El tamaño importa…

por memyselfandmykitchen

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…y donde más importa es cocinando. No estoy de coña, no es lo mismo cocer unas patatas de 100gr que unas de 750gr. Y lo más importante: no sólo hay que tener en cuenta el tamaño, sino que no hay que obsesionarse con conseguir el más grande que haya en la frutería. Me explico. Desde que me compré el libro de April Bloomfield llevo babeando por él. A decir verdad, desde que descubrí que esta chef inglesa que vive en Nueva York tenía un libro que se llamaba “Una chica y su cerdo”, “A Girl and her Pig”, decidí que quería ese libro. ¡Qué narices! ¡Necesitaba ese libro!. Dios mío, pero si el mejor olor que puede haber en el mundo es el del bacon friéndose…imaginaros un libro dedicado al cerdo (no solo) y en cuya portada aparece una ilustración de la susodicha chef con una criaturita en la mesa y unos cubiertos del tamaño de su brazo, lista para hincarle el diente. Da igual que April la pobre mona mona no sea, casi hasta me gusta más ese rollo másculino que lleva.

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En un mundo lleno de dietas, de vegetarianos (vale, no lo comparto pero lo respeto), veganos (…mejor no decir nada), llega April con sus recetas de grasa de pato, hígado de cerdo, pollo o el bicho que se le pase por la cabeza y te conquista. Con esta predisposición estaba preparada para cocinar lo que fuese de ese libro. Todo tenía una pinta para morirse. Además si April (llamarla Abril por traducir al español me parece demasiado) se caracteriza por algo, es por hacer comida sencilla, que honra las materias primas, pero a la vez por ser super detallista. Por ejemplo, puede tirarse un párrafo describiendo la forma en la que hay que cortar un rabanito para una ensalada porque quiere que consigas una textura específica que hace que ese plato sea especial. Para alguien que no cocine esto parecerá una chorrada, pero mi alma friki estaba en las nubes mientras leía estos párrafos acerca de aparentes tonterías.

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Por fin, tras mucho mirar, leer, comparar y babear, me decidí por unas cebollas rojas rellenas de salchichas. Suena bien, ¿no?. Yo ya estaba saboreando el plato antes de empezar a hacerlo. Además en la foto que sale en el libro las cebollas tienen un color tostado y la carne de la salchicha se sale por arriba, tostadita, como cuando tienes suerte y te toca un donut relleno en el que rebosa el relleno en un churretón por encima (si, soy tan glotona que a veces debo soñar con ese churretón). Había un par de cosas en la receta que no me cuadraban mucho: nata en la salsa…hmmmm no sé yo, pero decidí confiar ciegamente en April, así que llamé a mi madre, a la que le encanta hacer este tipo de encargos y le pedi 4 cebollas rojas y unas seis salchichas de carnicero. El resto de los ingredientes todos los tenemos en casa.

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Pues bien, o los transgénicos han avanzado mucho, o mi madre se emocionó o su frutero vende especies en vía de extinción porque lo que mi madre me trajo no eran cebollas, ¡eran intentos de calabaza!. ¡Qué tamaño!, ¡qué color!. Eran del rosa más bonito más profundo que te puedas imaginar – lo cual explica mi fiebre instagrameadora de ese día. Ana por Dios, ¿Cuántas fotos se le pueden hacer a unas cebollas?. Casi las enmarco. Bueno, a lo que iba con el tema del tamaño: en pleno momento de avaricia (os juro que solo lo soy para la comida), me puse a preparar las cebollas para la receta sin pensar que, puede, solo puede, que fueran un pelín grandes para asar. Sobre todo si pretendía asarlas enteras, es decir, que quedasen hechas del todo.

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La receta te pide que las ases al principio solas, con un poco de aceite, sal, agua y hierbas y que luego saques las capas centrales de la cebolla y metas la salchicha dentro para volver al horno. ¿El problema? pues que April decía que la primera cocción debía llegar hasta que pudieras introducir el cuchillo en la cebolla sin mucha resistencia. April por Dios, ¿un párrafo para decirme cómo tengo que cortar unos dichosos rabanitos y ahora me das unas instrucciones tan difusas?. Eso depende de: a) lo fuerte que seas, b) lo impaciente que seas y el hambre que tengas. A más hambre, más autoengaño y más convencerse uno mismo de que a pesar de que estás apoyando todo tu peso sobre el cuchillo para atravesar la cebolla, en realidad eso es poca resistencia y c) se me ocurren muchas más.

Pues eso, que la primera cocción tardó bastante más de lo debido. Luego encima fui a arreglarlo con la nata: 225ml de nata. Que si, April, que eres inglesa y la nata os gusta mucho. Es verdad, yo no soy cocinera y no tengo ni idea, pero ¿no crees que sustituir la nata por aceite y vino blanco habría sido buena idea y habría aligerado el plato un poquito?. Al final la segunda cocción también tardó más de la cuenta, eran las 4.30 y todavía no habíamos comido y me entraron las ansias. Saqué las cebollas, las pusimos en el plato, foto incluida, pero oye, el cuchillo parecía que encontraba la misma resistencia por parte de la dichosa cebolla que tras la primera cocción. Y eso que la condenada se había pasado otra hora en el horno a 200 y pico grados…

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Esto no debería contarlo, pero como no sé mentir que sepáis que al final decidimos partir en trozos las cebollas y meterlas otra vez al horno para que se ablandasen un poquito.

Eso sí, al día siguiente, buscando los tropezones de salchicha y cebolla en la salsa y utilizando la masa y la base se huevos y nata de la quiche de puerros, además de tres salchichas desmenuzadas que habían sobrado, quedó una quiche-tarta salada-invento para aprovechar sobras de lo más digno.

En resumen: que sigo queriendo hacer las cebollas porque ¡este plato no se me resiste! y sigo idolatrando a April, pero mira April,  te fui fiel en un primer intento, pero me temo que la siguiente vez que las haga, porque habrá próxima vez,optaré por el vinito y el aceite. Por no hablar de cebollas de un tamaño NORMAL. La receta no os la doy todavía porque ¡hay que perfeccionar!

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