El Puerro: descubrimiento del 2013, Primera Parte

por memyselfandmykitchen

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El Puerro es una verdura aparentemente humilde, que se encuentra en cualquier sitio y que, aparentemente no tiene nada especial. ¡Unas narices!. El puerro es, probablemente junto con el bacon, de los ingredientes que más sabor le dan a CUALQUIER cosa que cocines con ellos. Es alucinante. En realidad no es algo nuevo, ni para mí (no soy tan paleta), ni para nadie, pero este 2013 he hecho dos platos que me han encantado con puerro y desde entonces no hay marcha atrás: querido puerro, ¡eres mi prefe!. Todavía no has superado al bacon, pero sospecho que pronto juntaré a los dos amores de mi vida en un plato estrella que se convertirá en lo que querré comer el resto de mis días. Mientras tanto os dejo con la primera entrega de “El Puerro”: su versión integrada en una quiché junto a un poco de calabacín, algo de tomillo y queso parmesano. ¡A babear!

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¿Una quiche? ¿en serio?. Pues si. Llámala quiche, tarta salada o como quieras. Y que conste que yo siempre he pensado que las quiches eran el típico invento francés que, gracias a nuestra vagancia había degenerado en lo que todo el mundo llevaba a una cena de amigos, pero que yo siempre hacía como que no veía. Hablo de las quiches a base de pasta brisa comprada (y poco horneada), queso malo, bacon peor, con el huevo tan cuajado que parece plástico o líquido que da como repelús comérselo. Una que es un poco especialita con el huevo (le quito el alien ese que se convertirá en pollito que cuelga amenazante de la yema) lo pasaba un poco mal con tanto desastre de quiche. A veces recurría a los trucos de siempre: pan y agua: pan con cada bocado y agua entre bocado y bocado. Vale, igual me he pasado, pero ya sabéis lo que quiero decir. Y ojo que a este paso acabamos igual con las tortillas de patatas. Con eso sí que no puedo, así que mejor ¡ni empiezo!.

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Bueno pues las quiches son como todo: cuando algo se hace bien, con cariño y con tiempo, están que te mueres. Y no es difícil, ojo. Y sí, hay que hacer la masa, pero en serio, es mezclar cuatro ingredientes y ¡ya está!. La receta de hoy es una mezcla de la masa base de las quiches de Rose Bakery y lo que tenía en la nevera con la inspiración del libro de La Tartine Gourmande, del que saqué el mega truco de rallar el calabacín. Un hallazgo lo de rallar la verdura: por un lado se nota más el sabor y por otro lado te dejas de texturas raras, de verduras crudas al lado de verduras pasadas y tropezones grandes (argg). Además se reparte mejor dentro de la quiche y te sale una textura más uniforme. ¡Todo ventajas!. Ah y la masa de Rose Bakery: otro descubrimiento. Hay que tener cuidado de cocerla bien antes de echar el relleno de los huevos y la verdura, pero es una masa que se queda crujiente, que se deshace y se despedaza y que encima es fácil de manejar. Aquí la clave es mezclar la mantequilla con la harina estando la primera fria para que de hecho no se mezcle bien y al cocer, salgan huecos de aire que hacen que una vez que muerdes la masa quiebre (¿por eso se llamará masa quebrada?) y se desmenuce en la boca en lugar de tener que asegurarte los dientes antes de morderla.

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Otra ventaja es que, como todas las quiches, se puede tomar a temperatura ambiente, así que hace un par de semanas fue el “tupper” del día. Eso sí, según salió del horno por la noche decidimos meterle mano y acabó siendo cena de un día y comida del siguiente. Con una ensalada de rúcula e hinojo, perfecta. De hecho si del tiempo está buena, recién hecha es la encarnación del David de Miguel Angel en quiche: huele que te mueres. Es prácticamente imposible hacerla y no probarla, os lo juro. Con deciros que Elena, que es más especialita que yo con el huevo y peor con las quiches precongeladas me pidió que la volviese a hacer otro día, ¡os lo digo todo

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receta

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