Rosendals Trädgard

por memyselfandmykitchen

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La mayoría de las veces cuando vas de turismo a una ciudad tienes una lista de monumentos que visitar. Esa lista a veces parece más una obligación que algo que de verdad te apetece hacer. Que si, que muchas veces vas y te gusta, haces un par de fotos de postal y te vas con la sensación de los deberes bien hechos. Vuelves a casa y no se te cae la cara de vergüenza al reconocer que a ti lo que de verdad te gusta es patear las ciudades, ver cómo se vive allí, entrar en las tiendas y tomarte lo de los museos con calma.

Esta vez hemos dejado la vergüenza a un lado y hemos pateado Estocolmo, hemos ido descubriendo barrios y hemos sido fieles a nuestros principios: los museos, con calma. Al final se nos ha ido un poco de las manos y en el fondo me arrepiento de no haber entrado en alguno de la lista de la lonely planet pero oye, siempre hay que dejarse razones para volver a un sitio, ¿no?. Además no sé si es cosa mía, pero el cansancio en los viajes yo creo que es directamente proporcional al tiempo que te pasas merodeando los pasillos de palacios y museos en busca de un banco en el que esperar al resto del equipo.

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Pues bien, Estocolmo tiene un mini paraíso en la isla de Djurgarden. Isla, a la que yo directamente cambié el nombre por Dujardin a lo francés porque los suecos serán divinos, pero el idioma es la cosa más frustrante del mundo. Acostumbrada al mediterráneo en el que, bien sea español, francés o italiano, las cosas más o menos se entienden, vas a Suecia y te puedes echar a llorar. Busca fotos y dibujos o camareros que quieran colaborar porque si no te puedes pedir arenques de postre y quedarte tan ancha.

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Vuelta al paraíso: como iba diciendo, en esa isla hay un espacio llamado Rosendals Trädgard que es un poco de todo: es huerta de hortalizas, es huerta de flores, es invernadero, es cafetería, es tienda de plantas…en el fondo es como entrar en otro mundo. Un pequeño oasis que te hace llegar y querer quedarte allí a vivir. Es un sitio precioso sin ser pretencioso y, fiel al estilo sueco, práctico. Práctico en el sentido de que los suecos debieron ser los inventores del “self service” porque allí todo es así: vas y coges las flores que más te gustan en el campo de flores orgánicas, se las llevas al “invernadero tienda” a la rubia (obviamente, es sueca) mona monísima que te las envuelve en un trozo de papel que, fijo que es reciclado y te las llevas. Pero claro, antes de irte tienes que pasar por el café en el que te puedes coger desde bocadillos hechos con pan que hacen allí, hasta carrot cakes, bollos de canela o galletas caseras y orgánicas. Con todo lo recolectado te sientas en una de las mesitas de madera que hay y, simplemente, ves la vida pasar, si es que puedes resistir el impulso de volver a recorrerlo todo, cámara en mano para llevarte fotos a casa y no olvidarte de nada.

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