Un sábado caprichoso y en busca del tupper perdido

por memyselfandmykitchen

A veces soy el colmo de la estupidez personificado. Toda la vida me ha gustado lo complicado y difícil por eso: por ser complicado y difícil. ¿porqué elegí la carrera que elegí? ¿Por un amor desmesurado a los aviones y a todo bicho volador? Pues sinceramente creo que no, sinceramente creo que porque me habían dicho que era lo más difícil.

La cuestión es que llevo varios días embarcada en una misión imposible que me da la sensación de que me hace parecer retrasada mental delante de todos los dependientes de las decenas de tiendas de Madrid que he visitado en mi particular “búsqueda del tupper perdido”. Resulta que como soy boba, he olvidado que un tupper es un recipiente de plástico medio hermético (nunca lo es) en el que metes comida para el transporte. Conclusión: ES FEO. Pues nada, yo me empeño en buscar un tupper bonito. Lo peor es que tienda en la que entro, tienda en la que pregunto por la sección de tuppers y de una extraña manera enseguida me encuentro contándole mi vida al pobre dependiente que me acaba mirando con cara de “esta chica de dónde habrá salido”.

El problema es que además de boba me encantan las cosas bonitas y que tengo comprobado que si no veo algo no lo quiero pero si lo veo, pues si. Así que si te recorres medio Madrid una mañana de sábado “en busca del tupper perdido” (que jodía la que lo perdió porque no hay gitano que lo encuentre), te topas con otras cosas bonitas (lógico y normal Ana, todos sabíamos que había vida más allá del tupper).

Como estoy la mar de entregada al punto (el simple que no sé ni como se llama, más allá todavía no llego), esta mañana pensé en acercarme a Black Oveja, una tiendecita que me encontré con Elena por casualidad el año pasado cuando la estaban montando, y de la que Bea habla maravillas. La verdad es que es increíble lo que han conseguido en un año: de no tener nada, a tener la tienda-casa de lanas referencia en todo Madrid. Y la verdad es que entras y es como si se parase el tiempo, se te olvidase que lo que te gusta es cocinar y solo quisieses tejer, coser, hacer punto y bordar. El pobre chico que me ha atendido se ha debido pensar que estaba loca o que le acosaba porque no paraba de decirle que qué preciosidad de lanas, que les había visto en facebook, que qué tienda más bonita, que qué tarjetas más bonitas….

     

Si hacemos fast forward dos horas resulta que también he pasado por Federica & Co y llego a casa sin haberme gastado más de 20 euros, pero lo coloco todo bien, le hago una foto y  me siento cual Alicia en el País de las Maravillas celebrando mi “no cumpleaños”. Y es que hay veces que lo mejor son los regalos que nos hacemos a nosotros mismos una mañana que te despiertas y no vas buscando nada en concreto, pero que acabas encontrando cosillas. Todo el mundo se merece un capricho de vez en cuando. Por eso tengo que controlarme para no meterme en Amazon uk y acabar con las existencias de libros de cocina. Ya tengo alguno que otro en mente, pero eso habrá que dejarlo para otro sábado.

Para que veáis que esto del punto no es algo pasajero (ya me ha durado más de una semana): os dejo fotos de mi caja de labores y de la bufanda-cuello (a ver qué sale…) que empecé esta semana en el ave y en el viaje de trabajo que tuve a Sevilla. ¿El truco? Comprar la lana y las agujas más gordas del mundo porque si no ¡te eternizas! y organizarlo todo en una caja a tu alcance a cualquier hora: ¡nada de armarios!.

Y para un sábado como este, mientras haces punto, o, simplemente para merendar o acompañar el café, ¿qué mejor que un bizcocho?. Tengo que confesar que este bizcocho lo hice en verano en época de cerezas pero la receta original llevaba frambuesas, así que se puede adaptar a cualquier época del año y a la fruta que quieras.

La combinación del limón y el aceite de oliva me encantó: queda un bizcocho muy fino, esponjoso y sabroso, un bizcocho casi diría yo que sofisticado (si yo dijese esas cosas…). En este caso, en lugar de usar el método típico de los bizcochos ingleses de empezar batiendo la mantequilla y el azúcar para luego echar los huevos y demás, empiezas batiendo los huevos con el azúcar hasta que la mezcla doble su volumen y quede casi como un merengue. He visto que los bizcochos que llevan aceite de oliva se suelen hacer así y la verdad es que si con unos minutos de batidora consigues esa consistencia en el bizcocho…¡bendito el inventor del método!. Además al llevar más ralladura de limón que zumo el sabor a limón es sutil y casa a las mil maravillas con el aceite y las frutas. El bizcocho lo descubrí en este blog y la receta es de Floriole Bakery. No os metáis en la página web de esta cafetería-pastelería con hambre porque viendo las cosas que hacen no vas a saber si arrasar con la nevera o cogerte un billete a Chicago para probarlo todo todo todo y me temo que, con lo baratitos que están los billetes de avión, optes por la primera opción…

Por cierto, ya os contaré el porque de la búsqueda del tupper, que rara soy pero loca loca todavía no estoy.

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