Los mercados y lo francés

por memyselfandmykitchen

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De pequeña no me gustaba nada ir con mi madre al mercado y, menos todavía que me mandase sola, diciendo que era su hija a recoger algo que ella había dejado encargado. Como si mi madre fuese el cantante de los Rolling Stones y todo Dios la conociese. Lo peor es que en el mercado de su barrio ese es y era el caso. Después de pasarte toda la vida comprando en un sitio y, sobre todo teniendo el ojo avizor que tiene mi madre, muy anodino tienes que ser para que no te conozcan.

¿Por qué no me gustaba? Pues porque si iba a la carnicería Alfonso me preguntaba por mi padre, por mi madre y hasta por el examen que había tenido el día antes (mamá: debías ser radio macuto). Las cosas no mejoraban en otros puestos. Mi madre que viene de una saga de Martas decidió romper con la tradición y llamar a sus hijas Ana y Elena para que no nos confundiesen y no tener que andar con diminutivos. Pues bien, era llegar a la panadería y fuera quien fuese (Elena o yo), Martita nos llamaban. A ver, señor, yo sé que en el fondo usted lo hacía con cariño y porque no tiene ni pajolera idea de cómo nos llamamos mi hermana y yo, pero pensándolo un poquito…¿no podría haber llegado a la conclusión de que aunque una fuese Marta, dos no podíamos ser?. Si no los quebraderos de cabeza de los padres no primerizos ni existirían: “venga Paco, llámemos igual a toda la tropa”. Eso sí, que estrés llamar al primero – el resto irían detrás…Lo que me pregunto es: ¿Si mi madre hubiese tenido un niño, habrían tenido las narices de llamarle Marta también? ¿qué habrían hecho?.

Luego crecí, me hice mayor y ahora es precisamente ese rollo cotilla el que me gusta. Ya no me parece cotilla, me parece simpatía y me encanta que tu carnicero te conozca y te ayude a elegir la pieza de carne que necesitas para cada guiso. Sobre todo me gusta encontrarme a gente que se nota que es feliz en lo que hace, que cree en el producto que ofrece, porque al final me acaban convenciendo siempre. Porque por muchas modas y por muchos sitios moñis que abran, no hay nada mejor que renunciar a las grandes superficies y los empaquetados de plástico por un poco de compra de toda la vida: en el mercado, preguntando y, si tienes suerte, probando.

No siempre es fácil encontrar un mercado donde puedas encontrar puestos de todo tipo y que tenga una buena afluencia de público. Lo segundo aunque no lo parezca es casi más importante que lo primero. Por muy buena que sea una pera si te la dan pasada deja de ser tan buena, así que hay que ir a pelearse un poco con el resto de compradores.

Por eso ayer por la mañana, aprovechando que había dejado de llover salimos de casa y nos hemos fuimos directas al mercado de la paz. A elegir un par de quesos en uno de los puestos: hoy stilton y reblochon, a por unas verduras para un risotto que he hecho hoy y a por un par de solomillos para comer hoy. Los solomillos la verdad es que nos los han dado un poco finos (y mira que yo soy de cantidades abundantes) probablemente porque Elena ha dicho, literalmente “dos filetes normales”. Así pasa, que el normal de la gente no es nuestro normal Elena, otro día hay que especificar: “gordos, hermosos.”

Con el botín en casa hemos decidido tirar por lo clásico: los filetes a la plancha, previamente salpimentados, a fuego fuerte para que se forme costra por fuera pero queden poco hechos por dentro. Lo de la costra al ser finos no lo he conseguido porque si espero a la costra  los achicharro.  Al salir de la sartén se han llevado un poco más de sal, esta vez sal maldon.

Con una cebolla dulce que hemos comprado se me ha ocurrido hacer algo para que el solomillo tuviese algo de compañía. La he cortado en tiras finas, la he sofrito con un poco de aceite en una sartén a fuego lento  primero para que se ablandasen y luego un poco más fuerte para que cogiesen un poco de color. Si en ese momento te pones a hacer los filetes (en esa sartén apartando las cebollas o en otra), tienes el tiempo justo para sacarlos cuando estén hechos, añadir un poco de vino tinto a la sartén para no perder esos jugos de la carne y esos restos tostados y caramelizados, a los que puedes añadir entonces las cebollas ya pochadas. Dejando reducir esta salsa el tiempo que dejas reposar la carne y poniéndolo todo en el plato en el mismo momento tienes una comida/cena rica y rápida. Nosotras además lo hemos acompañado de una ensalada de lechuga batavia, pera, stilton y nueces.

¿Quién dijo que lo francés fuese complicado? Más que complicado lo que es es un poco caro, pero solo si el carnicero se estira y te corta los filetes “gordos y hermosos”.

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