Tres Ideas

por memyselfandmykitchen

¿Qué hace que quieras entrar en una tienda y no en otra? Para mí es la historia que cuentan o que esconden. Dicho así suena muy cursi, pero en el fondo a lo que me refiero es que si vas a la carnicería quiero que el carnicero esté contento de ser carnicero y se pueda tirar 20 minutos convenciéndote de porque tienes que coger una pieza de carne y no  otra. No que te mire con cara de venga niña, elige algo ya que son las 7 de la tarde y me quiero ir a mi casa. Me refiero a que da gusto entrar en un sitio especial, un sitio que ha nacido de la ilusión de alguien, que tiene una historia y una temática detrás.

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Elena es una experta buscadora de “ideas”. Es rara la semana que no me sorprende con un email que cuenta la historia de como un par de hermanas, por ejemplo, economistas, dejaron su trabajo del día a día para abrir, digamos, una tienda de jabones y ahora se dedican a lo que les gusta. Por eso los sábados por la mañana me encanta salir a ver a donde me lleva. Además mi conciencia no para de repetir que aunque no vaya al gimnasio y coma un paquete de marielu al día porque la comida del comedor del trabajo está malísima, las caminatas que me pego siguiendo los pasos acelerados de Elena son como el mejor “step” del mundo.

Estos tres sitios de los que voy a hablar hoy ni los abrieron ayer, ni pretendo descubrirle América a nadie. Probablemente la mayoría ya los hayáis visto/visitado/hayáis oído hablar de ellos, pero como me estoy aficionando al tema de las listas, allá van: tres “ideas” que podríamos llamar tiendas gourmet. Son completamente distintos y no hay uno que me guste más que otro porque no son comparables, cada uno tiene su encanto.

1. Petra y Mora

Esta tienda es la hija bastarda de la papelería más mona del mundo y el mercado más mono del mundo.  ¿El resultado? Un local pequeño en la calle Ayala que te llama a que entres desde que, calle arriba o abajo ves un cartelito que tienen fuera anunciando las ofertas del día (al fin y al cabo somos españoles, ¡qué nos gusta una oferta!) y que, cuando te asomas y ves las flores a la izquierda, los moldes de nordicware a la derecha, las estanterías con libros preciosísimos de la editorial phaidon (los quiero todos) y la forma de empaquetarlo todo, ya no te está llamando, te está implorando a gritos que entres.

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Entra entra, aunque no compres nada entra y alucina con cómo un caldo de verduras bien embotellado y con una etiqueta chulísima puede convertirse en un objeto de deseo. Desde que entré estoy deseando tener un cumpleaños: ni zara ni leches, sea gourmet o no  él/la cumpleañero/a, me MUERO por hacerle un “pack gourmet”. Aunque si tengo que decidirme por algo (sin haber comprado nada todavía) me tengo que decantar por el fondo de papel de flores en la nevera que tiene la carne al fondo de la tienda. Me parece lo más: ves los filetes de carne, empaquetados uno a uno sobre un fondo de un papel precioso que, si no fuera por lo original de la idea y por no arruinarla, arrancarías para empapelar un cuarto de tu casa.

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Por cierto: para los/las trendsetter: los platos duralex ¡vuelven!. No solo los transparentes que metes al microondas, ¡los marrones feos de casa de tu abuela!. Hay veces que parece que somos tontos: basta que nos pongan algo en un sitio chulo, que nos parece lo más, pero oye, lo feo también tiene derecho y su encanto, así que ¡viva el mundo feuno!

2. La Magdalena de Proust

En una de las calles con más joyas de Madrid, la calle Regueros, entre Pez y Circo, se encuentra un supermercado ecológico y natural que  nos cautivó. Habíamos pasado por delante varias veces y tenía buena pinta, pero este sábado fuimos armadas con la cámara de fotos. ¿Qué encontramos? Encontramos un supermercado dedicado a vender productos naturales, en el que los limones se nota que son limones de verdad: no son perfectos, tienen sus granitos y su color no uniforme que demuestra que no están tratados con 15000 productos químicos. Encontramos estanterías llenas de productos ecológicos como harinas de distintos cereales, leche, huevos. Encontramos una cocina con una pizarra en la que decía que se dan cursos de cocina, un obrador y un mostrador y unas estanterías repletas de panes, bizcochos y pastas que se notaba que se habían hecho allí, y no venían congelados para ser recalentados en un horno en la parte de atrás y engañar al personal. Pero sobre todo encontramos a Laura, una chica que tenía un bebé colgado de una de esas bufandas que se dan vueltas alrededor del torso las embarazadas y que a mí me dan la impresión de que a)la madre va a coger chepa y b) el niño en cualquier momento deja de respirar. Pero no, Laura lo mismo tecleaba en su mac, que iba a la zona de la panadería y cortaba un bizcocho, mientras nos contaba la historia de “la Magdalena de Proust” y cómo esas ganas de volver a lo natural y a lo “bueno que se lleva haciendo toda la vida” les ha impulsado a construir un rincón en el que aprender a comer de forma natural. Nosotras nos llevamos una barra de pan y unas magdalenas y no nos defraudaron: el pan es del que tiene una corteza crujiente y una miga consistente, un pan de verdad, y las magdalenas son una versión un poco actualizada (con semillas de sésamo) de las magdalenas de toda la vida. La barra de pan de hecho sufrió unos cuantos ataques en el camino y llegó a casa como la tercera parte de lo que algún día fue.

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3. El jardín del convento

Nunca las monjas y lo “eclesiástico” me han llamado tanto y han sido tan “fashion”. Si mi abuelo en vez de llevarme a catequesis con una señora que nos daba montones de apuntes para aprender (entre ellos El Credo que nunca llegué a aprender de cabo a rabo y que pongo en mayúsculas por si ofendo a alguien..), me hubiese llevado a un convento con las monjas a hacer magdalenas….¿quién sabe?. Con las de clausura está claro que no tengo nada que hacer, pero si me llegan a tocar unas con un coro como el de sister act, igual hasta me habría planteado seguir los designios del Señor.

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Ahora en serio, esta tienda es una cucada en medio del Madrid más castizo (está en la calle del Cordón, justo cuando sale de la plaza de la villa). En ella puedes encontrar desde magdalenas, mermeladas de ni se sabe las frutas hasta chocolate, todo hecho en distintos conventos de la geografía española y empaquetado, como no podía ser de otra forma, mono monísimo.

Y digo yo, a ver si la gente sigue teniendo ideas, las materializa en locales monos monísimos porque al final está muy bien ver los monumentos de una ciudad, pero esto también te da una idea de la gente que la habita.

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