Me, Myself & My Kitchen

Mes: febrero, 2013

El Puerro: descubrimiento del 2013, Primera Parte

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El Puerro es una verdura aparentemente humilde, que se encuentra en cualquier sitio y que, aparentemente no tiene nada especial. ¡Unas narices!. El puerro es, probablemente junto con el bacon, de los ingredientes que más sabor le dan a CUALQUIER cosa que cocines con ellos. Es alucinante. En realidad no es algo nuevo, ni para mí (no soy tan paleta), ni para nadie, pero este 2013 he hecho dos platos que me han encantado con puerro y desde entonces no hay marcha atrás: querido puerro, ¡eres mi prefe!. Todavía no has superado al bacon, pero sospecho que pronto juntaré a los dos amores de mi vida en un plato estrella que se convertirá en lo que querré comer el resto de mis días. Mientras tanto os dejo con la primera entrega de “El Puerro”: su versión integrada en una quiché junto a un poco de calabacín, algo de tomillo y queso parmesano. ¡A babear!

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¿Una quiche? ¿en serio?. Pues si. Llámala quiche, tarta salada o como quieras. Y que conste que yo siempre he pensado que las quiches eran el típico invento francés que, gracias a nuestra vagancia había degenerado en lo que todo el mundo llevaba a una cena de amigos, pero que yo siempre hacía como que no veía. Hablo de las quiches a base de pasta brisa comprada (y poco horneada), queso malo, bacon peor, con el huevo tan cuajado que parece plástico o líquido que da como repelús comérselo. Una que es un poco especialita con el huevo (le quito el alien ese que se convertirá en pollito que cuelga amenazante de la yema) lo pasaba un poco mal con tanto desastre de quiche. A veces recurría a los trucos de siempre: pan y agua: pan con cada bocado y agua entre bocado y bocado. Vale, igual me he pasado, pero ya sabéis lo que quiero decir. Y ojo que a este paso acabamos igual con las tortillas de patatas. Con eso sí que no puedo, así que mejor ¡ni empiezo!.

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Bueno pues las quiches son como todo: cuando algo se hace bien, con cariño y con tiempo, están que te mueres. Y no es difícil, ojo. Y sí, hay que hacer la masa, pero en serio, es mezclar cuatro ingredientes y ¡ya está!. La receta de hoy es una mezcla de la masa base de las quiches de Rose Bakery y lo que tenía en la nevera con la inspiración del libro de La Tartine Gourmande, del que saqué el mega truco de rallar el calabacín. Un hallazgo lo de rallar la verdura: por un lado se nota más el sabor y por otro lado te dejas de texturas raras, de verduras crudas al lado de verduras pasadas y tropezones grandes (argg). Además se reparte mejor dentro de la quiche y te sale una textura más uniforme. ¡Todo ventajas!. Ah y la masa de Rose Bakery: otro descubrimiento. Hay que tener cuidado de cocerla bien antes de echar el relleno de los huevos y la verdura, pero es una masa que se queda crujiente, que se deshace y se despedaza y que encima es fácil de manejar. Aquí la clave es mezclar la mantequilla con la harina estando la primera fria para que de hecho no se mezcle bien y al cocer, salgan huecos de aire que hacen que una vez que muerdes la masa quiebre (¿por eso se llamará masa quebrada?) y se desmenuce en la boca en lugar de tener que asegurarte los dientes antes de morderla.

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Otra ventaja es que, como todas las quiches, se puede tomar a temperatura ambiente, así que hace un par de semanas fue el “tupper” del día. Eso sí, según salió del horno por la noche decidimos meterle mano y acabó siendo cena de un día y comida del siguiente. Con una ensalada de rúcula e hinojo, perfecta. De hecho si del tiempo está buena, recién hecha es la encarnación del David de Miguel Angel en quiche: huele que te mueres. Es prácticamente imposible hacerla y no probarla, os lo juro. Con deciros que Elena, que es más especialita que yo con el huevo y peor con las quiches precongeladas me pidió que la volviese a hacer otro día, ¡os lo digo todo

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El invierno

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No hay nada mejor que comer manzanas en otoño y melón en verano, ¿no?. Pues entonces ¿por qué no hago más que ver cerezas en todos los puestos de fruta de mercados y supermercados?. ¿Somos tontos?. Para que se pudran está claro que no las tienen, así que alguno/a debe haber por ahí que las compra. Y lo digo yo que soy lo más ansioso e impaciente que hay en el mundo. Si yo me puedo esperar a junio, ¡tú también!.

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A veces es difícil, lo sé. El invierno es un poco rollo. Yo me puedo comer dos magnum dobles de caramelo (si, de esos que no sé quien decidió que ya no se venderían en formato normal, solo en formato chiquitito…arggg) pero me enfrento a una manzana yo sola…y es como subir el everest. No es que esté mala, está buena, pero es de un aburrido…Además te la comes y a la hora ya estás de vuelta al cajón de los carbohidratos.

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Para no caer en una profunda depresión, hay que aprovechar lo que solo hay en invierno o, lo que solo pega comer en invierno. En este caso ¡castañas!. Mi furia castañera nació un día en Maricastaña (joe, que rebuscado, aquí todo rima, básicamente porque estoy repitiendo la palabra castaña unas 5 o 6 veces), cuando probé el típico coulant de toda la vida, pero que resultó no ser tan típico. El camarero dijo muy rápido coulant de castañas y chocolate y nosotros nos quedamos pensando…¿el coulant lleva las dos cosas o tienes uno de cada?. Como suele pasar, creíamos que era lo segundo y pedimos el de chocolate, pero para mi gozo acabó siendo lo primero. En realidad era un bizcocho jugoso de castañas con una salsa de chocolate. Mmmmmm. Desde ese día le recordaba a Elena que tenía que hacer algún bizcocho de castañas unas 50 veces al día. No sé de qué pensaba que me iba a servir: ni compraba los ingredientes, ni me ponía a hacerlo, pero yo se lo decía.

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Luego llegó nochebuena e hice lo que suelo hacer: “Elena, he visto que en Petra y Mora tienen crema de castañas”, le dije un par de veces a lo largo del día. Para que os vayáis situando, como no somos de dejar las cosas para el último minuto ni nada ese día compramos, por la mañana (y por separado), los regalos la una de la otra. Por la tarde, cuando ya te echan de las tiendas, compramos los del resto de la familia. Pues en la excursión vespertina (creo que por la tarde “en fino” se dice así) le pregunté de forma indiscreta si había “pillado mi indirecta” de las castañas. “Que sí, Ana que sí”, contestó ella, “pero no tenían crema, tenían puré y harina”. “Pues hija Elena, quien dice crema dice puré” repuse yo. Cualquier otra persona a estas alturas me habría mandado a freir espárragos trigueros. Se nos echaba la tarde encima y yo iba dando a entender que no estaría mal pasarse a por lo que ella no habría comprado. Después de años y años de aguantarme, Elena ha debido desarrollar un callo o algún tipo de inmunidad a mi pesadez, así que 10 minutos después allí estábamos, en Petra y Mora, comprando, no solo el puré, sino la harina también (por si acaso porque todavía no tenía ninguna receta en mente).

Eso fue el 24 de diciembre, ¿no?. Con todas las prisas del mundo, ¿no?. Pues nada, hasta ayer, 10 de febrero, no he tocado los botes de castañas en sus dos estados más que para colocarlos y descolocarlos de la encimera de la cocina, donde estaban de adorno, cada vez que tocaba fregarla. ¡Pa matarme!

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Pues la espera debió merecer la pena porque parece que este bizcocho (y alguna cosa más) es la cura para todo porque hoy he llegado a casa y entre el frio y que andaba un poco choff (vaya usted a saber por qué si a veces ni yo me entiendo) y me lo he comido de merienda. Bueno, puntualizo: he calentado unos spaguettis que sobraron de ayer, he cogido una onza de chocolate lindt y, al ver el bizcocho ahí, dentro de la cúpula que forma la tartera de ikea, y no teniendo pan a mano, le he metido unos cuantos viajes. Y es que no sé qué es, pero este bizcocho tiene algo…Es de esos que coges un trozo, te vas, vuelves, te vas, vuelves…Tiene un sabor especial: ni a chocolate exactamente n a castaña y no es demasiado dulce. No sé si será porque el puré de castaña que usé no era dulce, pero me ha encantado. Además la textura es el paraíso en forma de bizcocho: ligera, pero con cuerpo. En serio, es un bizcocho que tenéis que hacer. Yo de hecho estoy pensando en acabar los 300 y pico gramos de puré de castañas que me quedan en una reedición….( sí, como siempre he abierto un bote para echar algo más de un par de cucharadas)

La receta la podéis encontrar aquí. Yo como harina usé harina de espelta que era lo que tenía y, en lugar de las galletas “amaretti”, unas que llevábamos buscando Elena y yo un par de semanas: las speculoos de la marca Lotus que te ponen en paquetitos de dos con el café en muchas cafeterías.

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Un secreto…

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Un secreto es algo que, en teoría, no puedes contar a nadie. En teoría. En la práctica, o por lo menos en la mía, todo el mundo tiene alguien a quien acaba contándoselo todo. O por que es como tu hermano/a o porque total, como no está relacionado con los protagonistas del secreto… ¿quién se va a enterar?. Pues todo el mundo. Porque basta que te digan que es un secreto para que te entren unas ganas irrefrenables de contarlo. Porque nos gusta lo prohibido o porque somos curiosos (cotillas vamos) ¡y punto!.De hecho lo mismo en formato “no secreto” no se lo contarías a nadie: lo escucharías y probablemente ni lo almacenarías en el cerebro.   El cuchicheo a veces es más eficiente que el mejor megáfono del mundo y del secreto se entera casi hasta el protagonista por terceras personas. Pues con la entrada de hoy, hacemos eso, ¿vale?. Yo “os cuento un secreto, pero no se lo podéis contar a nadie” (guiño guiño).

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El secreto es que esta es una tarta de manzana de las que le gustan hasta al que jura y perjura odiar las tartas de manzanas, que es tan bonita que dan ganas de enmarcarla y que encima es fácil fácil fácil. ¡Ale, ya lo he dicho!. Además viene con garantía de calidad sellada y certificada por unos cuantos conejillos de indias: una vez que la prueban o quieren la receta o una re edición.

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Realmente llevo haciendo esta receta en moldes pequeños de tartaleta más de un año y si, triunfaba, pero ha sido ponerla en formato “extraplano” y la cosa se me ha ido de las manos. Es curioso, pero se ve que llama más la atención. La verdad es que después de tirarte tu ratito dale que te pego a la mandolina y haciendo encaje de bolillos con los bloques de rodajitas de manzana, se agradece que te digan que ha quedado bonita. Deja de ser una tarta para convertirse en una especie de manualidad. Como si haces una bufanda

Ah y un último secreto: templada poco después de sacarla del horno está todavía mejor, así que haz dos porque con una ¡ni te vas a enterar de lo fina que es!

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Diario de cenas de días corrientes: El Jueves

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Aquí acaba la semana y, como era de esperar, con un día de retraso. Visto lo visto tampoco está tan mal y queda demostrado que se puede cenar casero todos los días de la semana y no morir en el intento. ¡Qué narices, se puede hasta desayunar casero!.

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Como no solo de verde vive el hombre (ni la mujer) y a los vegetarianos los respeto pero no los entiendo, ya iba siendo hora de meterle algo de “chicha” a la semana. Hoy toca filete de solomillo a la plancha con patatas al horno. Es difícil encontrar algo más fácil y más rico que hacer para cenar, comer o lo que se te ocurra. Aquí lo único importante es no escatimar en el carnicero, ser fiel al carnicero y tener en cuenta dos o tres cositas para que el filete quede bueno y sea algo especial:

1. La carne tiene que estar a temperatura ambiente antes de cocinarla. Si no, lo de fuera se achicharra y lo de dentro seguirá crudo. Una vez oí a alguien que le gustaba la carne poco hecha pero no fria. Eso me pasa a mí. Lo mismo que no entiendo a los vegetarianos, no entiendo a la gente a la que le gusta la carne muy hecha. ¡Si pierde sabor, jugosidad y todo!

2. En teoría para que la carne retenga quede sabrosa y no se quede seca hay que esperar unos minutos a cortarla después de cocinarla. Así que por mucha hambre que tengas, aguanta joven padawan. Vete haciendo fotos o algo mientras tanto para entretenerte.

3. En mi humilde opinión si en lugar de echarle toda la sal antes de cocinarla, echas un poco por un lado (de la sal normal, además de un poco de pimienta al principio) y al servirla en el plato le echas unas escamas de sal maldon…bueno, ¡prepárate para una experiencia religiosa!

4. Lo dicho: nada de tacañerías en el carnicero y por favor, id al carnicero. Nada de grandes superficies. Pedid un filete hermoso, gordito para poder disfrutar de la costrita y de la parte de dentro rosa poco hecha…ya estoy salivando.

5. Las patatas de acompañamiento son las que hago siempre: cortadas en dados con unos dientes de ajo y un poco de aceite, en el horno a 180-200ºC unos 45 mins. Al sacarlas se les echa la sal y están que te mueres sin lo engorroso de las patatas fritas.

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El resumen de todo esto es que, como dice mi abuela, hasta lo más fácil se puede hacer bien o mal y para hacer algo bien, hay que hacerlo con cariño, así que ¡dadle un poco de cariño a esos solomillos!.

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