Me, Myself & My Kitchen

Mes: abril, 2013

Un picnic más veraniego que primaveral y el ser tía por un rato

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Ayer tuve la brillante idea de montar un picnic en el retiro. Digo brillante y no original porque parece que era el plan elegido por la mitad de la población de la capital, de la comunidad autónoma y si te descuidas de los guiris. Debe ser que tanta lluvia nos ha dejado trastornados y con un rayo de sol que vemos nos volvemos como los ingleses o los alemanes (menos por lo de quitarnos la ropa y bañarnos en fuentes públicas…por ahora…). Eso sí, he descubierto que hay muchos tipos de picnics: sencillos (bocata y toalla en el suelo o ni eso), domingueros (mesas, sillas, tortilla de patata, casera (la bebida, no que la tortilla esté hecha en casa), pijos (con tacones, gafas de sol y la poca comida que hay, comprada en Mallorca) y, finalmente, los que a mí en particular me parecen un despropósito: con el polo de hackett y la copa de balón en la mano a las 5 de la tarde rodeado de niños “inocentes” correteando…

Como parecía requisito indispensable llevar niños para que ayer te dejasen entrar en el retiro, eché mano de mi amiga Beita y sus retoños: Hugo & Ingrid para que nos dejasen pasar al resto. Si no es por ellos veo que me quedo con el carro de la compra en la puerta. SI si, lo habéis leído bien: aquí una servidora no sabe hacer picnics de los mencionados en el párrafo anterior. Yo solo sé hacer picnics de motivados. ¿Eso qué es? Pues un picnic con toallas monas de estas que parecen pareos, tablas de madera, platos de loza, vasos de cristal, comida home made y…ojo….¡cojines!. Lo de los cojines parece una pijada, pero en el momento siesta vienen como anillo al dedo, así que si de todo mi repertorio algo fue imprescindible, ¡fueron los cojines!.

Obviamente, y a pesar de que Elena odia el carro de la compra a muerte, yo, visto el peso de todos los enseres que había que llevar al parque, aproveché un momento que se metió en la ducha para que no me echase la bronca para meterlo todo de cualquier manera en el carro. Esa es otra: mamá, no sé por qué te entretienes tanto con el papel de periódico y los trapos, embala que te embala, si yo siempre lo meto todo de cualquier manera y hasta hoy no se me ha roto nada. Nada en el carro, en otros momentos se me ha roto casi todo…

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Como entretenimiento al margen de la comida (y la siesta) tuvimos vertiente masculina y femenina: Hugo llevó pelota de fútbol y cartas para todos los públicos (un juego que se llama uno y al que todo el mundo menos yo había jugado antes) y digamos que Ingrid se dejó querer. Se dejó querer por sus dos “monitores” Marta y Elena que hicieron que más que en el retiro Ingrid se sintiese como en un Spa. Tuvo hasta circuito y todo: primera parada “chez Elena” para una manicura y una sesión de pintalabios. Después de eso Ingrid se animó y nos anduvo pintando los labios a Bea y a mí. Digamos que los resultados no fueron tan “instagrameables”…Como segunda, o tercera estación de la gymkana, Ingrid disfrutó de una sesión de peluquería “chez Marta”. Marta es capaz de hacer trenzas de raíz, de punta, de espiga, coronas y todo lo que se te pueda ocurrir. En el caso de Ingrid: nada de dos trenzas de niña típicas. No señores, dos trenzas de raíz como Dios manda, que ni la bloguera más fashion del momento.

Ingrid, como veis en las fotos no solo es la niña más guapa del mundo sino que la muy salada posa que ya nos gustaría a muchas. Lo mismo se mete en su mundo de pintar en un cuaderno que nos tiene a todas revolucionadas pintándola, peinándola o simplemente escuchando como nos confiesa (a sus tres añitos) que a ella le gusta el chocolate, pero “el negro”. ¡Es que es guay hasta para eso!.

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Hugo el pobre, de tanta sesión de belleza pasó y se dedicó a hacerse amigo de los hijos de los transeúntes para ver si alguien jugaba con él al fútbol. Nosotras, más que por femeninas, por vagas, tirábamos por la opción fácil de pintar y peinar y aparte de jugar con él a las cartas en tema fútbol poco contribuimos…

Para comer hice algunos de los grandes hits de este año y una pequeña novedad:

Una quiche de puerro y calabacín. Ultimamente utilizo la base de la quiche y la cantidad de huevos y nata del relleno para cualquier cosa y ¡siempre sale bien!. Hasta los niños se la comían. Más que verdura parece que lleva bacon…

– Una ensalada de pera, roquefort sin las nueces. No es un nombre artístico, es que las nueces se me olvidaron…

– Una ensalada de rúcula, rabanitos y una vinagreta de parmesano, aceite y zumo de limón

Unos tomates que no sé si decir que son asados, confitados…solo sé que los eches donde los eches, le dan gracia a todo y son súper fáciles de hacer.

– Queso de cabra, jamón, pan. Esto ya no lo hice yo…

y de postre…

– Un mini bizcocho de chocolate y castañas. Porque el haberlo hecho ya unas 13 o 14 veces no es suficiente

– Unas tartaletas de fresa medio improvisadas ayer por la mañana que nos encantaron.

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Y ahí voy a parar hoy: a las tartaletas.¿Os acordáis de la tarta fina de manzana que le encanta a todo el mundo?. Pues yo cada día estoy más enamorada de esa masa. Ayer en lugar de cubrirla de azúcar glás y manzana, la cubrí de fresas maceradas en azúcar y vinagre de módena, espolvoreé un poco más de azúcar, y dejé caer (¡qué poético!) unos trocitos de crumble de almendra, azúcar moreno y romero por encima…El resultado: para morirse. Cada día estoy más convencida de que esta masa es el hijo bastardo del hojaldre. Los bordes, que es donde no hay ni líquido de las fresas, ni peso, suben como si fuese hojaldre estirado muy fino. Si además se carameliza un poco el azúcar en esa zona….¿salivando ya?.

El relleno de la tarta surgió porque la combinación de las fresas con el vinagre de módena es más vieja que la tarara, pero ultimamente había visto una mermelada que también llevaba romero y con lo que me gusta a mí mezclar hierbas que se usan típicamente en platos salados en postres…tuve que probar. Decidí no pasarme con el romero porque no es para todos los públicos y no se notaba mucho, pero la próxima vez (porque habrá próxima vez seré más valiente). La combinación de las fresas y el cruble me encantó: las unas suaves y con un puntito de acidez, y lo otro crujiente y con un puntito dulce.

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¿El problema? El de siempre: que cuando voy por libre y me invento una receta o adapto una conocida, ni peso, ni mido ni nada…Voy probando y más o menos parece que sale bien. De todas formas intentaré poner una guía aproximada de cómo hacerlo y cuando vuelva a improvisar PROMETO hacerlo con la balanza, el boli y el papel.

Mientras tanto ¡ahí va!

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El tamaño importa…

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…y donde más importa es cocinando. No estoy de coña, no es lo mismo cocer unas patatas de 100gr que unas de 750gr. Y lo más importante: no sólo hay que tener en cuenta el tamaño, sino que no hay que obsesionarse con conseguir el más grande que haya en la frutería. Me explico. Desde que me compré el libro de April Bloomfield llevo babeando por él. A decir verdad, desde que descubrí que esta chef inglesa que vive en Nueva York tenía un libro que se llamaba “Una chica y su cerdo”, “A Girl and her Pig”, decidí que quería ese libro. ¡Qué narices! ¡Necesitaba ese libro!. Dios mío, pero si el mejor olor que puede haber en el mundo es el del bacon friéndose…imaginaros un libro dedicado al cerdo (no solo) y en cuya portada aparece una ilustración de la susodicha chef con una criaturita en la mesa y unos cubiertos del tamaño de su brazo, lista para hincarle el diente. Da igual que April la pobre mona mona no sea, casi hasta me gusta más ese rollo másculino que lleva.

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En un mundo lleno de dietas, de vegetarianos (vale, no lo comparto pero lo respeto), veganos (…mejor no decir nada), llega April con sus recetas de grasa de pato, hígado de cerdo, pollo o el bicho que se le pase por la cabeza y te conquista. Con esta predisposición estaba preparada para cocinar lo que fuese de ese libro. Todo tenía una pinta para morirse. Además si April (llamarla Abril por traducir al español me parece demasiado) se caracteriza por algo, es por hacer comida sencilla, que honra las materias primas, pero a la vez por ser super detallista. Por ejemplo, puede tirarse un párrafo describiendo la forma en la que hay que cortar un rabanito para una ensalada porque quiere que consigas una textura específica que hace que ese plato sea especial. Para alguien que no cocine esto parecerá una chorrada, pero mi alma friki estaba en las nubes mientras leía estos párrafos acerca de aparentes tonterías.

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Por fin, tras mucho mirar, leer, comparar y babear, me decidí por unas cebollas rojas rellenas de salchichas. Suena bien, ¿no?. Yo ya estaba saboreando el plato antes de empezar a hacerlo. Además en la foto que sale en el libro las cebollas tienen un color tostado y la carne de la salchicha se sale por arriba, tostadita, como cuando tienes suerte y te toca un donut relleno en el que rebosa el relleno en un churretón por encima (si, soy tan glotona que a veces debo soñar con ese churretón). Había un par de cosas en la receta que no me cuadraban mucho: nata en la salsa…hmmmm no sé yo, pero decidí confiar ciegamente en April, así que llamé a mi madre, a la que le encanta hacer este tipo de encargos y le pedi 4 cebollas rojas y unas seis salchichas de carnicero. El resto de los ingredientes todos los tenemos en casa.

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Pues bien, o los transgénicos han avanzado mucho, o mi madre se emocionó o su frutero vende especies en vía de extinción porque lo que mi madre me trajo no eran cebollas, ¡eran intentos de calabaza!. ¡Qué tamaño!, ¡qué color!. Eran del rosa más bonito más profundo que te puedas imaginar – lo cual explica mi fiebre instagrameadora de ese día. Ana por Dios, ¿Cuántas fotos se le pueden hacer a unas cebollas?. Casi las enmarco. Bueno, a lo que iba con el tema del tamaño: en pleno momento de avaricia (os juro que solo lo soy para la comida), me puse a preparar las cebollas para la receta sin pensar que, puede, solo puede, que fueran un pelín grandes para asar. Sobre todo si pretendía asarlas enteras, es decir, que quedasen hechas del todo.

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La receta te pide que las ases al principio solas, con un poco de aceite, sal, agua y hierbas y que luego saques las capas centrales de la cebolla y metas la salchicha dentro para volver al horno. ¿El problema? pues que April decía que la primera cocción debía llegar hasta que pudieras introducir el cuchillo en la cebolla sin mucha resistencia. April por Dios, ¿un párrafo para decirme cómo tengo que cortar unos dichosos rabanitos y ahora me das unas instrucciones tan difusas?. Eso depende de: a) lo fuerte que seas, b) lo impaciente que seas y el hambre que tengas. A más hambre, más autoengaño y más convencerse uno mismo de que a pesar de que estás apoyando todo tu peso sobre el cuchillo para atravesar la cebolla, en realidad eso es poca resistencia y c) se me ocurren muchas más.

Pues eso, que la primera cocción tardó bastante más de lo debido. Luego encima fui a arreglarlo con la nata: 225ml de nata. Que si, April, que eres inglesa y la nata os gusta mucho. Es verdad, yo no soy cocinera y no tengo ni idea, pero ¿no crees que sustituir la nata por aceite y vino blanco habría sido buena idea y habría aligerado el plato un poquito?. Al final la segunda cocción también tardó más de la cuenta, eran las 4.30 y todavía no habíamos comido y me entraron las ansias. Saqué las cebollas, las pusimos en el plato, foto incluida, pero oye, el cuchillo parecía que encontraba la misma resistencia por parte de la dichosa cebolla que tras la primera cocción. Y eso que la condenada se había pasado otra hora en el horno a 200 y pico grados…

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Esto no debería contarlo, pero como no sé mentir que sepáis que al final decidimos partir en trozos las cebollas y meterlas otra vez al horno para que se ablandasen un poquito.

Eso sí, al día siguiente, buscando los tropezones de salchicha y cebolla en la salsa y utilizando la masa y la base se huevos y nata de la quiche de puerros, además de tres salchichas desmenuzadas que habían sobrado, quedó una quiche-tarta salada-invento para aprovechar sobras de lo más digno.

En resumen: que sigo queriendo hacer las cebollas porque ¡este plato no se me resiste! y sigo idolatrando a April, pero mira April,  te fui fiel en un primer intento, pero me temo que la siguiente vez que las haga, porque habrá próxima vez,optaré por el vinito y el aceite. Por no hablar de cebollas de un tamaño NORMAL. La receta no os la doy todavía porque ¡hay que perfeccionar!

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