Me, Myself & My Kitchen

Mes: noviembre, 2012

El club del tupper

todo

Tengo un problema. Bueno, uno solo no, pero vayamos por partes. Ultimamente me como una media de un paquete de galletas al dia. Si si, sin exagerar. Y eso que me compro las más normalitas, menos apetecibles del súpermercado. Si me comprase petit ecolier, pims o tentaciones semejantes: a) con lo pequeños que son los paquetes caerían dos o tres, b) me arruinaría porque son caras de pelotas como diría Elena y c) sentiría la llamada del cajón de las galletas sin parar. Conocedora de mi poca falta de voluntad, opto por las marielu. Están buenas, pero ya. No son un canto de sirenas desde el cajón. Lo puedo aguantar. ¿Entonces cómo sale el paquete al día? Pues porque de media vengo a desayunar unas tres veces al día y esto contando solo el horario laboral. Desayuno al llegar, tomo alguna galleta entre 10 y 11 y después de comer en ese desastre de comedor, con el café caen otras tantas.

Visto el percal Bea y yo decidimos montar el club del tupper porque estamos hartas de rellenar la bandeja en el comedor y dejarla al final pesando prácticamente lo mismo que pesaba al cogerla. De eso y de que cuando vamos a tomar café voy cual mula francis a la sala con el arsenal de galletas, lo cual, obviamente incita al personal a preguntar: “¿no habéis comido?”. Si con comer se refieren a que si hemos ido al comedor, pues si, hemos comido, pero más bien hemos guarreado la bandeja.

tabouleh prep

Elena al oír esto ya vió que podía sacar tajada, así que me planteo un reto: hacer comida para ella y para llevarme yo al trabajo de una a dos veces a la semana, así que nada, ¡en ello estoy!. Unas semanas voy más justa y otras más holgadas, pero ahora entenderéis que para sumergirnos en el mundo de la comida traída de casa había que alegrar un poco la situación a base de tuppers monos. Sí, soy así de frívola, pero no hay nada peor que un tupper decolorado por el tomate, que huele a ajo y en el que metes una ensalada que acaba oliendo a…vaya usted a saber el qué. Además si una publica entradas con comida de tupper, poner la comida en los de mi madre que van marcados con pintauñas negro…como que no. Por cierto, si alguien entiende su código que me lo explique: no es que con el pintauñas escriba “tomate”, “pescado” o algo parecido. No no. Ella hace una cruz y ¡se queda tan ancha!. Ahora tú sé el listo que adivine lo que significa aquello.

Dos días o así después de declarar por medio fracasada la búsqueda del tupper: me recorrí todo Madrid para acabar comprando tuppers “monos” en el chino de al lado de casa, mi amiga Marta apareció como caída del cielo (de Berlin porque es donde está). Y cuando digo monos lo digo porque tenían la tapa rosa, no por otra cosa. A lo que iba: apareció Marta como caída del cielo en formato de mail al trabajo con un pantallazo de una mesa decorada con motivos navideños y unas cuantas chorraditas, pero ahí, en medio de esa mesa estaban los tuppers que yo había visto en una edición de Vogue Gourmet y que creía que eran imposibles de encontrar. “¿Cuales quieres?” era la pregunta de Marta. Ay Marta ¡cómo te quiero! y no solo por los tuppers, porque lees las chorradas que digo, te acuerdas cuando ves algo que me pueda gustar y me lo traes directo desde Alemania.

tupper marta2

Con estas preciosidades, a ver quien es la valiente que no las saca a pasear, así que el club del tupper está a pleno rendimiento. Una o dos veces a la semana se me puede ver acercándome al sitio de Bea por el pasillo con mi bolso de tela lleno a reventar de tuppers  (me llevo el grande y lo peor es que casi lo lleno) intentando pasar desapercibida (fijo que lo consigo…) preparada para meternos de estrangis en la cocinita medio abandonada que hay enfrente de su sitio. Pero shhh es nuestro secreto.

Hoy os dejo las dos primeras ediciones del club del tupper. Anda que llamarle edición…ni que esto fuese Kinfolk y las reuniones del club del tupper los saraos monos monísimos que montan éstos. Va a ser que por ahora nos quedamos con las ganas, pero oye, una no vive al lado de un lago, tiene una mesa de madera de 50 metros de largo, el pelo perfecto, la ropa perfecta y amigos y amigas guapos guapísimos a los que hacer fotos. Aún así ya me gustaría parecerme más a ellos o por lo menos que me dejasen ir a una de sus reuniones (sin sacarme en las fotos porque yo solo tengo un formato al posar: el “vizco”). Mientras tanto, una comida hecha en casa en un tupper mono en una cocina clandestina en airbus ya tiene su gracia.

No os cuento la tercera edición porque aquello fue un poco triste: picos, embutido, queso y ensalada de tomates preparada in situ. Pero oye, es que las tardes a veces ¡no cunden nada!

-Primera Edición:

Un domingo tenía setas que sobraban, patatas y ganas de hacer una tarta salada de patatas, roquefort y setas de La Tartine Gourmande. Habéis leído bien, roquefort no tenía. Tenía parmesano, pero Dios me salve de tomar la salida fácil y hacerlo con parmesano. Basta que no tenga algo para que me parezca la clave de la receta. ¿El resultado? Visita nocturna a El Corte Inglés justo antes de que cierren, sesión de cocina nocturna y luego encima monto el tenderete en el salón para hacer las fotos (a las 12 de la noche). ¿Soy friki? yo más bien diría un poco obsesiva y bastante tonta.

tarta

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tarta lateral

receta tarta la tartine gourmande

Bueno, al final saqué la tarta del horno, aquello olía a gloria bendita y decidí acompañarla con una ensalada que probé un día en Magasand y que llevo plagiando desde que la probé. Me encanta. Es fácil, las uvas moradas quedan preciosas, tiene contraste de sabores…lo tiene todo. Ellos la aliñan con una aceite y reducción de módena pero una a esas horas no estaba para tanta floritura, o más bien, para buscar botes donde meter el aliño, así que quedó perfecta con el aceite de oliva que guarda Bea como oro en paño en nuestra cocina clandestina.  La clave, obviamente, es no llevar la ensalada aliñada y aliñarla en el último minuto. La tarta está buena caliente, templada o incluso fría, así que ¡ningún problema!. Eso sí, tampoco tenía todos los ingredientes que pide la receta original, así que tiré de la masa base que uso para las tartas rústicas dulces, sin el azúcar.

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receta ensalada

 

– Segunda Edición:

Esta vez tocó una versión bastarda del tabouleh. Pero encima a conciencia. Me he hartado a leer la receta del tabouleh de verdad de Yoham Ottolenghi, que digo yo que será la buena teniendo en cuenta que él es de la zona, y aún así mi versión fue un atentado a la original. La original en teoría lleva bulgur y nunca cous cous. La mía: cous cous y encima del instantáneo. En mi defensa diré que en el herbolario no tenían el bulgur y que me venía muy bien acabar la caja de cous cous que tenía rondando. Siguiente ofensa: se supone que el tabouleh lleva más perejil que cereal….el mío va a ser que no. Para acabar no soy muy fan de echar litros de zumo de limón a la comida hasta que no sabe más que a limón, con lo cual debí echar bastante menos de lo que dice la receta original. De todas formas esto es como las ensaladas de pasta: hay que innovar en función de lo que más te guste y lo que tengas a mano.

tabouleh prepee

Eso sí, para que estuviese todo reciente me llevé un mini tupper con el limón, la hierbabuena (no había menta…) y el perejil. En lo que sí que obedecí a Yoham (más  menos) es en lo de cortar las hierbas a mano, nada de máquinas, pero con tijeras de papeles, que a falta de tabla de madera hay que apañarse. Eso sí, bien fregadas y metiditas en el tupper con el limón y las hierbas.

tupper ladooo

La receta no es nada exacta porque fui echando cosas sobre la marcha en función de cómo lo veía, con lo cual en el momento en el que no pesé el cous cous y lo apunté ya estaba perdida. Por si le sirve a alguien como una idea, incluyo receta sin cantidades. Lo siento – cuando la vuelva a hacer, porque la verdad es que es fácil y estaba muy bueno, intentaré ir apuntando las cantidades. Mientras tanto ahí va la foto del delito en pleno airbus, con las hierbas, el limón abierto…

tabouleh

receta taboulehNo, si yo que pensaba que no iba a encontrar un tupper decente y me ha quedado una entrada que tiene más rosa que eurodisney…

Un bizcocho para los abuelos y una cocina muy vintage

cake lado

Me estoy convirtiendo en una mala nieta: con tanta tarta de cumpleaños, tanto teanner, tanto invento ¡tengo a mis abuelos abandonados! Ultimamente les visito menos, hago dulces hasta a desconocidos y estos pobres no prueban bocado…Pero no os preocupéis, que ahí está mi madre para recordármelo (con toda la razón del mundo) y para organizarnos a todos. ¿El plan? Un par de sesiones en casa de los suso dichos con ellos (con mi abuela porque mi abuelo el pobre lleva una racha más de sofá que de maratones) y con Ana, la chica que les cuida, para que aprenda un par de recetas de bizcochos.

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No os creáis que lo de los “baking sessions” fue algo al azar que se le ocurrió a la astuta (por no decir deliciosa, que de una madre, como que suena un poco raro) Marta. No no, Marta sabe que yo por montar mi tenderete con moldes, manzanas, papel de hornear y balanza MA-TO. El problema es que ella no contaba con el lio que iba a montar…

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Como ni mi abuelo ni mi abuela son muy fans del chocolate y ya andan los pobres con sus achaques, pensé en un bizcocho fácil y sano, un bizcocho de manzana que no llevase mucha mantequilla. Lo encontré en este blog que se está convirtiendo en uno de mis blogs de cabecera. Con receta (y unas cuantas cosas en mano, aunque no las moras que pedía la receta original), para allá que me fui el sábado pasado. Por supuesto me lleve a Elena y la cámara, porque ya sabía yo que le podíamos sacar partido a la cocina “vintage”, que no vieja de mi abuela con sus baldosas de cuadros verdes. Encima cuando llego veo que el bote donde guardan la harina no solo es verde, sino que más vintage todavía que las baldosas. Esto va bien, esto va bien me dije a mi misma.

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Poco a poco empezaron a aparecer las “deficiencias” de la cocina vintage y aquello empezaba a parecer un circo: saco el peso de ikea y no funciona. “Mamá, vete a tu casa a por uno anda, que así no se puede” digo yo. “Pero hija, ¿no te vale con unos vasos de yogur?” responde ella. ¡Pecado capital Marta, pecado capital! Yo no soy ni fan de la leche condensada en los postres ni de las medidas a base de vasos de yogur. Si estás en medio del campo sin acceso al mundo civilizado…bueno, pero donde haya un peso…Mas que por los vasos de yogur en sí por las recetas que los utilizan (y digo esto sin ánimo de ofender a nadie, que sé que hay muchos fans del bizcocho de yogur). “Por cierto mamá, ya que estás, trae también un molde redondo, que en este que tienen no creo que me quepa toda la masa”. Mi abuela a todo esto ya había cogido el peso, cual McGyver dispuesta a arreglarlo. “Abuela que no lo puedes arreglar, que se ha roto, además te he traído un proyecto de cuello que quiero que me enseñes a cerrar”. Pues nada, ella ahí seguía.

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Para cuando volvió mi madre con el peso y el molde yo ya estaba buscando ruibarbo con Ana en el ordenador para ver si hablábamos de la misma fruta y ella me estaba diciendo que su cuñada que vive en Rumanía mandaría algo porque allí tienen un montón. ” ¡ay Ana qué lianta eres!”, típica expresión de mi madre, pero oye, si vamos a hacer un bizcocho, será mejor estar entretenida que no hacerlo aburrida perdida pero con precisión alemana, ¿no?

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Pues eso, que entre foto y foto, ingrediente e ingrediente y dictado a ana de la receta, hasta me fijé en un juego de desayuno que tiene mi abuela de toda la vida y que siempre me ha parecido LO MÁS FEO DEL MUNDO. Ahora, viendo que se llevan los platos duralex y que parece que lo feo mola, le vi hasta su atractivo, así que, no por primera ni por última vez le pedía a mi abuela si podía descabalgarle una vajilla llevándome solo una taza y un plato. Ella, por supuesto, encantada de la vida. ¿A que es fea, pero guay a la vez? Si fuese medio fea medio mona no molaría, para ser guay tiene que ser fea de narices.

taza fea

Mientras estaba el bizcocho en el horno nos pusimos con el cuello…Yo que estaba orgullosa de mi hazaña: un cuello en menos de un mes, para cuando lo vio mi abuela no me quedó ni el más mínimo ápice de orgullo. Ella, que es doña perfeccionista y que aprendió a hacer punto en el colegio como nosotros aprendemos inglés no hacía más que sacar defectos: pero “¿cómo has hecho esto?”, “yo qué sé abuela,  vi un video en el youtube, y me puse a hacer lo que hacía la chica”. Pues resulta que la chica no tuvo en cuenta unas cuantas cosas que son la base de cualquier bufanda/cuello de punto bien hecha y que, según la abuela sabe cualquiera. Por lo menos nos reímos viéndola hacer y deshacer puntos y yo alucinaba: no ve tres en un burro y tiene un pulso que parece que está a 20º bajo cero, pero ella hace y deshace como una maestra y nosotras que vemos y que el pulso, aunque no perfecto, lo tenemos algo mejor…¡no damos pie con bola!

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El bizcocho en sí no lo probé porque se lo dejé a ellos para los siguientes días, pero he recibido buen feedback, así que ¡coge los trastos y vete a casa de tus abuelos a alegrarles la mañana!. Encima son lo más agradecido del mundo: hazle una tarta a una amiga y o no, que tiene que adelgazar o no, no me gustan las tartas con…lo que sea. A tus abuelos les hagas la chapuza que les hagas, solo con saber que la has hecho tú, ¡les vale!. Si encima te vas a su casa y les alteras un poco la rutina de todos los días, bueno, entre la actividad de cuando vas y lo que les da de sí el contárselo durante una semana a sus amigos del barrio, ¡encantados de la vida!

trozo

receta

Oda a la morcilla

Debo tener alma de viejo de pueblo porque todo lo que está relacionado con la matanza me gusta. De hecho si se hace en un pueblo, sabe mejor. Elena diría que sabe a barato, pero qué narices, ¡sabe a auténtico!. Por eso que no te engañen, lo que venden en Madrid como morcilla de Burgos en general NO ES MORCILLA DE BURGOS. Pero si es que en un mismo pueblo en Burgos dependiendo de dónde compres la morcilla ¡sabe distinta!. Que si con pimienta, que si con pimentón.

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Yo cada día o tengo la mente más abierta, o me vendo a cualquiera dependiendo de cómo se mire. De pequeña me gustaba solo una que compraba la familia de mi abuela y que traían en cantidades industriales que NO llevaba pimentón. Nada de morcillas rojas, para eso el chorizo. Estas eran (y siguen siendo) negras y preciosas, así que cada vez que pasaba por Madrid un primo/tío/cuñado o derivado, pues nada, una bolsita con 20 morcillitas para “la Emiliana”. Yo lo agradecía con locura, como si me regalasen 25 vestidos ahora, que no entonces, porque aquello me debió pillar en mi época mari macho chunga chunga que toda chica con personalidad ha tenido. Es la típica época en la que en el momento en el que te acercan un vestido te empiezas a poner como una energúmena y tiras de chandal por debajo de sobacos, zapatillas de baloncestista (en un 42 que es la joya de talla de pie que Dios me ha dado), por no olvidarnos del colgante feo feo feo que te regalaron y que llevas colgando de un hilo negro que te aprietas al cuello cual suicida colgado del ventilador. El colgante hasta penduleaba (creo que me acabo de inventar una palabra…), con eso os lo digo todo.

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Antes de que me pierda con reproches a mi madre por dejarme salir de casa de semejante guisa, vuelvo al tema que nos ocupa: la morcilla. Pues eso, que yo no sé cuanta gente creían que vivía en casa de “la Emiliana”, pero allí estaban ella y mi abuelo y en la mía mi madre, mi padre, Elena y yo. Debieron tener en cuenta que mi abuelo es capaz de comer morcilla hasta cruda y que yo he debido heredar el gen porque me gusta sola, acompañada, frita, asada…, pero como además congelada dura perfectamente, nosotros, a pesar de no ser un regimiento, le dábamos salida.

Como el otro día tenía un espécimen de esos: de morcilla “de la buena del pueblo”, no me hizo falta más para comer: a Elena la versión tradicional: con patatas y huevo frito – bueno, más que frito a la plancha (por manchar menos), y en mi caso me puse un poco más aventurera y, inspirada por una receta de Rachel Khoo cogí un poco de compota de manzana que había hecho, la puse en el fondo del plato, las patatas por encima y la morcilla desmigajada sobre todo ello. El plato de toda la vida triunfó, como no puede ser de otra forma, porque no hay nada que le vaya mejor a la morcilla que la suavidad de la yema del huevo…ya me estoy poniendo mala solo de pensarlo. Pero también triunfó el plato aventurero: la manzana contrasta muy bien con la morcilla, las patatas no hace falta que le diga a nadie que son lo mejor que hay y la morcilla…lo dicho, otro triunfo.

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Aquí no pongo receta porque lo único que hay que hacer es meter al horno a 180-200ºC dos bandejas: una con patatas cortadas en dados, un poco de aceite y algún diente de ajo entero entre 45 mins y una hora dependiendo de lo fuerte que esté el horno y el tamaño de las patatas y la morcilla unos 20 mins habiéndola pinchado antes con un tenedor para que no explote. ¿La compota? no es más que manzana cortada en rodajas finas con un poco de azúcar pasada por el microondas hasta que quede blandita: unos 3-4 mins.

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Hasta aquí la morcilla de Burgos, pero es que el mundo no se acaba en Burgos. Habiendo quedado representado un lado de la familia, no podemos olvidarnos del otro: el de Rober, ósea, papá, aunque yo no le llame así. Rober es de León y, aunque de pequeña la morcilla de León siempre me pareció un poco asquerosa (lo siento Rober, pero tasan mari macho no era), el día que comí lasaña de morcilla en Paulino, también llamado el “Zalacaín de los pobres” aquello fue como morir y aparecer en el cielo. Cual fue mi sorpresa cuando al salir de allí Rober (bueno, probablemente fuese mi madre porque Rober de estas cosas se entera menos, pero dejémoslo en Rober que la historia queda mejor) me dijo que eso que tanto me había gustado era lasaña de morcilla de León, no de Burgos. Yo también soy un poco tonta porque ahí no había ni un gramo de arroz, pero estaba tan ensimismada con esa obra de arte que ni me fijé en el tipo de morcilla.

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En serio, si no habéis ido a Paulino tenéis que ir, y si no podéis ir, tenéis que probar esta lasaña de morcilla. Es de los mejores platos que he comido en mi vida: sabroso pero a la vez con el punto justo de suavidad de la pasta y la bechamel (no demasiada que no soy muy fan), y por ahí entre lámina y lámina de pasta, la mezcla con morcilla de cebolla…¡para morirse! De hecho Paulino editó un libro en el que incluía alguna de sus mejores recetas y gracias a eso encontré yo en internet esta joya de la corona: ¡hacedla hacedla hacedla!

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receta lasaña

“Teanner”

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Mi querida Elena el miércoles tuvo uno de esos momentos de lucidez ocasional que la caracterizan. Inventó una palabra. Que digo una palabra, ¡inventó un concepto!. En este mundo del guarismo efímero el brunch, que se inventó (creo yo porque no estoy como para ponerme a mirar la wikipedia) hace menos de una década, parece ser que ya está “out”. Pues nada, que sepáis que se acabó la “era brunch” para dar paso a la “era teanner”. Puede que todavía no lo sepáis, puede que alguien en australia también haya llamado a la mezcla entre “tea” y “dinner” “teanner”, pero cuando el miércoles a Elenita se le ocurrió decir que porqué no hacíamos “Teanner” & James Bond ayer me entraron unas ganas irrefrenables de irme al registro de la propiedad industrial a conseguir la marca.

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Nosotras, fieles amantes de la merienda-cena de toda la vida, nosotras que comemos cada dos horas y que en la merienda-cena encontrábamos la mejor excusa para hacer un re-desayuno, es decir, picotear de todo lo que te gusta a cualquier hora de la tarde hemos encontrado el santo grial. Como merendar se puede merendar desde las 4 de la tarde (oye, a veces comes pronto y para esa hora ya hay hambre) y cenar se puede hasta las 12, pues ale, ya tienes margen de 4 a 12 para “teannear”.

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Ayer “teannereamos” en formato picnic con techo, es decir, en el suelo, pero en casa. Si, suena un poco cutre, pero ya no hace como para lanzarse al retiro, ni por la temperatura ni por la luz. Cuando llegaron Marta y Marina debieron pensar que se me ha pirado la pinza un poquito más de lo normal porque saqué una tela que usábamos para poner sobre un sofá y al suelo que se fue. Luego me dediqué a cubrirla con moñudas varias: que si unas velitas, unas granadas…hasta monté una mini estantería a base de una caja de vino que recogí un día delante de una tienda de vinos. De las que dejan al lado de la basura, si.

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Lo mejor es que “teanner” se soluciona con una visita al mercado y poco más: un poco de pan, un par de quesos, paletilla de la buena (sabrosa y más barata que el jamón), un poco de mortadela que hacía tiempo que no tomaba y una ensaladita de tomate con aceite y orégano. Aquí tengo que hacer un inciso. A ver Ana, que si, que ponerlo todo en tablas de madera queda muy mono, pero los platos se inventaron por algo. Poner la ensalada en la tabla no fue mi mejor idea: me tiré toda la tarde pendiente del reguerillo de aceite que amenazaba con manchar la tela del sofá….lo peor es que si lo vuelvo a hacer ¡lo vuelvo a poner en la tabla fijo!

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En cuanto al dulce: un par de mermeladas para el pan (y el queso) y un bizcocho que es un cruce entre bizcocho y pudding. Como ahora estoy en racha con las ciruelas, en cuanto vi este bizcocho en este blog supe que tenía que hacerlo. Aviso a navegantes: si usáis un molde de 22x22cm o así y echáis más ciruelas de las que vienen en la receta, preparaos para hacer el trasvase con la masa sobre el papel de hornear a un molde de tamaño industrial.

El bizcocho es el típico dulce inglés: gracias a todo el azúcar en sus distintos formatos que lleva, la casa huele a gloria mientras lo cocinas. El resultado es un bizcocho muy jugoso y, sorprendentemente ligero con sabor a otoño-invierno, con ese toque especial que le da la canela y el “golden syrup”. Y si en medio de esa masa de cosas buenas te encuentras un trozo de ciruela suavecita…mmmm.

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receta

Sólo hay que ver el rastro rosa tan bonito que dejan las ciruelas en el papel de hornear.

restos

Os dejo la versión de Mumford and Sons de un clásico de Simon and Garfunkel. Podría pasarme la vida escuchándola….

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