molde rectangular alargado con papel de horno/papel albal.

2. Batir la mantequilla con el azúcar hasta que esté la mezcla pálida y esponjosa. Este paso es más fácil si la mantequilla no está muy fría. Sobre otro bol, tamizar la harina y la levadura y añadir las almendras molidas.

3. Batir los huevos y añadir a la mezcla de la mantequilla poco a poco, incorporándolos bien.

4. En un mortero mezclar la ralladura del limón con las hojas de tomillo e incorporar a la mezcla.

5. Gradualmente incorporar la harina, levadura y almendras a la mezcla.

6. Verter la masa en el molde y hornear durante unos 45 mins, hasta que un cuchillo insertado en el centro del bizcocho salga limpio.

7. Para hacer el jarabe, disolver el azúcar en el zumo de limón en un cazo a fuego moderado y añadir las hojas de tomillo.

8. Al sacar el bizcocho del horno, pincharlo con un palillo y rociar con el jarabe para que empape todo el bizcocho. Dejar que se enfríe.

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El huerto, Parte I: La preparación

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Ya que estamos a principios de año y todos estamos acordándonos del pasado y planeando para el futuro, es un buen momento para hablar de mi huerto. Ésta es la típica historia de una mala organización: del tiempo y de todo. Como todos tenemos alguna de esas historias y nos encanta sacarlas a relucir por estas fechas, voy a saltarme el rollo de “qué mala he sido, qué mal lo he hecho” y la de “el año que viene todo cambiará” porque no sé si se cumplirá, pero ya se da por supuesto.

Empecemos: mi huerto consiste en una extensión de 25m2 en San Martín de la Vega, el pueblo probablemente con mayor proporción de ciclistas por habitante del mundo y que me pilla a unos 35 minutos de casa. ¿Por qué me dió por alquilar un huerto? Pues porque el centro de Madrid no suple mis ansias de vivir en el campo, de tener huerto, gallinas, cerdos, ir a pescar al río y un largo etcétera.

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Que conste antes de nada que no soy una experta horticultora. De hecho si ahora sé poco cuando empecé no sabía nada. Se puede decir que soy una niña mimada de ciudad a la que en julio del año pasado le entraron ganas de tener un huerto. Como me pasa siempre, quería un huerto y lo quería YA. De segundo nombre me deberían haber puesto “capitán ansias”. Cualquiera en su sano juicio no se habría puesto a buscar huertos como loca a mediados de julio, pasada ya la temporada de siembra del cultivo de verano y a pocas semanas de que empezase MI temporada de verano. Así que hice un estudio de mercado y la cosa no estuvo fácil. No había huertos grandes, baratos, cerca de casa y con dueños que supieran de cultivos exóticos. Afortunadamente estoy rodeada de mentes cuerdas que templan mi ocasional insensatez y me dijeron que esperase a septiembre. Eso hice.

En septiembre volví a mirar un par de huertos y me decidí por el del pueblo de los ciclistas. Calculé tiempos con el google maps desde Getafe y desde casa y, en conjunto, pareció que era el mejor situado en el ranking. El problema es que he llegado a la conclusión de que un huerto se basa en la planificación y la continuidad y a mí me fallaron las dos. En julio estaba pensando que haría un planito de dónde plantaría cada cosa, me leí libros, puse post its, me enteré de si unas plantas necesitaban más riego que otras y hasta me puse a buscar semillas de ruibarbo en amazon que al final no compré.

El problema es que llegado septiembre había que hacer algo y hacerlo ya o si no llegaría tarde al cultivo de invierno. Y claro, si encima no sabes lo que hace falta y los pasos lógicos…digamos que todo lleva más tiempo del que debiera. Para empezar toca remover la tierra y echar estiércol. Obviamente para esto busqué ayuda en forma de músculos porque aunque siempre he sido muy de esa montaña la subo yo antes que los niños, yo hago las cosas igual que los chicos, me estoy haciendo mayor y un poco realista. Movimos, cavamos, sudamos, nos picaron los mosquitos, pero aquello iba tomando forma.

El siguiente paso era hacer surcos y poner el riego. Aquí es donde entra el tema de la continuidad. Un huerto es como una evaluación continua: por mucho que hayas hecho unos surcos de la leche, si te tiras tres semanas sin ir, aquello hay que removerlo. Y luego están las dudas existenciales de ¿cómo quieres los surcos?. Los chicos del huerto me decían que eso dependía de lo que quisiera plantar, de si quería poner dos hileras de plantas por surco o una. ¡Arggggg mierrrrdaaaa no he hecho el plano!. Al final nos tocó repetirlos y me decidí por la opción que me daba un mayor aprovechamiento del espacio: bancales grandes, dos hileras de plantas y menos surcos. Al fin y al cabo los surcos son tierra desaprovechada y ni los de ikea son capaces de hacer maravillas con 25m2.

Hechos los surcos, había que poner el riego. Ya que estábamos animados (y que se nos echaba el tiempo encima) decidimos montar el riego al día siguiente de hacer los surcos definitivos. Como aunque a veces pueda parecer pija/mimada o lo que sea yo también tengo mi vena tacaña/apañada, decidí ir a Bricodepot a comprar lo necesario para montar el riego por goteo. Me aseguré de saber qué era lo que tenía mi huerto: una boca de agua y supuse que el resto no sería tan difícil. Cuando llegas allí y ves que hay tubos de distintos diámetros, ciegos, con agujeros, T´s, codos y su p.. madre empiezas a darte cuenta de que el entramado perfecto de riego por goteo del vecino no es tan fácil y que, para variar, tenías que haberte informado antes. Al final cogimos lo que nos dijo el chico que era lo básico sabiendo que los chicos del huerto tendrían el resto y nos aconsejarían. Lo que no nos dijo nadie es que para encajar los tubos en los codos, las T´s y demás tenías que apoyar todo el peso de tu cuerpo, dejarte las manos o recurrir al truco McGyver de calentar el plástico. A mí eso de calentar plástico me da un poco de mal rollo, así que opté por la fuerza bruta. Todo esto mientras los paisanos jubilados con huertos perfectos se hacían una paella a menos de 10 metros de nosotros…

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Como comprenderéis, en esta etapa por mucho que quisiese documentar la hazaña lo único que me atreví (o tuve ganas) de sacar fue el móvil. También he de decir que aunque leyendo esto parezca más un castigo que un hobby, nada más lejos de la realidad. El salir de tu ciudad, ir a un pueblo en el que en cada casa te venden las verduras de su huerto y trabajar con las manos me encanta. Lo que pasa es que creo que con un poco más de organización habría ido todo mejor. Pero es algo que recomiendo a todo el mundo.

Además todavía queda por contar la siembra, la recolecta….

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