Me, Myself & My Kitchen

Mes: marzo, 2013

El no hacer las cosas cuando hay que hacerlas

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Hay gente que parece que siempre hace las cosas en el momento justo, gente organizada a la que le da tiempo a todo. Yo no soy una de esas personas. No sé cómo, muchas veces me veo haciendo algo a toda prisa y pensando: “pero ¿quién me manda a mí ponerme a hacer esto ahora precisamente?”. Pues a veces me mandan las prisas, a veces mis ganas de hacerlo TODO y a veces la nevera.

Las prisas está claro, mis ganas de hacerlo todo, también, pero la nevera es la más perversa de las tres razones. De hecho en el fondo la culpable sigo siendo yo por haber hecho una compra un día pensando que tengo el ritmo de producción en la cocina de Jamie Oliver. Como no es así, en la nevera se van acumulando los plátanos, calabacines (en serio Ana, cómpralos de uno en uno, no de tres en tres) y la semana pasada el ruibarbo.

El tema del ruibarbo es todavía más grave que si se tratase de una mísera pera o manzana. No me gusta tirar nada a la basura, pero ¿tirar ruibarbo? con lo carísimo que es y lo “facilísimo” que es encontrarlo. NI DE COÑA. Ya pueden ser las doce de la noche, puede llamar a mi puerta el marido de Fergie, que yo tengo que hacer algo con el ruibarbo.

Eso fue, más o menos, (sin el marido de Fergie) lo que me pasó el sábado pasado. Nos íbamos a Lisboa el día siguiente, la casa patas arriba, la maleta no es que estuviese sin hacer, es que estaba sin conceptualizarse siquiera, la tarde iba avanzando y yo, para variar, tan tranquila. Tan tranquila estaba que, para aprovechar el ruibarbo al máximo, decidí buscar no una, sino DOS recetas para hacer. Porque sí, porque yo lo valgo, porque cocino a la velocidad del sonido. Además ya puestos decidí hacer casi un reportaje fotográfico. ¿Por qué? Pues porque es tan bonito, tan rosa y lo consigo tan pocas veces al año que la maleta era lo que menos me importaba en el mundo.

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Luego me pasó otra de las cosas que me pasa siempre: la nevera tendría ruibarbo por un tubo pero huevos NI UNO. Vístete (por ahora no estoy tan mal como para bajar al super en pijama), coge el bolso, el monedero, baja espera la cola y todo ¿para qué? para media docena de huevos…Si si, solo para eso y un paquete de rúcula, que fue la única concesión que tuve por parte de Elena, la reina de la razón y el racionamiento cuyo lema para ese día fue: “si nos vamos mañana Ana, no compres más comida y acaba lo que hay”. Así visto en frío es un lema de lo más razonable, pero si es por mí, habríamos cenado algo del libro de April Bloomfield o de Jerusalem, con las sobras correspondientes.

De vuelta al ruibarbo: al final, OBVIAMENTE no me dio tiempo a hacer las dos recetas que tenía pensadas. Elena y todo el que lea esto seguro que podéis decir: “lo sabía”, y yo en el fondo también debía saberlo, pero como todos nos hacemos los tontos con algunas cosas en la vida empezar empecé las dos. Una la acabé: los bizcochos de ruibarbo y harina de sarraceno de las fotos y con la otra me quedé a medio camino. Es un bizcocho de polenta (a falta de polenta iba a usar harina de maíz) y una compota de ruibarbo. La compota la hice, la metí en bolsas y está esperándome en el congelador, con lo cual el objetivo de utilizar el ruibarbo al completo por lo menos lo cumplí.

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Los muffins/bizcochos de las fotos son una adaptación de una receta del libro de Aran Goyoaga, la chica del blog Cannelle et Vanille. Por ahora todo lo que he probado del libro (dulces) me ha encantado, pero he de reconocer que simplifico: esta chica debe tener una despensa que quién pudiera porque todas las recetas incluyen listas de ingredientes del tipo: 30gr harina de arroz, 30gr harina de mijo, 60gr harina de castañas. Mira…¡como que no!. Seguro que si las seguís al pie de la letra están mejores, tienen unos matices buenísimos de las distintas harinas, pero ¡ánimo con la compra!. Por eso al final acabo simplificándolas y la verdad es que las recetas son tan buenas que aguantan mis interferencias.

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Hay que tener cuidado al sustituir ingredientes en recetas de repostería. No vale todo. Lo mismo que haciendo un cocido pesar todos los ingredientes me parece ridículo y contra natura, en un bizcocho como no peses la harina, la levadura, la mantequilla y cada cosa tenga su proporción correcta, puede que no salga como tiene que salir. En general cuando ve recetas con ingredientes raros, suelo acudir a esta página para buscar ayuda. A partir de ahí creo que es un poco práctica y sentido común: en el caso de estos bizcochos, al llevar harinas integrales, hay que tener cuidado al sustituir unas harinas por otras. Del libro de Kim Boyce, “Good to the Grain”, por ejemplo, aprendí que si haces un bizcocho solo con harina de sarraceno corres el riesgo de que la miga no te salga esponjosa. Por eso, al hacer las sustituciones, incluí harina normal de toda la vida para asegurarme de que funcionase. La gente que es intolerante al glúten puede que no pueda hacer esto y por eso Aran en e libro de las listas de ingredientes infinitos ha encontrado combinaciones de muchos ingredientes que consiguen un resultado parecido o mejor al que obtendrías con harina normal. Lo que quiero decir es que poco a poco, a base de ir haciendo cosas, cada uno va desarrollando un instinto y, en función de lo que quiere/necesita puede ir jugando con las recetas.

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Mi adaptación de estos bizcochos quedó bastante resultona. No siempre me han salido bien los bizcochos con parte bizcocho, parte de fruta y parte de “crumble/streusel” o como queráis llamarlo por encima. Es difícil que la fruta no suelte demasiada agua, que el crumble no se apelmace, pero esta vez la combinación fue perfecta. Además tienen la combinación perfecta de dulce y ácido: el ruibarbo mantiene un punto de acidez y frescor, mientras que el crumble le da un punto dulce y distinto gracias a la harina de sarraceno. Podéis sustituir otras frutas en la receta, pero lo mismo de antes: buscando frutas que se parezcan al ruibarbo en cuanto a sabor y contenido en agua.

PS: Imagino que todos estamos igual y que estáis hartos de oir siempre lo mismo, pero os lo juro, llevo varias semanas que NO ME DA LA VIDA. A veces me entran ganas de volverme un ente asocial y encerrarme en casa a hacer “mis cosas”. Os debo fotos del “Baking Workshop” de Kinfolk, os debo alguna receta del libro nuevo de April Bloomfield que me tiene loca y alguna cosa más. A ver si, a pesar de que todo el mundo anuncia la primavera en instagram con los árboles de las florecillas rosas (fue mi forma de enterarme de que había llegado), con la lluvia que estamos teniendo me encierro un poco en casa y me pongo al día.

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Kinfolk en Madrid

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Elena y yo llevamos guardando un secreto un par de semanas, pero ya por fin ha salido a la luz. ¿Por qué? Pues porque siempre hablo demasiado y demasiado pronto y acabo metiendo la pata. Alguna vez hasta he dado la enhorabuena a una futura novia pensando que era de buena educación antes de que ella se lo quisiese contar a nadie…

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Esta vez me ha costado, pero he aguantado, así que ya toca ir contando (gracias a Dios). Conocéis la revista Kinfolk, ¿verdad?. Sí, esa que ves y quieres automáticamente teletransportarte allí donde estén haciendo la merendola en medio del campo con un fuego que han hecho ellos, un mantel chulísimo y unas flores preciosas. Bueno, pues un día, en plena divagación de las mías se me ocurrió que por qué no mandábamos un mail a la tal Julie que aparece como contacto en la página de “Events” de la página web. Ponía que la escribieras si querías participar y otra cosa no, pero participar queríamos si o si, aunque fuese como el pringado que guarda los balones en las pelis de fútbol americano. Fue de estos mails que mandas pensando: si, seguro que la tal Julie en Oregon lo primero que hace es contestarme a mí, “ni su” de Madrid…

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Pues si, resulta que Julie es un cielo de chica que, no solo contesta, sino que nos dijo que le encantaría que participásemos en los “Gatherings” que están montando para el 2013 y nos mandó una lista con las distintas temáticas de cada mes para que eligiésemos los que más nos apetecía hacer. A Elena y a mí casi nos da un soponcio. Yo creo que fui incapaz de concentrarme el resto de la mañana del viernes en el trabajo.

Concretando que tampoco queda tanto: este mes empiezan los “gatherings” y empiezan con uno de mis temas favoritos: un workshop que impartimos los colaboradores que nos hemos apuntado a participar en los distinos países cuya temática es preparar dulces con harinas integrales. Haremos galletas, tartas como por ejemplo la buena buenísima de manzana y unas cuantas sorpresas más. 

Si os queréis apuntar el taller será el sábado 16 de marzo de 6 a 10 en nuestra casa y os dejo el link de la venta de entradas. Os esperaremos aquí, con unas cuantas recetas y otras tantas sorpresas. ¡Parece que ya tengo algo que hacer este fin de semana!

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Un desayuno como mi abuela manda

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Mi abuela siempre dice, y tiene razón, que hasta la cosa aparentemente más sencilla se puede hacer bien o mal. Pues va a ser que sí, abuela, que tienes razón. Se ve que esos ochentaicinco años dando vueltas por aquí sirven de algo. El ejemplo más fácil que se me ocurre para demostrar la teoría de mi abuela es una de las tareas de la casa que menos me gusta: tender. Sí, tender. Se puede hacer bien y se puede hacer mal. Aquí donde me veis yo soy de las segundas. Creo que al paso que voy debería apartar parte de mi sueldo para el presupuesto de pinzas. Soy INCAPAZ de tender una lavadora sin que se me caiga algo. Afortunadamente suelen ser pinzas y no ropa, pero ha habido de todo. A estas alturas el patio de casa debe estar repleto de los pequeños regalitos que dejo caer. Pero es que aunque parezca la cosa más fácil que te puede tocar hacer cuando vives solo/a, no lo es. Ni fácil, ni rápido. En el tiempo que tardo yo en tender una lavadora (con algún whatsapp, email, cambio de canción y visita a la nevera incluida), ¡limpio dos baños!. Además yo juraría que estiro la ropa, pero casualmente cuando me encargo yo de ésta, mi querida labor, todo aparece hecho un higo en el montón de la ropa para planchar, mientras que cuando se encarga otro/a, a veces ¡va directo al armario, ni plancha ni nada!. Esa es otra: destiende para luego seleccionar, buscar la pareja perdida del calcetín puñetero…un peñazo. Estoy empezando a pensar que comprar 50 pares de calcetines, para que todos vayan con todos no es mala idea del todo…

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Con los pancakes/tortitas pasa lo mismo. Los hace cualquiera, hay infinidad de recetas…¡qué narices! si los comes hasta en el vips. Pues bien, esto, como todo, se puede hacer bien o mal. Yo hoy os voy a demostrar que se puede hacer mejor que bien, que la dueña de Rose Bakery es una de mis nuevos ídolos y que pienso hacer casi todas las recetas de su libro. Leyéndolo te dan ganas de irte a vivir a Paris o de montar un localillo con su filosofía: todo lo que hacen es casero, del día, tienen cajas de fruta expuestas para que las veas, un mostrador con las ensaladas del día, las quiches (ya os dije en la entrada anterior que la masa quebrada es la mejor que he probado) y creo que detrás de todo esto, una encimera metálica sobre la que, precisamente los que te sirven las ensaladas, los bizcochos y las quiches preparen allí todo lo que te vas a comer horas o minutos después. Un sueño hecho realidad…

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Los pancakes de hoy, junto con un zumo, un café, algo de fruta y el indispensable sirope de arce son, probablemente, uno de los mejores desayunos que vas a probar. Si digo desayuno es por la hora, porque también lo puedes convertir en comida, merienda o incluso en cena. Olvídate de las tortitas que parecen medio de plástico, sintéticas en las que no notas la diferencia entre el exterior y el interior. Aquí lo notas. Vaya si lo notas. La parte de dentro se queda esponjosa, mientras que en la parte de fuera, gracias a la mantequilla consigues una especie de costra que, ojo, crujir no cruje, pero tiene un punto crujiente que, junto con el sirope de arce, el interior esponjoso, unas rodajas de plátano o de fresa…son una experiencia religiosa.

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