Un trozo del campo en la ciudad

por memyselfandmykitchen

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Últimamente no hago más que soñar con vivir en el campo. Siempre me ha gustado la idea de vivir en una casita con un huerto, a ser posible unas gallinas (he de reconocer que no sé si en esto de las gallinas me gusta más la teoría que la práctica), y un porche al que salir a leer después de cenar. De pequeña cuando veraneaba en una casa así me daba cuenta de que no hacía falta mucho para estar bien: nada de internet, poca tele y mucho campo. Ahora sin internet no sé si aguantaría mucho (para qué me voy a hacer la guay), pero creo que cada día necesito menos las tiendas y los restaurantes. Me siguen gustando, eso no lo niego, y lo que tengo claro es que si entro, tanto en tienda o en restaurante, pico. Ahora me apetece más llegar a casa, dejar el bolso y salir al jardín, a sentarme a leer en una hamaca, a dar un paseo o ir a regar el huerto.

Como otra cosa no, pero soñadora soy un rato ya me imagino, a la hora de cenar con una chaqueta saliendo al huerto a por las verduras que usaré para la cena que, por supuesto, cocinaré en una cocina sencilla, pero rústica, con una ventana enorme y, si da el presupuesto, un lavabo antiguo de estos de una sola pieza de porcelana, mármol, o de lo que sean esas preciosidades. La mesa la pondría en el porche en el que ya a esas horas habría una sombra agradable y un fresquito en verano que hace que te quieras poner una chaqueta encima del vestido. Después de cenar, chimenea en invierno y estrellas en verano. Vale, me estoy pasando, pero me entendéis. ¡Quiero campo!.

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Mientras tanto, y hasta que me toque la lotería y haga realidad mi sueño de ir a por huevos de mis propias gallinas en camisa de cuadros y peto vaquero, yo voy a intentar traer la filosofía de la vida en el campo a la ciudad de la siguiente manera:

1. Plantando un huerto urbano. Esto ya lo dejo para septiembre, porque aunque yo en Agosto pretendo pasármelo pipa, el huerto aquí triste y solo…como que no. Hasta ahora lo único que he plantado han sido hierbas aromáticas en las ventanas, pero cuidado, que ¡este otoño Ana la agricultora viene con fuerza!. Ya os contará si no solo viene con fuerza y si llega a algún sitio…

2. Ir a la compra prestando más atención. Con esto me refiero a ir al carnicero y pescadero en lugar de comprar la carne y el pescado en el super, a comprar huevos de gallinas en libertad aunque sean un poco más caros (pensad que es menos de un euro de diferencia y en las pobres gallinitas). Lo que no hago y quiero empezar a hacer es ir los domingos a los mercados de verduras que montan en los que, en teoría, venden casi directamente los agricultores. Si pensáis que soy boba y que en lugar de los agricultores los que venden son los gitanos que les compran la fruta y la verdura, pues oye, no me importa. No veo al gitano con cámaras frigoríficas, así que más reciente que lo que solemos comprar ¡sí que será!

3. Hacer en casa desde cero cosas que sueles comprar hechas. Esto me encanta. Es como una droga. Si encima son cosas que puedes embotellar, empaquetar y que van a la despensa…¡más! Es como volver al pasado, a autoabastecernos de alguna manera. Ver cómo dos horas de tu tiempo bien empleadas crean algo que puedes guardar en un bote esterilizado que aguantará meses en un armario hasta que quieras usarlo…

Cada día tengo más claro que si no hacemos las cosas nosotros desde cero es porque no lo hemos probado. Cuando no has hecho algo nunca, te piensas que es difícil, le coges respeto y acabas optando por la vía fácil de la repisa del supermercado. Pues te juro que en la cocina nada es difícil (aparte de los “macarons” que tienen muy mala leche), que todo es cuestión de querer y de ponerle ganas, y que la satisfacción que te proporciona el hacer algo tú mismo y guardarlo en un bote en la cocina con una etiqueta es mucho mayor que la que te puede dar el viaje al supermercado. Por no hablar de los conservantes, colorantes, E-..que no te metes al cuerpo.

Empecemos por algo fácil: granola. La granola es una mezcla de cereales y frutos secos que se puede tomar con leche, yogur, o con las manos. ¿Lo mejor de todo? que la puedes hacer a tu gusto y es facilísimo, que la metes en un bote y te dura un mes (a menos que tengas a Elena en casa que la devora). Hay recetas archiconocidas como esta de Nigella, pero es de las cosas en las que es más fácil improvisar. Con tal de que mezcles copos de avena con frutos secos, algo que lo endulce y lo amalgame (miel, sirope de arce, golden syrup) y algo más que de algo de sabor y también ayude a que no se queden todos los copos sueltos como la compota de manzana o la mantequilla de cacahuete. Una vez tienes la mezcla, se mete al horno a unos 170 grados, se va moviendo, hasta que los frutos secos se tuestan y la granola quede crujiente. El tiempo, obviamente, depende de las cantidades y de lo que eches. A mí, he de reconocer que se me quemó un poco por estar a otras cosas, pero sigue estando buena. Con un poco de yogur y de mermelada casera improvisada de ruibarbo y fresa (ya os contaré) mmm está buenísima.

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Para este lote de granola utilicé un poco lo que tenía en bolsas sueltas que había que acabar, pero jugando con la idea del chocolate y la mantequilla de cacahuete. El método, casi es mejor que os fijéis en el de Nigella u otro profesional, pero es más o menos lo que os he puesto arriba. Yo creo que lo más importante es conseguir sabores que se complementen y texturas distintas gracias a los diferentes tamaños y consistencia de los frutos secos.Los ingredientes, a continuación:

Granola de chocolate y mantequilla de cacahuete

50gr avellanas

70gr nueces

20gr pipas de calabaza

1 cucharada de cacao en polvo

400gr copos de avena

3 cucharadas mantequilla de cacahuete

3 cucharadas de miel

1 cucharada de golden syrup

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